A raíz de toda esta calamidad derivada de la pandemia, estamos viviendo
situaciones un tanto ambiguas que deberían llevarnos a la reflexión. Por
un lado están los mensajes de aquellos extremadamente optimistas, que
se dicen conectados con una “deidad”, quienes saturan las redes con
mensajes alentadores, que buscan elevarnos por sobre nuestra realidad y
ubicarnos en una dimensión etérea. Son mensajes tipo Paulo Coelho,
rayanos en el misticismo y la mezcla de creencias y “religiones”.
Extraña mixtura por cierto, porque he podido comprobar que en dichos
mensajes se conjugan elementos del budismo, del cristianismo (con
énfasis en el catolicismo), de la New Age, así como de santeros,
prestidigitadores, sanadores, cartománticos, y toda una caterva de
posibles embaucadores. Claro, parto del principio de la buena fe, en el
sentido de que todo eso tiene como propósito “ayudarnos” a sobrellevar
este cataclismo que nos ha caído encima para no entrar en la depresión y
en la desesperanza.
En la otra acera, y con el rostro bien
fruncido, están los pesimistas, los que nada bueno ven en cada una de
las circunstancias que vivimos, que preconizan la llegada de lo
apocalíptico. Esta gente (mucha por cierto) nos alerta del fin de un
tiempo y de la entrada de otro que nada positivo traerá a las
generaciones presentes. Estos pesimistas ven al enemigo en todos lados,
en permanente asecho, llegado posiblemente del mismísimo averno. Como si
sus predicciones ya no fueran fatalistas y agoreras, se ríen y se
burlan de los del primer grupo, quienes están, según ellos, ubicados en
una nube que les impide ver la inminencia del fin. Los pesimistas tienen
cobertura en los medios tradicionales y son invitados a los programas
de opinión, y con la mirada perdida en otra dimensión, la voz engolada y
la frente arrugada de tanta introspección (cara seria…) se dan a la
tarea de alertar acerca de lo que ellos ven y los demás no; de lo que
ellos están seguros que acaecerá en los próximos días… ¡y qué no se diga
que nadie lo advirtió!
Tal vez por deformación
intelectual no me gusta anotarme en grupos en los que se busque con afán
conducir e hilar el pensamiento de los otros. Ergo, jamás milité en
partidos políticos para que no me ideologizaran ni me pusieran un bozal.
Estoy en varios grupos de guasap (aunque estoy pensando
seriamente en retirarme de varios de ellos, por hay demasiada gente
tóxica a la que no le gusta que los demás piensen por sí solos y
“desentonen”), lo que me lleva muchas veces a estar a contracorriente y
discutiendo con tirios y troyanos. Como diría mi madre: amargándome la
vida sin necesidad. Detesto la unidimensionalidad de muchos en torno de
la visión de la vida y sus extraordinarias aristas. El mundo no es chato
como se nos quiere hacer ver, ni tampoco gris o rosa. Las tonalidades
siempre aparecen para explicarnos la existencia.
¿A quiénes creer? En
lo particular considero no estar dentro de los optimistas ni de los
pesimistas, porque odio los extremos, la ausencia de claroscuros, la
pérdida inexorable de la visión integral de las cosas. En las actuales
circunstancias prefiero una posición ecléctica, que busque otear aquí y
allá las diversas variables presentes y sacar conclusiones. ¿El mundo
tiene que cambiar? Claro que sí. ¿Lo hará como lección de esta dura
prueba? No lo sé. ¿Es el fin de todo? Eso nadie lo conoce. Sin embargo,
aspiro a que haya aprendizajes que nos permitan ser mejores en todos los
sentidos. Lo demás es silencio, nos lo dijo Monterroso.