Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:42 pm
Si bien es cierto que la
sociedad actual, con su bombardeo ideológico nos insta a dejar de lado nuestra
dimensión espiritual, existe también el hecho de que, entre personas que han
vivido experiencias de acercamiento a Dios siguen manifestando estar o sentirse
estancados en el crecimiento espiritual o “ascetismo”.
Por eso he de hablar de
algo que a pocos se les hace conocido, aunque ya desde la Antigüedad era un
tema del que se había hablado con propiedad y, de hecho, asociado con la
influencia demoníaca: la llamada “acedia, o pereza espiritual”.
La acedia es un estado de
desánimo y apatía que puede afectar la vida espiritual de alguien. Tiene sus
raíces en la tradición cristiana y ha sido reconocido en la enseñanza de la
Iglesia. A menudo se considera un pecado capital que impide al creyente vivir
plenamente su fe y cultivar su relación con Dios. Para Tomás de Aquino: “La
acedia es el dolor por el bien espiritual”, es decir, una tristeza o pereza del
alma cuando reconoce su responsabilidad de ser santa.
Históricamente la acedia ha
sido asociada con un demonio denominado “demonio del mediodía” o “demonio de la
acedia”, así aparece en los escritos de los Padres del Desierto, como Evagrio
Póntico, y en estos escritos se describe la acedia, no solo como un estado de
pereza o tristeza, sino como una fuerza espiritual maligna que ataca,
especialmente al mediodía, induciendo en los monjes un sentimiento de apatía,
aburrimiento, inquietud y una falta de motivación para sus deberes
espirituales.
En la Tradición Cristiana,
particularmente en los Primeros Siglos del Monaquismo, se consideraba que las
tentaciones y las dificultades espirituales podían ser instigadas por entidades
demoníacas, por ello, la acedia, con su capacidad para debilitar la fe y la
práctica religiosa, fue personificada como un demonio específico que buscaba
desviar a las personas de su camino espiritual.
En la actualidad, con los
avances de la comprensión de la conducta humana, como la psicología, por
ejemplo, se entiende más como un estado interno. Aun así, no ha dejado de ser
considerado como una fuerza negativa que obstaculiza el crecimiento espiritual.
Se manifiesta como una falta de deseo por las cosas espirituales, una pérdida
de entusiasmo en o por la oración y en las prácticas religiosas, junto con una
incapacidad para encontrar alegría en la vida cristiana. Puede surgir por
diversas razones, como la fatiga espiritual, la rutina, o incluso situaciones
difíciles que nos alejan de la fuente de nuestra fortaleza, que es Dios.
Algunos santos han hablado
sobre la acedia y han propuesto formas de combatirla. San Juan Casiano: “La
acedia es una enfermedad del alma que la hace incapaz de soportar el esfuerzo
espiritual”. Aquí hay algunas estrategias:
1. Acudir a la oración y
sacramentos: Mantener una vida de oración constante y participar frecuentemente
en la Eucaristía y la Confesión es fundamental.
2. Lectura Espiritual: Leer
la Biblia, los escritos de los Santos, o la literatura espiritual puede ayudar
a reavivar el interés y la conexión con Dios.
3. Comunión con Otros:
Mantenerse conectado con otros creyentes y participar en la comunidad de fe
puede ofrecer apoyo y motivación.
4. Reflexión y Examen de
Conciencia: Hacer un examen personal para identificar las raíces de la acedia y
cómo se puede responder a ellas.
5. Establecer Rutinas:
Mantener horarios y rutinas en la oración y las prácticas de fe puede ayudar a
luchar contra la pereza espiritual.
Como dice San Pablo en
Romanos 12, 11: “No sean perezosos en lo que requiere diligencia; fervientes en
espíritu, sirviendo al Señor.”
La psicología ha dejado ver
que condiciones, como Déficit de Atención, han sido muchas veces confundidas y
asociadas con acedia espiritual, y también ha hecho saber que hay formas de
trabajar cada una de estas condiciones y/o trastornos, y con ello crecer en lo
espiritual. Aún así, las pautas que han sido dadas ayudan a todos
independientemente de su condición. Dios con nosotros.