Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:05 pm
Acabamos de celebrar uno de los dogmas marianos
más sentidos y cercanos a la fe sencilla de nuestro pueblo, “la Asunción de la
Santísima Virgen María”, proclamado por el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de
1950, en la Constitución Munificentisimus
Deus, el cual se refiere a que “la
Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida
terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".
Dogma, entendido como una verdad revelada por
Dios y, como tal, directamente propuesta por la Iglesia a nuestra fe. En lo que
se refiere a María Santísima, tenemos otros tres dogmas de gran importancia; el
primero de ellos, el dogma de la Maternidad Divina, por el cual creemos que la
Virgen María es la verdadera Madre de Dios. Definido solemnemente por el
Concilio de Éfeso (año 431). El Concilio
Vaticano II hace referencia del dogma así: "Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada
con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus
súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Constitución
Dogmática Lumen Gentium, 66).
También nos encontramos con el Dogma de la
Inmaculada Concepción, que establece que María fue concebida sin mancha de
pecado original, proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en
la Bula Ineffabilis Deus. Junto al
dogma de la Perpetua Virginidad se refiere a que María fue Virgen antes,
durante y perpetuamente después del parto. "Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será
Emanuel" (Is 7, 14; Miq 5, 2-3; Mt 1, 22-23) (Lumen Gentium, 55). Por ello en la liturgia de la Iglesia celebramos a María la “siempre-virgen”. Pues el nacimiento de Cristo lejos de disminuir consagró
la integridad virginal de su madre. (Catecismo
de la Iglesia Católica, 499).
Decía el Papa Benedicto XVI que la fiesta de La Asunción
es un día de alegría pues Dios ha vencido, el amor ha vencido. Ha vencido la
vida. Dios ha manifestado que el amor es más fuerte que la muerte. Al ser
elevada a lo más alto, se nos quiere enseñar que también el cielo es para
nosotros, en Dios hay un lugar para el cuerpo, no es algo lejano o etéreo, es
una realidad que nos invita a vivir en clave de elevación, de llegar a lo más
pleno, pasando como María por el camino del servicio, la renuncia y la entrega
generosa a los otros.
El hombre es grande, sólo si Dios es grande. María y su asunción nos enseña a permitir que Dios sea grande en nuestra vida, en la medida en que somos capaces de vivir
como ella, la humilde sierva y dar el Fiat,
el “sí” a la vida, al amor y al compromiso por la civilización del amor,
seremos asuntos, elevados en el esplendor de la dignidad divina que se nos ha
dado por medio del bautismo.
Una segunda reflexión sobre María como la
discípula del Señor que vivió de la Palabra de Dios; estaba impregnada de la
Palabra de Vida, centrada en la Palabra. Hoy se hace más apremiante que nunca
vivir con esa familiaridad con la Palabra del Señor para recibir esa luz
interior de la sabiduría que nos capacite para discernir y guardar como ella
“todo en el corazón” (Lc 2,19). Necesitamos cristianos que se enamoren de
meditar y encarnar la Sagrada Escritura, capaces de encontrar luces a tantas
situaciones y acontecimientos que sin ese alimento nada tiene sentido. Se trata,
dice el Papa Francisco, de que quien piensa con Dios, piensa bien; y quien
habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las
cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se
hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el
bien en el mundo.
Una tercera enseñanza es que María participa ya
de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada
uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones,
puede ayudarnos con su bondad materna. Ella es la que nos lleva a Jesús y está
atenta a nuestras vidas vacías, para hacer que su Hijo nos llene de su vino de
amor y misericordia.
Pidámosle a nuestra Santísima Madre que nos ayude
a vivir elevando nuestra vida en fraternidad con todos nuestros hermanos, en solidaridad
con un mundo cada día más necesitado de amor y reconciliación. Y, como ella, mantengamos los pies sobre la
tierra, es decir, vivamos atentos a los signos de los tiempos, y con la mirada
puesta en lo alto, en las cosas que son eternas y que Dios nos tiene preparado
a los que lo aman. La Asunción de María
eleve nuestra Venezuela por caminos de paz y esperanza.
Mérida, 18 de agosto de 2024