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Por Ricardo Gil Otaiza

Las ansias de perfección por Ricardo Gil Otaiza



Las ansias de perfección por Ricardo Gil Otaiza

Estaba consciente de que la perfección es una vanidad, como lo sentenció Borges, pero no podía sustraerse a su noción, porque sabía, como pocos, de la enorme distancia existente entre cada una de las versiones de un texto e, incluso, pensaba que la publicada era la penúltima: con todo y su paso por los rigores extremos de la imprenta, por lo que no quería acercarse de nuevo a sus libros editados, y mucho menos echarles un vistazo, y ni se diga leerlos, porque caía en la paranoia siniestra de hallarles defectos y ripios, vacíos e inconsistencias, todo lo cual lo hundía en la depresión y en el insomnio, hasta caer abatido y exánime.


Su afán perfeccionista le venía de niño, cuando su madre tenía que sacarlo a rastras de la habitación, hundido en la tristeza como quedaba cuando se percataba de que había cometido un error en un examen, o no había dado lo mejor de sí en una exposición, o encontraba de manera azarosa una coma mal puesta, una cacofonía o un inadecuado tiempo verbal en alguna de las muchas entregas escolares.

El afán de perfección por parte del escritor es una de sus mayores calamidades, porque le resta alegría y entusiasmo, y lo convierte, en la mayoría de los casos, en presa de sus propias obras: nada le satisface, todo es relativo y objetable y sus textos y libros nunca estarán a la altura de sus propias expectativas; es como si la página, una vez que sale de sus manos, entrara en una especie de territorio de claroscuros e incertidumbres, lo que se traduce en desgaste e insatisfacción, y hacen de él un ser molesto con el mundo, agraviado por su propia mente, desfasado con la naturaleza humana, que es perfectible, mas no perfecta.

“Inversamente, la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba”, nos recuerda nuevamente Borges, lo que empuja a los escritores, y esto lo entendía nuestro personaje, a dejar en cada frase el aliento, a dar lo mejor de sí, a trasmutar las palabras en fuego, pero sin olvidar que no son los ripios y fallas los que trastocan a una obra, sino la ausencia de ese espíritu, logo o razón, que deberá estar presente en cada página, y que convierte a su creador en un auténtico demiurgo.

Ahora bien, nuestro personaje entendía todo esto desde el pensamiento academicista (la razón pura), pero había algo interior, o en la piel, que lo desasosegaba sin piedad, que lo agredía hasta el extremo del sufrimiento, y si bien convertía las noches en días para avanzar en su obra, la tensión mental-corporal-espiritual era una carga muerta, que le impedía discurrir desde el orden lógico y del significado profundo (entender y explorar la experiencia humana), que estructuran y dan cohesión a la obra, nos lo dice la filosofía.

Esa disyunción, por denominarla de alguna manera, lo ataba en el ahora y en el “después”, porque nunca daba por finalizada ninguna de sus versiones, a la espera de un grado de perfección que ni él, ni nadie en su sano juicio, podría aspirar, y tenía que llegar a su casa el editor, el bueno del editor (eso no lo hace ningún otro) a arrancarle de las manos los libros en sus penúltimas versiones, y darlas a los correctores, cuestión que lo afligía, porque sentía que nadie como él podía acercarse a ese summum de limpieza y perfección literaria a la que propendía, y entraba en nuevos conflictos ulteriores: ¿podrá el otro alcanzar lo que él no había podido?, se preguntaba a cada instante, y nadie tenía respuesta, porque es difícil entrar en la psique de otro y allanar los sutiles intersticios del ser.

Empero, no es lo mismo hablar de estilo autoral a perfección literaria: una obra puede estar limpia en lo morfosintáctico, en lo gramatical y en el lenguaje como tal, y los diálogos pueden estar bien planteados, y los personajes definidos, pero no alcanzar los estándares que le permitan exclamar a los lectores y a la crítica, que se está frente a una obra maestra y, para que esto ocurra, deberán conjuntarse muchas circunstancias, no todas dependientes del deseo de su artífice, sino a la presencia de un hálito sutil y esquivo y a la urdimbre de ininteligibles tramas (imposibles de definir), que hacen de un libro una pieza digna de atención y de memoria colectiva.

El Quijote de Cervantes tiene reconocidos problemas de estilo, y este asunto ha sido una noria durante siglos, sin embargo, se le considera la obra maestra de la literatura española de todos los tiempos.

Nuestro personaje se dejó quitar de las manos el libro que había trabajado con ahínco y tesón durante una década, y quedó desgarrado cuando el editor se marchó, porque una vez que el libro sale de las manos del autor alcanza su propio destino, y es a partir de entonces que nace el verdadero sufrimiento: el artífice queda vacío de ideas y de ansias, como si le arrancaran un hijo de los brazos, y solo el tiempo sana la herida si logra desentenderse de tamaña criatura, pero si se queda atado a las ansias de perfección, estará perdido para siempre.

Seis meses después, el libro salió a la calle, y a pesar de los esfuerzos de la editorial no logró enganchar a los primeros lectores ni a la crítica. Sin embargo, un rumor subterráneo crecía como un río, y comenzó a hacerse visible luego de un año de editado: el libro fue pasando de mano en mano y de boca en boca y, sin que nadie lo esperara, mucho menos el autor, quien ya había partido al otro mundo de manera intempestiva, se convirtió en un bestseller, “¡un clásico contemporáneo!”, decían muchas voces desde la prensa.

rigilo99@gmail.com