Formo parte de una generación testigo de excepción de la época dorada de
la televisión venezolana, y como tal, tuve a la pantalla del televisor
como a un miembro más de la familia. No era raro, pues, que cuando
viéramos a un actor o a una actriz de la pantalla chica en nuestros
propios espacios, sintiéramos gran alegría, como si fuera el reencuentro
con el pariente lejano que de pronto retornaba a casa. Recuerdo que
cuando se transmitía El Derecho de nacer por Radio Caracas
Televisión, vino a Mérida Raúl Amundaray, y se formó un alboroto tal,
que aquello parecía un inaudito festejo que trastocó durante varias
horas la vida de la ciudad. Nosotros no fuimos a verlo, pero sí seguimos
sus pasos por la radio, y tengo grabada en mi mente la voz impostada
del actor recitando poemas y respondiendo a los periodistas las más
insospechadas preguntas.
Ver los rostros de Eva Moreno, de Eva
Blanco, o de Agustina Martín, era ver los de unas hermanas mayores, o a
lo sumo de unas tías, ya que formaban parte de nuestra cotidianidad e
intimidad. Aquellos grandes elencos con primerísimas figuras eran todo
un espectáculo. Me llega a la mente un supuesto monólogo de José Antonio
Páez que interpretó con maestría el ya olvidado actor Edmundo Valdemar,
en el que en una suerte de delirio narraba las vicisitudes sufridas en
la Batalla de Carabobo, y el efecto era mágico, ya que no veíamos
imágenes, solo su figura sentada en medio de un escenario decimonónico,
pero su narrar, acompañado con música de guerra y de trompetas, nos
transportaba al vasto campo bélico en el que se jugaba la suerte de la
república.
En mi casa todos veíamos telenovelas, excepto
papá, a quien les parecía ridículas y absurdas. A él le bastaban las
transmisiones de boxeo de los sábados por la noche (afición que
compartíamos) y los aburridos programas del 5 y 6 del domingo por la
tarde con Aly Khan. Hubo un tiempo en el que después del almuerzo mi
hermana y yo nos metíamos en la cama con mamá y no nos perdíamos todas
las telenovelas de la tarde, de capítulos de media hora. En la noche ni
se diga, aunque teníamos que irnos a dormir muy pronto para levantarnos
sin problemas a las 6 de la mañana para ir al colegio. Pasaron los años y
las telenovelas se convirtieron en la gran parada de los canales
archienemigos, RCTV y Venevisión, que se disputaban el rating de la
semana con sus melodramas, cuan más, de mayor truculencia y más
respuesta por parte del público. Hubo tiempos en los cuales el país se
detenía (literalmente) a la hora de la transmisión de la telenovela de
moda. Fue así como los rostros de actrices y actores como Marina Baura,
Doris Wells, Tomás Henríquez, Carlos Olivier, Carlos Márquez, Martín
Lantigua, Amalia Pérez Díaz, Mariano Álvarez, Franklin Virguez, Amelia
Román, Mayra Alejandra, Alba Roversi, Guillermo Dávila, Javier Vidal,
Julie Restifo, Gustavo Rodríguez, Luis Rivas, Flavio Caballero, Rafael
Briceño, Luis Abreu, Gledys Ibarra, Jean Carlos Simancas, José Bardina,
Eduardo Serrano y Jorge Palacios, por ejemplo, eran la imagen fiel y
exacta de la gran familia venezolana.
Cuando estalló el boom de la telenovela Cristal,
por RCTV, en 1985, yo era muy joven y me hallaba en San Cristóbal, ya
que me había ido a probar fortuna en el ejercicio de mi profesión. Fui
testigo de su furor en aquellos predios. El país estaba pendiente de las
9 de la noche y cuando empezaba a sonar el magnífico tema musical Mi vida eres tú, de Rudy La Escala, todo cesaba y varios millones de personas nos sumergíamos en la magia de la historia.
Si
bien, como expresé hace ochos días, ya era para entonces un lector
furibundo, también veía televisión en las noches (vi tanta televisión en
mi niñez y juventud, que me saturé, hoy soy un eventual espectador).
Alquilé una habitación en una casa de familia en el Barrio Obrero y
juntos nos sentábamos en la sala a ver Cristal, y aquello era una
gozadera porque lo que menos hacíamos era ver el programa. Doña Josefa,
la dueña de la casa, era una mujer extraordinaria, afable y simpática y
le fascinaba la telenovela por uno solo de los personajes, el del padre
Ángel de Jesús, encarnado por Humberto García, quien según la trama de
la escritora cubana Delia Fiallo era el progenitor de Cristina Expósito
(interpretado por Jeannette Rodríguez), con la orgullosa de Victoria
Ascanio; ergo, Lupita Ferrer. El asunto es que todos en la sala
estábamos pendientes, no de la pantalla precisamente, sino de Doña
Josefa, porque inmediatamente que se sentaba frente al televisor se
quedaba dormida, pero bastaba que apareciera el padre Ángel de Jesús y
hablara, para que la doña abriera automáticamente los ojos y entonces
todos nos moríamos de la risa y le tomábamos el pelo. El furor de Cristal
no fue solo en Venezuela, ya que en España batió records de audiencia y
los protagonistas se convirtieron en unas luminarias del espectáculo.
Los
canales perdieron los espacios ganados durante décadas. La salida
forzada de RCTV fue un dardo envenado para la teleaudiencia nacional,
que lo tenía como su favorito. Nuestra televisión espera por mejores
momentos, toquemos madera.