Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 09:20 pm
I
El que soñaba:
Estaba por llover. Podía uno mirar la barriga hinchada a las nubes. “Viene agua”, me dijo, y se abotonó su eterno paltó cruzado, de lana escocesa, de a cuadritos. “Hace frío”, me dijo. Yo apreté un poco más hacia mi cuello la bufanda roja y apuré el paso. Bajábamos de la Biblioteca donde estuvimos larga y provechosa mañana, primero revisando diarios de la última mitad del siglo XIX y la primera del XX merideño.
Comenzábamos ese día a darle vida a uno de los tantos proyectos que los dos soñábamos concretar, trazando un compendio de crónicas sobre una historia de las pequeñas cosas que fueron maravillosas entre uno y otro tiempo. Cuando todavía las almas en pena recorrían desde la Plaza Espejo, subiendo hasta la Plaza Milla y, de allí, bajando a la Plaza Bolívar -sino habían logrado ayuda para su viaje definitivo- irse, con mayor pena, a dormir de nuevo al cementerio.
De esos tiempos que Don Mariano Picón Salas describió en su “Viaje al Amanecer”, cuando a los muchachos de entonces les tenían prohibido comer las naranjitas del terreno del antiguo camposanto, precisamente las más dulcitas de toda Mérida; y de cómo él y muchos más se morían de curiosidad por adentrarse en la Calle Uno, la de Cuatro Piedras, envidiando a los de pantalones largos que, valientes, ya habían entrado a ella para salir hechos hombres.
Recordaba con mucha emoción haber visto, tempranito, cómo los maestros albañiles subían por entre los andamios, gigantes, como si fuesen catapultas, para construir la nueva catedral, y cómo también el Maestro Iván Bllesky, después de frisadas las paredes, dibujaba las figuras con creyón negro, primero, trazos de maravilla. Luego, vendría el color. Después quirúrgica, como un milagro de colores, las hermosas imágenes de Jesús y de la Virgen Inmaculada, cuyo rostro –me lo dijo- es el rostro de la esposa del pintor, una mujer tan linda y fina que alumbraba con su belleza que muchas envidiaban y muchos llegaron a soñar con ella.
Era un cronista de la OTAN. Se lo dije y le recomendé que escribiese todo lo que sabía de su ciudad, del porqué fue bien llamada ciudad de los caballeros y también del porqué perdió tan honroso apelativo. Asunto que a él le dolía mucho. “Es que la ciudad se está muriendo”, me dijo. “Poco a poco va perdiendo el alma”, advertía. Y ese dolor profundo, taladrando todo, era cierto. Uno podía ver lo que le acontecía, como si fuera un punal, atravesando su merideñidad. “Lo peor”, explicaba, “es que nadie se preocupa por detener ese río de indolencia que va a terminar ahogando hasta los recuerdos”. Y me contaba una y otra historia, pequeña, de la gran historia nuestra. “Porque esas cosas, las chiquitas”, me dijo, “resultan gigantes”. Yo le dije: “Me das la razón plena, cuando te pido que las escribas”. Y él me dijo: “Lleguemos a un acuerdo, poeta: Yo cuento y usted escribe”.
El pacto lo sellamos sentados en la segunda banca del ala derecha, a la entrada de la Basílica Menor, la más hermosa de toda Venezuela, donde fuimos a refugiarnos de la fuerte lluvia que se desató sobre la capital andina que tanto amó Don Tulio Febres Cordero. La misma que le otorgó, jubilosa, patriótica, esperanzadora, y por primera vez, el honroso título de Libertador al joven oficial caraqueño que venía triunfante desde Cartagena, donde había estado combatiendo. En precisar qué hacer y cómo hacerlo, pasamos muchas buenas mañanas, porque madrugábamos.
