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Una montaña en peligro por culpa de la ambición: un llamado de atención en el Día Internacional de las Montañas por Rafael Cuevas Montilla

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Una montaña en peligro por culpa de la ambición: un llamado de atención en el Día Internacional de las Montañas por Rafael Cuevas Montilla


Una montaña, lo afirma el diccionario, no es solo una elevación pronunciada en un terreno. Tal sustantivo, uno de los más hermosos por lo que contiene en su definición, también se usa para nombrar al territorio o región donde abundan esas elevaciones, por lo que, desde esta segunda acepción, el Parque Nacional Sierra Nevada de Mérida, creado hace ya setenta años, no sólo es un territorio montañoso y pudiéramos afirmar, valiéndonos de lo dicho por el gran libro de las palabras, que el Parque todo, visto como unidad, es entonces una gran montaña.

Esta licencia lingüística viene a cuento a propósito de celebrarse hoy 11 de diciembre el Día internacional de las Montañas, conmemoración establecida por la Organización de las Naciones Unidas para llamar la atención de las personas y de los Estados acerca de la enorme importancia de conservar y preservar estos espacios que, como nos dice esta institución, albergan el quince por ciento de la población mundial y suministran agua dulce a la mitad de los habitantes de este contaminado planeta denominado Tierra.

¿Y que tiene que ver lo primero con lo segundo? Digamos que, al conjugar lo expresado en estos dos párrafos, aparentemente poco conexos, tenemos entonces que cada 11 de diciembre se celebra también el día de esa montaña que hemos afirmado es el Parque Nacional Sierra Nevada: por ello, hoy, en el vigésimo aniversario de la creación de ese día internacional, tenemos una ocasión más que propicia para reflexionar sobre la preservación y conservación de ese espacio natural en cuyo seno se ubica mucho más que el pico Bolívar y el Teleférico de Mérida.

Y decimos mucho más, porque este Parque Nacional es el hábitat de cientos de especies vegetales y animales, muchas de ellas endémicas, que hacen vida en esa gran montaña, incluyendo los terrenos en los que unas cuantas décadas atrás fue construido el sistema teleférico de Mérida. De hecho y como ejemplo, la llamada “ranita del teleférico” _(Pristimantis telefericus)_ lleva ese nombre, no por llegar en un vagón hasta allí, sino por haber sido descubierta justamente en las inmediaciones de este importante atractivo turístico.

Pero hoy, lamentablemente, parece que quienes administran el sistema Teleférico de Mérida, así como unos pocos “montañistas” que se benefician económicamente llevando turistas a los espacios de nuestro Parque Nacional, han olvidado que esto es así y actúan como si el Parque hubiera sido creado solo para ser sede de ese sistema o para que esos “montañistas” lo convirtiesen en su negocio. Olvidan la razón de ser de este espacio protegido y se comportan como movidos solo por afán de lucro: toda una contradicción viniendo de un gobierno que se ufana se ser socialista y de unas personas que se dicen “montañistas”, que debiera ser sinónimo de ambientalistas y no de mercaderes de la naturaleza.

Lo han olvidado y han procedido, en el caso de los primeros –los administradores-, a emprender una serie de trabajos de construcción en las inmediaciones de una de las estaciones del teleférico sin la autorización del ente rector de esa área protegida, que es el Instituto Nacional de Parques, y sin la realización de los debidos estudios de impacto ambiental, En el caso de los segundos, -los “montañistas”-, lejos de defender el Parque, estos hombres y mujeres han salido más bien a ponerse del lado de quienes han cometido tales agresiones, emitiendo un penoso comunicado en el que contra todo principio y toda prueba, niegan lo innegable, atacando de paso a quienes responsablemente han denunciado esas intervenciones. Todo esto, lo realizado por las autoridades del teleférico y defendido por sus cómplices “montañistas”, ha sido hecho solo por unas monedas o, mejor dicho, por unos billetes verdes.

Dicho lo anterior, denunciado tanto afán de lucro, debemos aclarar que no nos oponemos a la generación de recursos económicos a través del turismo; al contrario, estamos plenamente convencidos que esta actividad debiera convertirse en el verdadero motor de la economía venezolana, dada además la suerte que hemos tenido de vivir en una tierra cuya naturaleza es pródiga en maravillas capaces de conmover al más insensible. No se trata de cerrar el Parque Nacional, prohibir la actividad comercial desarrollada por los guías de montaña, ni de clausurar el teleférico y echar abajo sus instalaciones, no es eso lo que buscamos promover con estas líneas.

De lo que se trata, o debiera tratarse, es de hacer un uso consciente de esas áreas protegidas, promoviendo un aprovechamiento de sus espacios con fines turísticos que reduzca hasta donde sea posible el impacto ambiental que toda actividad humana genera. No estamos además descubriendo el agua tibia; ya hace muchos años que los expertos nos hablan de la necesidad de promover el desarrollo sostenible, uno que permita a los seres humanos garantizar su sustento y el de las generaciones futuras, pero de la manera más respetuosa posible con el ambiente.

En tal sentido, y finalizando como está el 2022 que fue además declarado por la ONU el año de las montañas, debemos tener claro cuál debe ser nuestro Norte. No podemos olvidar por ejemplo que el teleférico de Mérida, esa gran obra de ingeniería construida el siglo pasado y remodelada hace seis años, no representa en sí mismo un fin sino un medio: aunque sus instalaciones tienen valor turístico, ese sistema es un medio para acceder al Parque Nacional Sierra Nevada, a sus majestuosos y únicos espacios naturales que son, en realidad, o debieran ser, el verdadero atractivo turístico.

Porque teleféricos abundan, incluso más modernos y mejor equipados; pero montañas como las de nuestro Parque Nacional, no tanto.

Porque el deber de todo gobierno es generar el bien común, no el de unos pocos particulares y el deber de todo montañista no es solo escalar montañas, sino defenderlas.

Porque solo tenemos un planeta, una Sierra Nevada de Mérida y una única oportunidad, el tiempo presente, para garantizar su preservación.




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