Cuando leemos ficción nos hallamos en medio de un territorio desconocido, impregnado de sorpresas, hundido en la incertidumbre, y es así como sorteamos escollos, remontamos cimas (o simas), navegamos en mares procelosos y muchas veces corremos el peligro de zozobrar, pero si la historia está bien contada siempre habrá atajos, veredas y artilugios: argucias que nos permitan otear más allá del momento, y así poder vislumbrar un puerto de llegada que nos salve de la derrota. Empero, hay libros que nos vencen, y no nos queda más remedio que echar manotazos en medio de la nada, y a pesar de ello no logramos salir a flote y es entonces cuando caemos rendidos y abandonamos el libro (sobre la mesa o en el estante), a la espera, tal vez, de una nueva oportunidad.
No obstante, el verdadero protagonista de toda historia es quien lee, porque cada página dice o no acerca de su existencia, y es ese anodino lector quien desde la comodidad de su butaca desentrañará los sutiles hilos que articulan la trama, y hará enormes recorridos, sufrirá lo que tenga que sufrir y se regodeará de lo mejor de la página, buscará aquí y allá los cabos sueltos por doquier e intentará recomponer los episodios en un juego especular, que dirá mucho de sí mismo y de su propio recorrido vital.
Los rostros de los personajes no los pone el autor, por más que crea que lo hace, o por mucho que dibuje con palabras sus fisonomías y corporeidades, porque esta ingente tarea es de absoluta responsabilidad del lector, quien en cada vocablo, frase, oración, párrafo y página, dibuja dentro de sí lo que allí acontece y concede un escenario y lo adorna a su antojo, y mueve desde una u otra parte los elementos constitutivos de cada acción, porque nada hay fuera de sí que no le sea consustancial, a la hora de abordar con rigor la ingente y rigurosa tarea de la lectura.
La obra literaria es de exclusiva interpretación de quienes nos asomamos a ella, independientemente de las intenciones o pretensiones autorales. Somos los ávidos lectores quienes entretejemos o no con habilidad todo aquello que hace de una historia un hecho por consumar o consumado, de allí nuestro papel protagónico en cada página; de allí también que seamos el eje alrededor del cual gire toda posibilidad estética y la propuesta autoral, y es por ello que hoy la literatura es más un compromiso de quienes la abordamos desde afuera (con todas nuestras características y mundos interiores: creencias, formación, edad, lecturas previas, falsas o reales premisas, y cosmovisión), que de aquel o de aquella que la plasman en el papel y la lanzan al mundo real o virtual.
Leer una historia no es cualquier cosa, porque se ponen en juego infinidad de variables externas e internas, y en este juego dialéctico los lectores construimos andamiajes y escenarios en los que ubicamos a los personajes y, como se comprenderá, todo esto echa a andar nuestra memoria y experiencia vital, y es así como Macondo no es para el lector ese lugar descrito por el novelista: con sus humildes casas y calles barridas por el viento, sino nuestro propio lar nativo, y los Buendía son así nuestros vecinos más cercanos, y en nuestra interioridad ellos dialogan con nuestros propios fantasmas, y aquella historia se entreteje con la nuestra y se erige entonces en experiencia personal.
El narrador lanza sus historias y personajes al mundo, que es en sí la nada o el soporte (el papel impreso, la pantalla titilante de una laptop, el Kindle, etcétera), y este hecho literario de enorme responsabilidad artística, es el punto de partida de una cantidad de acciones y de retroacciones que nos llevan por mundos de ensueño, a vivir más de lo que nos está permitido desde nuestra ingente realidad vital, y se da así una interacción que activa en nosotros una serie de situaciones, referentes, figuraciones, vislumbres, interfaces, asociaciones, atisbos y destellos, que nos impelen a actuar, a hacernos parte y todo de lo contado, a buscar en nuestro Yo Interior todo aquello que subyace y nos constituye como esencia, y así convertirnos en los auténticos protagonistas de lo contado.
Somos los lectores quienes les ponemos los rostros a los personajes, y flaco beneficio nos hacen los productores de películas (por ejemplo), al sustituir todo aquello que nuestro propio imaginario personal había ya erigido a partir de la lectura (o de las muchas lecturas) por rostros sacados de un casting, que poco o nada nos dicen a la hora de referenciar aquello ya vivido con anterioridad, y que de algún modo nos golpea en nuestro fuero interno, porque nos daña, tergiversa y desfigura hasta romperse un “algo” indefinible y etéreo, que hasta hoy vivía a plenitud entre nosotros.
Nunca una definición de lector ha podido dar con exactitud en la complejidad de su propia esencia, porque todas (al menos las que hemos trajinado hasta ahora desde la mera teoría literaria, que más o menos se entrecruzan en algún punto del recorrido) solo se refieren a la acción de leer desde afuera (es decir: quien se acerca con mayor o menor profusión a unas páginas y busca internarse en ellas, pero siempre asumiendo a rajatabla lo que se le plantea desde la voz del narrador, sea o no la del autor, conformándose, desde luego, con el criterio binario de gustar o no de lo leído), y nunca se ha hecho la necesaria acotación de que el auténtico lector es aquel que, de la mano con el autor, protagoniza la obra, la edifica y la complementa, la construye y de-construye en un intento (jamás vano) de hacerla parte de sí y de su propia historia.