De siete a ocho, después del café y los pasteles, en la fuente, de la que por ese entonces no manaba agua sino olvido, hablábamos, hablábamos, hablábamos. “Nos vemos en la tarde, Ángel Ciro”, se despedía. “De acuerdo, Javier”. Él cruzó la calle en ruta a los Tribunales. Yo, entraba a la Casa de Gobierno. El proyecto no pudimos construirlo. El culpable fue Ramón Guevara que no descansa en su accionar como gobernador, y yo, entonces su Director de Prensa, tampoco podía hacerlo. Y por ese tiempo, además, el abogado Javier Pulido atendió muchos casos.
En diciembre dejé Mérida, su neblina de tarde y su frío de madrugada por el sol de playa y la luna de Margarita, pero Javier y yo seguimos soñando. Hasta que Wilmer Bastardo me avisó que a Javier lo había matado el virus que está matando tanta gente buena como él, mi hermano del alma, en todo el mundo. Lo lloré un rato largo. Y comencé a recordarlo.
II
El apegado
al terruño
De los de aquí, con abolengo, que llegaron fundando pueblos, formando familia ya lo largo de los cinco siglos y medio transcurridos desde que el extremeño Rodríguez Suarez golpeó con su espada tres veces el horcón y la llamada Mérida, porque su valle le recordaba el otro valle donde se asentaba su Mérida natal, la de España. Familia de muchas mujeres y muchos hombres que hicieron historia urbana en variados campos del intelecto, que se ganaron en buena lid reconocimiento y todavía figuran entre quienes aman la ciudad, la cuidan y en medio de la desidia batallan, como siempre batalló Javier, porque no perdiera el alma.
Fue un muchacho alegre, me contó cuando los poetas trasnochados y los demás románticos tenían como base las mesitas del antiguo café que los citadinos dieron en llamar “la esquina caliente” y en propiedad el nombre se le debe al “Tuto” López, el “Pío Gil” de Mérida, como lo fue al Táchira el valioso Pedro María Morantes. Un lugar que fue ágora, tribuna, parlamento muy abierto y democrático, donde lo plural era regla inviolable, en suma, el “periódico” que nadie compraba pero que todo el mundo se acercaba a escuchar “las noticias” y los cuatro Poderes que ocupan con sus Palacios el cuadrante central, enviaban gente a investigar quiénes y de qué hablaban los eternos contertulios.
En ese tiempo, la Plaza Bolívar era de todos y todos la respetaban y nunca en ese entonces, fue mercado persa ni escenario para la vocería escatológica y demagoga. Javier la recordaba, con la nostalgia del que viviera esos años idos y el deseo del cronista de que regresaran convertidos en homenajes sinceros al Héroe y no el escándalo que se fue haciendo costumbre, menos el avasallamiento, la ofensa y la vulgar pretensión de amurallar como propiedad del color rojo. Javier, demócrata raizal, formado en el campo socialcristiano, donde fue líder y como tal llegó al Congreso de la República, elevaba su voz, que era protesta, frente a los abusos. Puntual, -artículos, normas y reglamentos de por medio- defendía lo que la otra mayoría, que no podía defenderse, le entregaba como reclamo a formular en todas las instancias. Porque Javier Pulido, el experto litigante, era un auténtico defensor del pueblo.
El estrado le vio actuar con sabia conducta. Los jueces llegaron a reconocerlo. A distinguirlo entre los mejores. Sus colegas a respetarlo como contrincante y sus defendidos al agradecimiento eterno por las victorias logradas.
Fue un Político –sí, con mayúscula-, a carta cabal, entregada a la tarea de hacer el bien, teniendo como instrumento a la política. Una buena causa que no abandonó nunca, aunque su partido se resquebrajaba. Pero esa adversidad no le amilanó en nada ni para nada su pasión porque la democracia se instaurase. La democracia en Mérida le debe mucho a Javier Pulido, lo saben todos. Combatió contra el habitante depredador de la ciudad y defendió al ciudadano que la quiere y busca preservarla.
