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Por Ricardo Gil Otaiza

Un misil y un destino por Ricardo Gil Otaiza



Un misil y un destino por Ricardo Gil Otaiza

Termino de leer un libro impactante, de esos que se quedan dando y dando vueltas en la cabeza y que no lo puedes evitar, porque luego de leerlo sentimos que ha cambiado algo dentro de nosotros, que no somos los mismos de antes, que su lectura ha producido un punto de quiebre en nuestro estado de ánimo y vemos la vida bajo una óptica distinta. Se trata de Ahora y en la hora (Alfaguara, 2025), del autor colombiano Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958), de quien leí años atrás obras tan lúcidas como El olvido que seremos —que lo consagró—, Asuntos de un hidalgo disoluto —mi favorito—, Angosta y Fragmentos de amor furtivo, que se mueven en distintos registros dentro del espectro del trabajo literario, y a quien conocí personalmente hace décadas (si la memoria no me falla, a finales del siglo pasado, pero él no me conoció a mí debido a la insignificancia en el ajedrez literario de quien esto escribe), cuando fue invitado como ponente en la Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas, que solía celebrarse en Mérida (Venezuela), y que luego de la hecatombe chavista se desdibujó hasta perderse en el trastero de la historia.

A mediados de 2023, el autor es invitado a la Feria del Libro del Arsenal, en Kyiv, en la Ucrania en guerra, y luego de meditarlo, de vencer sus propios temores (que eran muchos y comprensibles por su propia historia familiar, en una Colombia sitiada por la guerrilla y que asesinó a su padre décadas atrás) y de discutirlo con su mujer e hijos (quienes se oponían a que aceptara por el riesgo inminente que correría), pero a regañadientes toma la decisión de asistir. Por supuesto, el plan consistía, nos dice el autor, en permanecer solo una tarde, firmar libros y estar en la presentación de la campaña ¡Aguanta, Ucrania! con Sergio Jaramillo (colombiano, fundador del movimiento, negociador internacional) y con Catalina Gómez, vieja amiga y paisana, reportera de guerra.

El sábado 24 de junio de 2023, estando ya en Ucrania (a la que había llegado desde Polonia y en cuyo viaje se unió Maryna Marchuk, una de sus editoras en Ucrania, y el propio Sergio Jaramillo), el autor conoce a Victoria Amélina, joven poeta y novelista ucraniana: se la presenta Catalina Gómez minutos antes de comenzar la charla que moderaría en la Feria. Terminado el compromiso, Sergio y Catalina resuelven que su presencia no iba ser solo en Kyiv, sino que por razones morales y de solidaridad con Ucrania, debían ir al este, hacia el Donetsk y el Donbás, y le proponen a Victoria que los acompañe, quien, luego de analizarlo, termina aceptando. Sergio se las ingenia y logra convencer a Abad Faciolince para que vaya con ellos. Catalina contrataría los servicios de Dima, un intérprete y guía local, amén de chofer del jeep, que los llevaría a la ciudad de Kramatorsk (paréntesis: al ser conocedor de la región muy cerca del frente de batalla, y así ser testigos de la tragedia ucraniana frente al poder imperial de la Rusia de Putin).

Todo resulta según lo planeado, permanecen allí solo un día, van a la región y ven en primera persona los destrozos de la guerra, las ruinas dejadas a la vera de los caminos, se toman fotos, se conduelen del dolor de los civiles y antes de marcharse deciden ir a Ria Pizza, para despedirse del Donetsk y de Améline por todas las atenciones recibidas. Llegan al Ria a las 7:15 de la noche y el mesonero les buscan una mesa rectangular en la terraza, y los cinco (Sergio, Victoria, Catalina, Dima y Héctor) se sientan a la espera de un pequeño espacio de disfrute, luego de ser testigos de los horrores de la guerra.

Pero el destino, la fatalidad, la causalidad, la casualidad, o algún dios indispuesto y pérfido, quiso que no fuera así: estando sentados cayó sobre el restaurante un misil que dejó muchos muertos en la sala, no así en la terraza en la que se hallaban, y fue Victoria la única herida de muerte (murió pocas horas después en un hospital), y pudo ser Abad Faciolince la víctima, solo que instantes antes cambió de puesto para escuchar mejor a Sergio quien presidía la mesa, por un viejo problema de sordera en su oído derecho, y Victoria ocupó su sitio en el sofá. Eran las 7:28 de la noche.

Se hace un tanto cuesta arriba ubicar esta obra con precisión dentro de los parámetros de los géneros trajinados en la literatura contemporánea, ya que se trata de una crónica (es decir, del relato de un hecho acaecido y verificable), que echa mano de las herramientas propias de la novela (diálogos, capítulos, saltos en el tiempo y el espacio, personajes bien delineados, nudos, desenlace, etc.), pero también del relato periodístico y policial, de las memorias y la autobiografía, de la tragedia, del ensayo, de la poesía, de las imágenes y la intertextualidad, aderezado todo ello con un humor negro, punzante, rayano en la ironía y también en la ambigüedad, y de un lenguaje diáfano, a veces coloquial, en el que lo altisonante se hace esencial toda vez que da fuerza y contundencia a los argumentos, y se erige en válvula de escape de las emociones del autor, frente a la tristeza y el dolor que lo ocurrido trajo consigo a muchas a personas, y a él en particular.

Narra Abad Faciolince como si le contara la historia a un amigo o a un familiar, y esa proximidad hace que de inmediato le tomemos el pulso a la lectura y ya no la podamos abandonar, pero narra también los bemoles de su empresa libresca (le costó mucho escribir el libro por la conmoción que el hecho trajo a su vida, y requirió de él un esfuerzo mayúsculo de reinvención, que lo llevó a dudar, a resistirse a plasmar lo vivido, a alejarse del texto y así tomar distancia hasta que se sintió capaz de proseguir, y de no “morir” en el intento). Estamos en presencia, además, de una suerte de estrategia metanarrativa, que hace que todo lo contado se contextualice y busque dar sentido no solo a la historia como tal (que es autárquica como la que más), sino al mundo contemporáneo (con sus guerras, odios tribales y falsedades), como gran referente filosófico y ontológico, político y literario.

Es Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince un libro tremendo, duro, estremecedor, en el que la vida se mece en medio de la oscuridad de la muerte (y de los tiempos), y la vejez —y sus achaques— se nos presenta como una oportunidad, no ya para redimirnos (loro viejo no aprende a hablar, se dice en mi país), sino para contar lo que pudo ser y no fue, o lo que fue a pesar de nuestra tozudez, o precisamente gracias a ella.

rigilo99@gmail.com