Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:48 pm
Orlando
Oberto Urbina
A Juan Salima, quien era
técnico dental. Un místico
Y mago que, en las fiestas de San Vicente de
Tolentino en Pedregal,
Hacía mover los carros y los ponía a volar. Era
un judío sefardita
que llegó a nuestras tierras
por el Caribe.
Anécdota de Carlos Morales.
En la
sencillez de la palabra, Pedro Salima comienza a contarnos todo lo que ha
vivido y lo que va tejiendo en su imaginación con un lenguaje sencillo que
narra poéticamente como un sembrador de sueños e historias que va trasladando a
las nuevas generaciones hacia lugares llenos de espejismos o surrealismos como
es Paraguaná. Todo ese conuco de agua que rodea nuestros sueños, y nos va adentrando
a la vida y a muchas leyendas de aparecidos y de fantasmas; aunque también de
verdades que están ligadas a nuestra historia sagrada de hombres y mujeres recias,
herederos de Caquetios y de héroes como Josefa Camejo, Mariano de Talavera,
José Rosario González, José Francisco Petit y Manuel Urbina, quienes estuvieron
en el camino que le dio la Independencia a nuestro país que estaba hecho como
el guayacán o el dividivi: árboles que siempre nos dan sombra y que se
mantienen firmes y frescos aunque el verano sea largo.
De esas
lecturas está hecha la vida transitada de sus pobladores, y aunque no vivamos
allá, es una tierra hermosa que llevamos enarbolando en nuestras entrañas,
porque ese amor no nos lo quitaran jamás, así como el azul del mar y del
corazón de lefaria en su cielo despejado como soñando al generalísimo Don
Francisco de Miranda, que trajo los colores más hermosos de nuestro pabellón
nacional, inspirados en el amarillo de la cabellera de esa dama que se hizo
bandera y canción de amor, así como el azul intenso de sus ojos y el rojo de
sus labios que llegó a besar y conquistar. Fue el corazón de Catalina de Rusia
quien le cedió ese barco para la liberación de lo que hoy conocemos como
Venezuela, y que Miranda desembarcó por la Vela de Coro.
De eso está
llena la tierra seca y amorosa de Falcón, de poetas y luchadores, por lo que
nuestra Falconía se levanta con la fuerza del medanal, como está escrita la
historia de bandera y misa, porque Falcón fue escenario trascendente de hechos
como la primera misa en tierra firme, el levantamiento de los negros a la cabeza
de José Leonardo Chirino, y la Guerra Federal, encabezada por el general de
hombres libres, Ezequiel Zamora, y del Movimiento Insurreccional en la Sierra
de Coro, como fue la guerrilla al frente del legendario comandante Douglas
Bravo.
De manera que
después de este antecedente histórico, prosigo la crónica sobre el poeta y
hombre de lucha de quien soy su amigo desde hace más de cuarenta años, a quien conocí
en Punto Fijo, en esos años que compartimos una misma militancia en aquella
gloriosa juventud comunista llena de sueños. Pedro Salima ya estaba en el
Partido Comunista. Siempre había algún recelo del partido hacia la juventud,
pero Pedro era un defensor de las propuestas que hacía la juventud –recordemos
a Simón Rodríguez-, así como Radamés Larrazábal, Noel Sirit, y otros maestros
que nos enseñaron desde la esperanza y vida a sumar corazones y muchas
anécdotas de aquellos años que fueron duros, pero de grandes enseñanzas.
En Pedro
Salima se van creando unos personajes que van a vivir en esa narrativa viva
sumando paisajes xerófitos que nos van nutriendo el inmenso mar azul de nuestra
tierra, y nos da la fuerza de inspirarnos en ese majestuoso gigante en medio de
nuestra Península como es el cerro Santa Ana, el cual es nuestra brújula de los
caminos interminables que nos llevan a diferentes lugares y pueblos del punto
más septentrional del Caribe, en estos paisajes que nos canta nuestro querido
poeta y amigo Guillermo de León Calles con la ternura del niño que alimenta los
sueños, y que siempre vamos a tener en la memoria y en el corazón de nuestros
queridos poetas que nos enseñaron la belleza de la luna y de la tierra seca que
se sembraron para siempre en la lámpara de palabras y luz que nos llenaba
Alexander Sierralta con su guitarra, y aquellos poetas como Víctor Hugo Bolívar
y Héctor Hidalgo Quero, por nombrar algunos de ellos.
