Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:16 pm
Dedicado a sus discípulos de la plaza de Bolívar, me incluyo.
“Es muy difícil que exista/ una ciudad o
un lugar/ que tenga tan buen cronista/ como lo tiene Tovar”
Erwin Burguera, prólogo Obras sacrílegas del poeta de El Chayotal (pág. 5, 1978)
Los pueblos tienen los cronistas que se merecen. Tovar por su grandeza y trayectoria histórico - cultural no podía ser la excepción y ostentó en Don Alfonso Ramírez un cronista de lujo y fuera de lo común, que jamás requirió de una oficina, sus lecciones eran a vox pópuli, a la intemperie y a cielo abierto al caer la noche, sin importar la dureza del muro que aún contiene el eco de su voz en la plaza Bolívar, como todo buen pregonero de la historia.
Es que Don Alfonso Ramírez siguiendo los pasos de Andrés Eloy Blanco, popularizó el don de la oratoria, ambos fueron tribunos y contestatarios por excelencia. El pueblo entiende a quien habla en su lenguaje y Alfonso Ramírez supo interpretar ese sentimiento y escribió sus crónicas como si fuese en una tertulia con la gente de su tiempo, castiza y llanamente, pero con mucha altura. En sus libros hay un encanto que el pueblo con su certero instinto ha adivinado claramente: la naturalidad. Alfonso Ramírez poseía un lenguaje que sólo lo da una educación esmerada y la claridad que da un talento y una imaginación fuera de lo habitual como acertadamente lo afirma el cronista Ramón Sosa Pérez, en su ¡Adiós Polaco, Maestro! “…Don Alfonso sujetó recuerdos de la infancia, evocaciones familiares y cuadros de rancio sabor local para escribir entrañables crónicas memorativas de singulares episodios tovareños”
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Alfonso Ramírez Díaz (n. Tovar: 21/09/1929 - m. 29/06/2014), estudió la primaria en las escuelas de Ananías Avendaño y la MacGregor de Tovar, culminando en el Colegio San José de Mérida. Bachillerato en el Colegio San José y Liceo Libertador de Mérida, graduándose en el Liceo Simón Bolívar de San Cristóbal. Doctor en Ciencias Políticas en la UCV en 1955 con posgrado en temas políticos y económicos en Londres y París de 1958 a 1961. Al regresar se radicó en Caracas donde convirtió a la plaza de Bolívar en el sitio predilecto de amenas tertulias y de reencuentro permanente de los tovareños, hasta que decide tornar a su Tovar nativo en 1981 y de inmediato es designado en el cargo de Cronista de la Ciudad, que siempre lo había ejercido desde la capital y que ocuparía hasta su muerte con inimitable profesionalismo, constancia, idoneidad y ejemplar abnegación, sin su presencia la Historia de Tovar estaría incompleta. Para Tovar, Don Alfonso es y seguirá siendo por los siglos su Cronista Mayor, el Trovador de El Chayotal, el memorialista sempiterno y el más fiel enamorado de la ciudad a la que dedicó sus desvelos de escritor y como guardián de su memoria cumplió con creces el compromiso de reivindicar por encima de todo lo cotidiano y lo particular; sin temor a equivocarme puedo decir que su obra es una de las más leídas por los tovareños y amantes de la buena literatura, que lo realzaron como un destacado ensayista, biógrafo, orador, cronista y político; la mejor referencia son sus libros: Alegría y gracia de Tovar (1971, 1993), Obras sacrílegas del poeta del Chayotal (1978); De Tovar quedarán las palabras (1986); Quevedo en mí (1992), recopilación de la poesía erótica - pornográfica de Pedro María Patrizi; Biografía de Andrés Eloy Blanco (1997, 1998, 2010); Cantos rodados (2004); Andrés Eloy Blanco (2005), Libro N° 8 de la Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional; Trotsky, cien años después (2005); El velorio de Guillermina (2008); Sor Celina: Versicomedia de este Siglo de Oro (2012) y Mi ciudad es tuya (2014). De manera póstuma han sido publicados: Yo, Franco Quijano (2015) y Fuenteovejuna en Tovar (en la revista A los toros de Mérida, c.2021) Queda inédito y en manos de su gran amigo y protector el Dr. Jesús Rondón Nucete -a la espera del prólogo- el libro Verbo a verbo, con sus últimos discursos.