Javier, analítico, examinaba el acontecimiento local, regional y nacional con enorme tino y su dedo, siempre en la llaga, hasta eliminarla del cuerpo social, ése era su propósito, se ganó mucho aplauso y poco rechazo ya que su palabra eran verdades, imposibles de ocultar ya veces de demoler lo que denunciaba, pero dejaba al descubierto la irresponsabilidad de quienes tenían por obligación el concretar las soluciones. “Será la conciencia”, decía, “quien no los dejará tranquilos. Ese es el mejor de los castigos”, sentenciaba.
Fue asesor muy destacado de gobernantes de su partido y, como todo el mundo era su amigo, Javier pudo darse el lujo, es un decir, de lograr, a la hora de la aprobación de una ley, de una propuesta, de aunar voluntades. Estudioso y aplicado, se distinguió en la escuelita, en el colegio, en el liceo y llegó a la Universidad provisto de conocimientos de adelantos porque, insaciable, ya había leído los textos principales, y aprendido lo fundamental, requerido para que su amada ULA lo graduase como abogada con honores. Pero en Javier lo destacable, entre otras muchas virtudes, fue su entrañable apego al terruño, como pocos.
Probado está en su tarea, en sus variados aportes al ordenado crecimiento, que lo creyó urgente siempre, de su ciudad. Civilista, ciento por ciento, se le tendrá entre los más positivos defensores de la ciudad misma y de sus ciudadanos, se insiste que, como lo sostienen Monsiváis, el mexicano universal y Borges, el ciego argentino que miraba el alma de la gente, tuvo en Javier al más dedicado de sus adalides. “Menos mal que el Derecho le torció el rumbo, porque se nos hubiera convertido en torero”, de él dijo el Maestro de Maestros Briceño Ferrigni, taurómaco mayor.
Y fue cierto. Javier se graduó también de taurino, encerrado en su biblioteca leyendo toda la literatura sobre el Arte de Cúchares, como lo haría aquel otro caballero que hablaba en algún lugar de La Mancha con los libros sobre Caballería. Fue, pues, taurino aficionado de callejón, de redondel, de tienta, festival y le faltó poco para vestirse de luces. ¿Quién no lo recuerda por su apasionado apego a la fiesta brava? En la cual, se insiste, también era un erudito.
III
El hombre de buena fe
Él creía, a pie juntillas, que la gente buena de corazón vencería finalmente a los que lo perdieron, lo vendieron o dejaron de sentirlo. Se admiraba de las acciones que demostraban la presencia, aseguraba, de quienes habían preferido lo correcto. Tenía, igualmente, predilección exquisita por las cosas más simples. “Son las que llenan, son las que quedan sembradas en el recuerdo”, decía a la hora de las confesiones.
Había que escucharle describir con lujo de detalles las maravillas que pudo admirar en su viaje al viejo mundo.
Cómo impresionaba al imaginarse al país suyo, al país de todos, creciendo, desarrollándose en paz. Cómo alertaba con impaciencia de futuro hacer bien hoy la tarea de construir la mejor patria para tenerla mañana como una grande y mejor, fundamentada en realidades, no en mesiánicas mentiras. Cómo le apenaba que creciera día a día la fila de incautos dirigiéndose como autómatas al despeñadero, ratoncitos llevados al precipicio por los acordes de la flauta del misterioso Hamelin. Cómo le dolía que la justicia bailase al ritmo que marcan los poderosos. Cómo le dolía que los grillos de hierro –los que Andrés Eloy, el gran poeta del pueblo lanzó al mar en Puerto Cabello, muerto ya Juan Vicente, el general de La Mulera-, habían regresado convertidos en grillos totalitaristas para negarles los derechos a los más humildes. Cómo le inquietaba que la desidia fuese convirtiéndose en casamata para el resguardo de los intereses personales, y no nido donde pueda generarse vida que impulse a volar más allá de cualquier horizonte.
Eso le angustiaba porque, a pesar de presentar fortaleza de cuerpo, Javier era frágil, muy frágil, porque en él no había maldad alguna. Tenía fe, mucha fe, sin embargo, en que llegaría una mañana espléndida de sol anunciando el amanecer de un nuevo país.
En eso andaba cuando se lo llevó la muerte.