Termino de leer El exclaustrado (Anagrama, 2024), del autor español Álvaro Pombo, Premio Cervantes 2024, y me ha dejado múltiples sensaciones, como si hubiera estado inmerso en un mundo de tal complejidad, que todo lo que se nos cuenta es y no es; como si cada personaje asumiera de pronto diversos roles frente a sus circunstancias, y eso nos descolocara como lectores, al no poder asumir, de entrada, un perfil que cambia en el tiempo (como cabría suponerse), pero que aquí se da a tal velocidad y a tal grado, que no sabemos qué pensar frente a una historia desconcertante, realmente dura, que se desgrana desde una visión “beatífica” y desasosegada a la vez, que busca por todos los medios cotejar luz y oscuridad sin espacio para los tonos de grises, ni para un espectro que pueda orientarnos frente a lo que subyace en las profundidades del libro: la eterna lucha entre el bien y el mal.
Narra Pombo con maestría una historia que nos atrapa de entrada, que intenta, y lo logra, ¿qué dudas caben?, sentarnos en primera fila para ser espectadores de una trama burlesca, a veces absurda, irónica y sinsentido, que hace de nosotros testigos de excepción de un “algo” que conocemos e intuimos, pero que no termina de darse hasta muy avanzada la obra, cuando ya no hay posibilidad alguna de desentenderse, a menos que abandonemos su lectura: cuestión realmente imposible, por esa gruesa atmósfera que logra el narrador que atrapa y toca fibras muy humanas y sensibles en el lector, quien dicho sea de paso se siente a veces identificado con un personaje, y pocas páginas después cambia de opinión, porque no halla en cada uno de los cuatro protagonistas de la novela, referentes fácticos y ontológicos que le permitan asumir su pensamiento y sus acciones como propias.
El personaje principal es Juan Cabrera, un exclaustrado ya anciano quien busca escapar de años y años de encierro conventual, y para ello no encuentra otro camino que internarse en su pequeño piso de Argüelles, con sus libros teológicos y filosóficos (y con su propia conciencia), pero sin contacto alguno con el mundo. Es decir, se ha exclaustrado para enclaustrarse otra vez, pero de otra manera: sin tener que cumplir con normas y preceptos, sin tener que entregarse a horas de oración y meditación cuando algo por dentro se había roto: no la fe, sino “el cómo” en aquella comunidad conventual se buscaba el encuentro con el infinito, algo que para él resultaba ya un tanto cuesta arriba.
Antón Rubial es un personaje crucial en la trama, porque siendo muy joven y con aspiraciones a convertirse en monje, a causa de unas acusaciones hechas por Cabrera ante la jerarquía del convento, de haberlo hallado bañándose desnudo en un rio con algunos de sus compañeros novicios, fue expulsado sin miramientos y lanzado a la nada del rencor perpetuo que, con el correr del tiempo, intentará zanjar desde la venganza.
Hallamos a Petri Guillard, una chica un tanto díscola y disparatada, quien no halla un lugar en el mundo y quema su tiempo y su juventud en un antro llamado Machupichu, haciendo el papel de “periquita”, que atrae y seduce a algunos clientes. Y es precisamente allí en donde se topa con Rubial, quien, haciendo uso de sus estratagemas y don de palabra (por ser ahora un admirado profesor universitario), la enamora y se casan, pero pronto lo abandona, a pesar de cumplir con él su viejo sueño de tener una casa bien al lado de un esposo que la respete y la ame. Pero, Rubial ni la respeta ni la ama, solo juega con ella y la manipula como a una marioneta; igual intenta hacerlo con todo aquel que se le acerque.
En el ínterin, hace su entrada al escenario Jaime, sobrino de Cabrera, estudiante de derecho y alumno de Rubial. Jaime llama a su tío con quien no tiene ninguna relación desde hace mucho tiempo, y decide ir a su piso a visitarlo. Claro, lo hace con reticencias, al saber de la personalidad huidiza y sombría de aquél, pero dicha impresión poco a poco cambia y comienza a sentir afecto por el viejo ensimismado y lúgubre, a quien no le hace mucha gracia la idea, pero no le queda otra alternativa que recibirlo ese día, y varios días después.
Pronto Rubial echa a andar su plan de venganza contra el viejo exmonje, y para ello lo urde desde su propio sobrino, a quien manipula a su antojo. Y no oculta su molestia al enterarse de que Petri, su esposa huida, sale con Jaime en un supuesto noviazgo que poco tiempo después se hará trizas. Se teje así una trama en la que los cuatro personajes se dan a la tarea de armar el enorme rompecabezas de sus propias existencias, y se mueven en un espectro de emociones que van de la certeza absoluta y la felicidad, al extravío de la incertidumbre y el dolor.
Logra Pombo hundirse en la psique de sus personajes y, desde el narrador omnisciente, nos pone al tanto de su intimidad y desvaríos: en un perderse sin remedio en un laberinto de circunstancias, que crean una enorme tensión en la trama, y nos llevan con los nervios de punta a un inesperado e impredecible desenlace. Hay solidez en la novela, y la misma nos llega por la vía del circunloquio del exclaustrado, quien echa mano de aspectos de raíz metafísica y filosófica y nos pone en contacto con los misterios de la vida conventual y su compleja relación con Dios. Empero, no nos olvidemos que Rubial fue novicio, y desde su formación conventual truncada por la intolerancia y cerrazón mental de Cabrera, así como desde sus estudios universitarios, establece a distancia con el exclaustrado una suerte de dialógica por los inescrutables senderos de la intelectualidad, que ninguno de los dos logra dejar sentados ni concluidos.
A medida que nos acercamos al cierre de la novela, la claridad y las certezas se esfuman, para dar paso a la insignificancia de los personajes y de nosotros mismos, lanzándonos sin miramientos por el tobogán de la desazón y el vacío. Nada es seguro en la realidad, pero la ficción no escapa a este derrotero plenamente humano.