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Por Juan José Cañas Zambrano

Gastronomía Típica Vs. Alta Cocina: ¿Rivalidad o reencuentro con nuestra identidad? por Juan José Cañas Zambrano



Gastronomía Típica Vs. Alta Cocina: ¿Rivalidad o reencuentro con nuestra identidad? por Juan José Cañas Zambrano

​Existe un debate recurrente en las mesas del mundo que en Venezuela cobra una dimensión casi afectiva: ¿puede una técnica francesa o una espuma conceptual superar el abrigo emocional de un plato servido en paila de hierro? Cuando ponemos frente a frente a la gastronomía típica y a la alta cocina, solemos caer en la tentación de verlas como dos bandos irreconciliables.

Una representa la tradición, el fogón de la abuela y la abundancia sin etiqueta; la otra, la vanguardia, la estética milimétrica y la sofisticación de los grandes manteles. ​Sin embargo, en el contexto venezolano, esta supuesta rivalidad, pierde sentido para convertirse en un diálogo fascinante sobre quiénes somos.

​La cocina tradicional venezolana es, en su esencia, una cocina de memoria y resistencia. No nació en academias, sino en la mezcla mestiza de nuestros orígenes: el maíz indígena, el guiso de herencia hispana y los sazones africanos que dieron vida a íconos como el pabellón criollo, la hallaca o el asado negro.

Es una gastronomía que no busca impresionar por la vista, sino por el abrazo; una comida que se mide en sazón, en el punto exacto del ají dulce y en la generosidad del plato.
​Intentar sustituir ese valor emocional por la sola frialdad de la técnica es un error.

Ningún comensal venezolano va a cambiar la calidez de una arepa recién salida del budare por una esferificación si esta última carece de alma.

Por eso, la gastronomía típica no necesita validación externa: su autoridad reside en la memoria colectiva de todo un país.

​Aquí es donde entra la alta cocina venezolana, no como una amenaza, sino como una traductora. En los últimos años, cocineros y chefs formados en las mejores escuelas del mundo han vuelto la mirada hacia nuestra despensa local.

Han descubierto que el ají dulce, el cacaotero de Paria, el queso de mano, el cazabe o el guayabo no tienen nada que envidiarle al trufa o al caviar.

​La alta cocina venezolana no pretende destruir la tradición; su verdadero mérito radica en elevarla a lenguajes internacionales. Cuando un chef deconstruye un asado negro o transforma una pisca andina en una experiencia sensorial de tres tiempos, no está despreciando el plato original.

Al contrario: está usando la técnica para rendirle culto, para estudiar su química, para preservar ingredientes autóctonos en peligro de olvido y para demostrar que nuestra cocina popular tiene el rango y la complejidad necesarios para competir en las grandes capitales gastronómicas.

​La verdadera riqueza gastronómica de un país no se mide por la cantidad de estrellas de sus restaurantes ni por la simple terquedad de no cambiar una receta en cien años. La riqueza está en la coexistencia.

​Necesitamos el tarantín de la calle y la fonda popular donde el plato habla con la honestidad de la cotidianidad. Pero también necesitamos el restaurante de autor donde un cocinero investiga las variedades de frijoles criollos o rescata la botánica de la Amazonía venezolana.

​En definitiva, no hay enfrentamiento posible. La alta cocina venezolana solo puede ser grandiosa si mantiene los pies hundidos en la tierra del sofrito criollo.
Y la cocina típica solo gana protagonismo cuando la vanguardia la toma como musa. Entre el budare y el nitrógeno líquido no hay una guerra: hay una conversación donde Venezuela, afortunadamente, se sienta a comer en la misma mesa.