Salima, ese
escritor proveniente de la Península de Paraguaná, en su obra narrativa va
dibujando personajes en cada una de sus vivencias, donde la imaginación recorre
el paisaje seco de su niñez, o tal vez el mechurrio de las refinerías quemando
el gas y espantando la lluvia como única esperanza de los campesinos para
sembrar, inspirado en ese gran coloso que es el cerro Santana, que inspira a
cualquier Paraguanero a trazar caminos en el alma misma de la vida, en los
constantes repiques de campanas de la Iglesia, en la ciudad de los mechurrios. Pedro
Salima retrata a sus maestros y también a un personaje muy querido en Punto
Fijo como era el gran David Guarecuco vendiendo la Tribuna Popular, y quien tenía
una apariencia de brujo que no lo era. En A
La Suma del Tiempo y Al Margen de las
Campañas, Pedro Salima va tejiendo una atarraya de remiendos de destinos de
cada uno de sus personajes que van hablándole en cada una de las sombras y no
se pierde la majada de los escondites que nos lleva a esos papeles de la razón.
Pedro Salima
nos va relatando una historia que A la
suma del tiempo, uno de sus libros, nos va desvistiendo la tierra adentro,
la de los fantasmas y leyendas, la Paraguaná contada en la oralidad de los
abuelos reunidos o amontonados por el miedo a la oscuridad, cuando no había
luna llena, bonita para verse en el suelo de los patios de la casa a todos en
la edad de la inocencia, donde espantaban aparecidos en quebradas, mesetas y
riachuelos nos va narrando un territorio que muchas veces fue acechado por
otros personajes venidos de otras tierras, los nuestros aventureros, soñadores,
sacadores de sal, contrabandistas, así comenzaban las conversas y poníamos los
oídos para escuchar esos cuentos que van a alimentar a Miguel o a Darío en cada
una de las palabras que van a reunir en Pedro Salima una técnica para renovar y
llevarnos al camino de una fuerza narrativa que tiene espejos de vivencias de
cualquier habitantes de la comarca de donde Pedro hace gran gala al llevarlos a
la literatura de nuestras vidas.
Desde hace más
de tres décadas reside en Margarita, por el amor de su compañera Clorinda
Fuente, a quien conoció en el Núcleo de LUZ en Punto Fijo. Fue una pareja de la
cual aprendí a conocer la política desde otro ángulo, que era la tolerancia y la democracia como ejemplo del respeto por la
causa y las luchas, ya que su esposa era dirigente del MAS y Pedro Salima del
PCV. En esa casa del antiguo aeropuerto nos reuníamos ambos grupos, por
supuesto cada uno por su lado, pero lleno de mucha amistad y respeto. Recuerdo
a una de las mujeres del MAS, a Argelia Laya, quien se quedaba en la casa de
Pedro Salima, y cuando Argelia tenía que ir a un programa de radio o la visita
del Núcleo de la Universidad del Zulia ( LUZ) en Punto Fijo, algunas veces estando
allí teníamos que ayudar a Pedro Salima a empujar su carro. Recuerdo que era un
Hillman blanco al que nunca le
funcionaba la batería, y que siempre era utilizado como transporte para
trasladar a algunos dirigentes del PCV, o del Movimiento Al Socialismo (MAS) a
su esposa Clorinda y a Argelia Laya.
Ellos fueron ejemplo de tan digno respeto por cada una de las ideologías y
formas de lucha.
Además de ser
un amante del cine, Pedro Salima ha escrito guiones de cine, seguramente desde
aquellos tiempos en que el Ateneo de Punto Fijo fue sede permanente del Cine Súper
8. Allí se organizaban festivales. Simón Petit, Jorge Luis Naranjo, Pedro
Urbina y Douglas Zabala venían del grupo Espejo
del Ateneo con el gran Vicente Hernández y otros, y le dieron realce a la
actividad cultural y la promoción de todas aquellas gestiones que se llevaban a
cabo en El Ateneo de Punto Fijo, en el cual también estaba el profesor Rubén Ismael
Padilla junto a Guillermo de León Calles, quienes llevaron esa institución cultural
a buen término.