En casi toda su obra esta retratado el Tovar que lo vio nacer y nadie ha definido mejor a la ciudad que él como cronista, en discurso pronunciado el 8 de septiembre de 1956 ante los tovareños, venidos de los cuatro costados de la patria, les dijo que el pueblo de Tovar era un: “Semillero de pasión por Venezuela; cuna de buscadores de justicia; pueblo cosmopolita que hablas un solo idioma y diferentes lenguas; en ti se aprende a amar y a perdonar, mientras exista oxígeno…” Por ello, su diminuta figura esculpida por el artista Iván Ramírez quedó plantada en la plaza Bolívar, donde dictaba cátedra todas las noches; así de Tovar y de Don Alfonso no sólo quedaran las palabras, sino su representación señera para que: “…el pueblo tovareño no olvide nunca tu grandeza! Como hombre de ideas, pensador independiente, poeta expresivo y político honrado”. Su estatua sedente es un símbolo de la tovareñidad para seguir recibiendo a propios y extraños con los brazos abiertos, compartiendo los decires del pueblo, acompañando a la Banda en sus conciertos, ayudando a los niños en sus tareas, invitándonos con su mirada a visitar la sagrada imagen de Nuestra Patrona la virgen de Regla y retándonos con su mano izquierda a defender los mejores intereses de Tovar, como él lo hizo en su momento con el Coliseo, con la Iglesia y con las corridas de toros. Ayer como ahora Tovar tiene enemigos de su progreso y lo peor en que ya no tiene cronista que lo defienda, bien lo dice Ramón Sosa Pérez: “Para Tovar fue un privilegio tenerlo como Cronista Oficial por décadas”, y ahora hay que decirlo a modo de lamento, Tovar no tiene cronista. ¡Qué contradicciones se dan en los pueblos! Tovar se preciaba de tener el mejor Cronista de todas las ciudades de Venezuela y ahora no tiene cronista que le escriba, menos con esa pasión y conocimiento porque Don Alfonso El sabio no tiene reemplazo. Dicho por el más fino versificador y humorista tovareño que mantuvo en velo al Congreso durante sus años de diputado, Don Erwin Burguera:

“Alfonso: Creo que tu numen
y tu musa iluminada
nos ha ofrecido, en resumen,
un manual de carcajadas
y un auténtico volumen
de historia alegre y rimada”
Esto nos debe servir para reflexionar acerca de la figura del cronista y cabe preguntarnos ¿sigue la Asociación de Cronistas del Estado Mérida (ASOCEM) el sendero trazado hace 30 años o simplemente ha devenido en un refugio de silenciadores de la historia? que en su momento tendrán que rendir cuentas ante los interesados por la tradición. Por ello, quisiera aprovechando la ocasión sintetizar lo que debe ser la misión del cronista.
Los cronistas del siglo XXI que aspiren a cumplir cabalmente sus funciones deben satisfacer una serie de exigencias: buena reputación, indiscutida trayectoria intelectual y formación adecuada. Siendo su tarea prioritaria la investigación y el acopio de la documentación que permita contrastar la historia de la ciudad, para deslindarla de la fábula y la leyenda, e instaurar un servicio informativo eficiente en el pueblo, que aprovechen no sólo a los estudiosos y estudiantes, sino a cualquier interesado; entre otras cosas, esos centros de documentación deben contener información de lo arqueológico, etnológico, gastronomía, nomenclatura de calles, iglesias y capillas, vocabulario, apodos, juegos infantiles, el refranero, la toponimia, el derecho consuetudinario (practicas, costumbres y reglamentaciones tradicionales), biografías (héroes, notables y personajes populares). A esta tarea debe unirse el político, dirigente, el concejal, el vecino, etc., ya no podemos seguir indiferentes ante el archivo que se pierde (como está ocurriendo en Tovar nuevamente), el museo que no se funda o crea, el monumento que se derriba, roban o secuestran (caso estatua de Juan Rodríguez Juárez en Mérida), la casa que se derrumba ante la mirada de todos (casa del desCaro en Tovar), la cruz del cementerio o la imagen que fue mutilada, el vestigio arqueológico surgido al abrir los cimientos que se ocultan rápidamente, el hallazgo que se destruye o desaparece, el paisaje que se borra, el árbol que se tala, la colección que deja de adquirirse, la tradición o costumbre que no se evita que se pierda, la personalidad o gentilicio que no se defiende, la historia propia que se desconoce. A los cronistas hay que darles el apoyo para que sigan atentos a lo que sucede cada día en el pueblo y también para que eviten, a veces, muchas cosas que suceden y que no tengan excusa para decir no puedo hacer nada porque carezco de recursos.
El cronista ha de ser un soñador, aún a sabiendas que siempre va a ser objeto de incomprensiones, de desdén y de ironías; pero quien gana siempre en la cultura, porque el juicio de la historia es inexcusable y quien veló probadamente y se desvivió en afanes histórico culturales sabe de antemano que lo tiene fallado a su favor, aunque hay cronistas a los cuales la historia no los absolverá. Esta amplia misión del cronista ha de ser siempre mantenida, a despecho de desalientos, contra viento y marea, con propósito perseverante, con lo que no podemos fallar es con el ideal y el amor a la Matria.

Estoy plenamente seguro que Don Alfonso Ramírez comparte
lo antes expuesto, porque en vida siempre fue un crítico en el hacer y en el
actuar. Por eso hoy lo recordamos en la antesala de los 10 años de su
desaparición física.
Néstor Abad Sánchez
La Abadía, junio 28, 2024