José Gregorio Hernández Cisneros, gran figura nacional por Edgar Márquez C.
José Gregorio Hernández Cisneros, gran figura nacional por Edgar Márquez C.
Considero muy provechoso tratar hoy sobre el eminente médico y profesor universitario Doctor José Gregorio Hernández Cisneros, un venezolano excepcional, un ejemplo de vida y un camino a seguir, en pro de una mejor sociedad venezolana. En tiempo de Cuaresma este artículo también invita a la reflexión.
Hernández, trujillano de Isnotú, municipio Betijoque, tierra con pobladores precolombinos, está en camino de su ascenso a los altares del mundo, por sus virtudes heroicas y por haber consagrado su vida, dentro de la normalidad de su tiempo, a servir con esmero y absoluta honradez a la humanidad.
Desde niño he tenido conocimiento de su existencia. Como adulto he podido leer sobre su vida y obra, lo cual es todo un portento, un legado de enseñanzas y un de profesional de la ciencia médica.
A veces se suele confundir a ese meritorio andino con una persona desprovista de alegría, sin normalidad de vida y simplemente como “el médico de los pobres”. Es decir, un ser que pasó por la vida terrenal haciendo en bien desde su consultorio o en visita a los enfermos en sus casas.
Si. Eso ocurrió. Hernández atendió miles de pacientes, tanto en las lejanas y casi impenetrables aldeas trujillanas de Isnotú, Betijoque y Valera, como en la apacible Caracas de los techos rojos, del tranvía y del dominio político gomecista.
Quienes recibieron sus servicios profesionales. En el ande y en la capital, todos, hasta Juancho, el hermano del mandatario Juan Vicente Gómez, quedaron maravillados de su formalidad, acierto científico y orientaciones, porque su formación recia y meticulosa le permitió usar la medicina para servir y no para ser servido con el dinero metálico o de papel.
Eso es capítulo conocido. Hay otros que no. Y a eso es que quiero referirme para rendir homenaje a tan eximio personaje de la ciencia médica. Se trató de un investigador de alto nivel, formado en Europa, que hablaba varios idiomas, que creó en la Universidad Central de Venezuela cuatro cátedras distintas que abrieron la medicina nacional a la modernidad, iniciando un proceso académico que ha permitido grandes servicios a lo largo de dos siglos.
Su enseñanza, con un sentido vocacional hasta entonces no conocido, permitió la formación de médicos con orientación humana y con vivencia de la fe, lo cual aún se mantiene en la mayoría de los profesionales de la medicina. Su labor no era un trabajo simplemente docente, era un servicio a la humanidad.
En paralelo, no faltaba su tiempo diario de meditación, reflexión y penitencia, mientras que seguía con pasión el proceso formativo, a lo cual unió afición por el arte de la pintura, de la música y del baile.
Intérprete del violín y del piano, no faltaron sus exquisiteces en el baile, en celebraciones familiares y de amigos. Ciudadano ejemplar, gozaba del respeto generalizado, con numerosos amigos y con cientos de discípulos, además de que a su paso por las calles era saludado por numerosos niños, algunos de los cuales fueron curados con sus terapias de medicinas, alimentos para la familia, juguetes y golosinas.
Este homenaje al Doctor Hernández es una deuda personal de afecto y cariño, porque también, como muchos venezolanos, soy su devoto y a él me he encomendado en mis procesos de salud. Estoy seguro de que pronto, muy pronto, su santidad será proclamada por la Santa Sede para orgullo de nuestra cristiandad venezolana.