Cada loco con su tema, decía mi madre, y ahora que analizo el viejo
refrán hay mucho de verdad en él, porque la diversidad humana se
transforma a sí misma en mundos y nociones distintas, en hechos y
circunstancias que muchas veces nos sobrepasan y que hacen que tengamos
un determinado perfil. Desde muy niño tuve propensión por los libros, y
recuerdo que al ser el tercero y último de los hijos, heredaba muchas
cosas de mis hermanos y entre ellas los libros, y eso me producía un
enorme sufrimiento, porque los quería nuevos, poder oler sus páginas,
quitarles el celofán y sentir el gozo de poseerlos al fin, de que fueran
míos y de nadie más, pero los ejemplares que me llegaban en cadena de
mando estaban mustios, arrugados, con las carátulas desprendidas, con
las puntas dobladas y sin ese encanto que posee un libro recién salido
de la imprenta.
Ya para entonces, sentía una fuerte
atracción por las palabras y sus significados, y fue así que muy pronto
mi mirada se volcó en los diccionarios. Por fortuna, mi madre era
maestra, y el Ministerio de Educación dotaba a las escuelas de los
materiales necesarios para la labor docente, y los diccionarios no
podían faltar: y yo me daba un gustazo investigando en un tomo grueso de
tapas duras azules (cuya editorial no recuerdo), y así descubrí (no sin
asombro), que una sola palabra podía tener varios significados o
acepciones, y eso era algo mágico, sencillamente encantador, que en mi
cabeza infantil me hacía sentir deslumbrado frente al poder omnímodo de
una lengua que recién conocía.
Dentro de mi locura por
los libros está, como en una suerte de deriva, la de los diccionarios, y
ya cuando crecí y me gradué y gané mis primeros sueldos, lo que hice
fue comprarme El Pequeño Larousse Ilustrado (Ediciones Larousse y
Círculo de Lectores,1988), y no pueden ustedes imaginarse mi enorme
felicidad de tener en mis manos el poder de la palabra: de sentir que en
aquellas páginas estaba asentada o contenida la verdad de las cosas: lo
que ellas transmiten, lo que nos dicen desde sus nombres y categorías
lingüísticas, y de ahí en adelante todo se dio en una sucesión de
ejemplares de todo calibre y origen, que pasaron a engrosar mi
biblioteca personal.
Así, a vuelapluma, hallo en mis anaqueles dos ediciones del Diccionario de la Lengua Española en dos volúmenes (Espasa Calpe, 21ª y 22ª edición,1992 y 2001, respectivamente), el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (Santillana, 2005), el Diccionario de Venezolanismos en
tres tomos bajo la dirección y estudio preliminar de María Josefina
Tejera (Universidad Central de Venezuela, Academia Venezolana de la
Lengua y la Fundación Edmundo y Hilde Schnoegass,1993), El Pequeño Larousse Ilustrado en color 1996 (Larousse S.A., 1995), el Diccionario de sinónimos y antónimos (El Ateneo, 4ª edic.1992), el Diccionario de Botánica
(Editorial Labor, 1985, que para mí fue una herramienta extraordinaria,
ya que mis inicios como profesor universitario en la ULA fueron en
Botánica Farmacéutica), el CLAVE Diccionario de uso del español actual con Prólogo de Gabriel García Márquez (sm, 1999), el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Santilla, 2010), el Diccionario de sinónimos y antónimos (Espasa, Biblioteca El Nacional, 2001), el Diccionario de dudas y dificultades (Espasa, Biblioteca El Nacional, 2001), y el Diccionario de uso del español de
María Moliner (Gredos, 2007), que me lo obsequió de paquete un buen
amigo cuando ingresé como Miembro de la Academia de Mérida. Y a falta de
diccionarios, consulto además El dardo en la palabra de Fernando Lázaro Carreter (Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, 4ª edic.1999) y El nuevo dardo en la palabra del mismo autor (Aguilar, 1ª edición 2003), y no satisfecho todavía, consulto El estilo del periodista de Alex Grijelmo (Taurus, 2003). Y solo al final, cuando los caminos se cierran, apelo al doctor Google, que cree saberlo todo.
Quiso la fortuna que publicara dos de ellos: Breve diccionario de plantas medicinales (Los Libros de El Nacional, Caracas, 1999) y Breve diccionario del naturismo (Los Libros de El Nacional, Caracas, 2010), así como también que mi nombre fuera citado en tres de ellos: Diccionario Histórico del español de Venezuela,
Vols. I y II, de mi buen amigo el lexicógrafo Francisco Javier Pérez
(Fundación Polar, Bid & Co. Editor, 2011 y 2016 respectivamente), en
cuya preparación participó la Academia Venezolana de la Lengua y el
segundo fuera patrocinado por la Embajada de España en Venezuela, y en El Diccionario de Latinismos en el Español de Venezuela de Valentina Truneanu Castillo (Los Libros de El Nacional, Caracas, 2005).
Dicen
que uno atrae sus propias realidades, y a veces pienso que es cierto.
Mi interés por la palabra y por sus distintas acepciones, me ha llevado a
recorrer cientos de páginas, a trajinar una enorme montaña de libros y
de autores, a indagar aquí y allá hasta hallar la precisión que busco,
pero, déjenme decirles, que no hay posibilidad alguna de no equivocarse,
de que no se escape algún gazapo, de que una duda gramatical no me
atormente al punto de tener que levantarme a media noche, buscar en el
diccionario, corregir el texto, y así entonces entrar en los territorios
del sueño. Locuras mías, diría mi santa madre.