Mérida, Julio Martes 28, 2026, 12:46 am
Estos momentos cuando decimos adiós al 2020, y damos la bienvenida al 2021, son propicios para destacar todo lo realmente positivo y favorable que ha dejado el año que termina, a pesar de los grandes retos y desafíos que como personas enfrentamos con y sin pandemia; además, es la oportunidad para establecer metas y propósitos del nuevo periodo que recién comienza. Por ende, aprovecho este espacio para conversar más allá de la economía, el comercio y la política económica de los países asiáticos y latinoamericanos. Cuándo dejé a mi familia y salí de mi tierra natal la gran batalla existencial no ha sido reconocer donde nací y pensar en donde moriré, sino en el cómo llevo la lucha. El fantasma del retorno no me deja, ya que es inevitable sentir culpa por los que dejé atrás. Las circunstancias me han mostrado que como humana siento y tengo un gran amor, el gran amor de mis amores: mi familia. Cuidado, no hablo exclusivamente de mi familia primaria, ni mi familia secundaria, ni mucho menos mi familia extendida, porque todos son mi familia.
Es una realidad la extraño, porque extraño a mi país. Extraño a mi gente, sus risas, sus chistes a veces incomprensibles, pero lo que más extraño es la posibilidad espontánea de extendidas, amplias y entretenidas tertulias alrededor de la mesa en el comedor de la casa. Ser invitado a cualquiera de las mesas familiares venezolanas implica un gran rito. La mesa del comedor es la mesa de la familia, en la que propios e invitados son muy bien recibidos. Y esto comienza a extenderse por todos los rincones del mundo donde ha llegado una familia venezolana, porque así funcionan sus relaciones humanas cercanas. Ese espacio abre la posibilidad de franqueza frente a nuevas amistades y procura el amor fraterno de la familia.
Recientemente mis primos paternos, todos regados por el mundo y liderados por mi primo mayor, organizamos un compartir navideño, algo así como un reencuentro familiar. Y todos fuimos sorprendidos por la permanencia del rito en la mesa del comedor, ahora muy muy grande, la familia ha crecido. También, por el lado de la familia materna, ver y escuchar a todos completamente emocionados alrededor de la mesa porque nuestra mamita Edilia está bien, sana y a salvo, confirma esta tradición venezolana. De esta manera, la gran cantidad de personas reunidas, felices y celebrando, haciéndonos participes de sus logros, así como del triunfo que muchos de nosotros ahora disfrutamos en un espacio geográfico lejano.
Alrededor de la mesa del comedor pienso, no me arrepiento de mi partida, mi mesa está servida para mi familia y para quienes son ahora nuestros invitados. Pues alguien que tiene familia lejos o cerca no está solo, nunca lo está. La familia trasciende fronteras y nos da la oportunidad de ser felices celebrando la alegría de estar sentados en la mesa. Y tal como Simón Díaz nos reunió en la mesa de contesta a Tío Simón, hoy nosotros podemos decir, en cualquier lugar donde nos encontremos: “Tierra mía quiero cantarte me lo pide el corazón porque la naturaleza hizo un cuadro de tu campo con el toque de una flor […] es el alma del llanero con sus nuevas esperanzas de alegría y de fe […] le colocas siete estrellas, le colocas siete estrellas al corazón del camino”. Así, aunque estemos lejos de nuestras familias, nuestra mesa no puede estar sola porque allí se reúne el gran amor de mis amores. A la salud y el bienestar de todos ¡Feliz año 2021!
* @zerpasad