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“Asunción de María, fiesta de la alegría” por Padre Edduar Molina

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“Asunción de María, fiesta de la alegría” por Padre Edduar Molina


Acabamos de celebrar uno de los dogmas marianos más sentidos y cercanos a la fe sencilla de nuestro pueblo, “la Asunción de la Santísima Virgen María”, proclamado por el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus, el cual se refiere a que “la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".

Dogma, entendido como una verdad revelada por Dios y, como tal, directamente propuesta por la Iglesia a nuestra fe. En lo que se refiere a María Santísima, tenemos otros tres dogmas de gran importancia; el primero de ellos, el dogma de la Maternidad Divina, por el cual creemos que la Virgen María es la verdadera Madre de Dios. Definido solemnemente por el Concilio de Éfeso (año 431).  El Concilio Vaticano II hace referencia del dogma así: "Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 66).

También nos encontramos con el Dogma de la Inmaculada Concepción, que establece que María fue concebida sin mancha de pecado original, proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus. Junto al dogma de la Perpetua Virginidad se refiere a que María fue Virgen antes, durante y perpetuamente después del parto. "Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emanuel" (Is 7, 14; Miq 5, 2-3; Mt 1, 22-23) (Lumen Gentium, 55). Por ello en la liturgia de la Iglesia celebramos a María la “siempre-virgen”. Pues el nacimiento de Cristo lejos de disminuir consagró la integridad virginal de su madre. (Catecismo de la Iglesia Católica, 499).

Decía el Papa Benedicto XVI que la fiesta de La Asunción es un día de alegría pues Dios ha vencido, el amor ha vencido. Ha vencido la vida. Dios ha manifestado que el amor es más fuerte que la muerte. Al ser elevada a lo más alto, se nos quiere enseñar que también el cielo es para nosotros, en Dios hay un lugar para el cuerpo, no es algo lejano o etéreo, es una realidad que nos invita a vivir en clave de elevación, de llegar a lo más pleno, pasando como María por el camino del servicio, la renuncia y la entrega generosa a los otros.

El hombre es grande, sólo si Dios es grande.  María y su asunción nos enseña a permitir que Dios sea grande en nuestra vida, en la medida en que somos capaces de vivir como ella, la humilde sierva y dar el Fiat, el “sí” a la vida, al amor y al compromiso por la civilización del amor, seremos asuntos, elevados en el esplendor de la dignidad divina que se nos ha dado por medio del bautismo.

Una segunda reflexión sobre María como la discípula del Señor que vivió de la Palabra de Dios; estaba impregnada de la Palabra de Vida, centrada en la Palabra. Hoy se hace más apremiante que nunca vivir con esa familiaridad con la Palabra del Señor para recibir esa luz interior de la sabiduría que nos capacite para discernir y guardar como ella “todo en el corazón” (Lc 2,19). Necesitamos cristianos que se enamoren de meditar y encarnar la Sagrada Escritura, capaces de encontrar luces a tantas situaciones y acontecimientos que sin ese alimento nada tiene sentido. Se trata, dice el Papa Francisco, de que quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Una tercera enseñanza es que María participa ya de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Ella es la que nos lleva a Jesús y está atenta a nuestras vidas vacías, para hacer que su Hijo nos llene de su vino de amor y misericordia.

Pidámosle a nuestra Santísima Madre que nos ayude a vivir elevando nuestra vida en fraternidad con todos nuestros hermanos, en solidaridad con un mundo cada día más necesitado de amor y reconciliación.  Y, como ella, mantengamos los pies sobre la tierra, es decir, vivamos atentos a los signos de los tiempos, y con la mirada puesta en lo alto, en las cosas que son eternas y que Dios nos tiene preparado a los que lo aman.  La Asunción de María eleve nuestra Venezuela por caminos de paz y esperanza.

 

Mérida, 18 de agosto de 2024

 





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