Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 07:38 pm
Pasadas las seis de la tarde del 8 de mayo, la fumata blanca de la Capilla
Sixtina anunciaba que la Iglesia contaba con un nuevo Papa: León XIV. Agustino estadounidense de 69 años,
nacido en Chicago, que llegó a ser Prior General de la Orden
durante doce años, con una fecunda experiencia misionera amasada en las tierras peruanas de Chiclayo.
Apenas dos
años atrás, el Papa Francisco
lo llamó a ponerse al frente del Dicasterio para los Obispos, un
cargo de confianza plena que le permitió conocer y tener una visión amplia
sobre los pastores que rigen la Iglesia Universal.
El proceso del
cónclave reveló al mundo la unidad del colegio cardenalicio y la obra del
Espíritu Santo, con apenas 24 horas de desarrollo técnico
y cuatro votaciones, favorecieron el futuro de un pastor universal que se ha
identificado con la reforma sinodal de Bergoglio pero, sobre todo, que ha
testimoniado con su vida la Iglesia discípula y misionera, presente en las
periferias.
El Papa con sello agustiniano, por
su sentido de comunidad como centro, protagonista de la actualización del Concilio Vaticano II por la vía emprendida
en el “Evangelii Gaudium”, seguramente animará en la Iglesia el carisma de
pastores con olor a oveja de manera efectiva y afectiva y de una presencia más
discipular de los laicos en la parroquia, “comunidad de comunidades”. Recordemos
las palabras con las que se presenta desde la logia de las bendiciones: “Queremos ser una Iglesia sinodal, una
Iglesia que camina, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca siempre la
caridad, que busca siempre estar cerca, especialmente de aquellos que sufren”.
León XIV no es una copia de Francisco ni tiene que serlo. Su
nombre nos evoca a León XIII, el papa de la Doctrina Social que supo responder
a los desafíos de la Revolución Industrial poniendo en el centro la dignidad de
los trabajadores; hoy León XIV le corresponde comprometerse con lo que llamó el
Papa Francisco “un cambio de época, no una época de
cambio”, con
el desafío de dar respuesta a otras revoluciones sociopolíticas y económicas, a
los gozos y esperanzas de la gente de nuestro tiempo, que se mueven en medio de
la inteligencia artificial, las migraciones forzadas, el cambio climático, la Tercera Guerra Mundial “por fascículos”, en
los que el Evangelio tiene que ser encarnado para que produzca vida en
abundancia.
Otro de los grandes
desafíos es el antropológico, el hacer valer la enseñanza que la Iglesia
transmite, el ser humano ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”, frente
al avance de la Inteligencia Artificial
y el incremento de los problemas bioéticos: experimentación con embriones, vientres de alquiler, aborto,
eutanasia, eugenesia. El fortalecer la “iglesia
doméstica”, porque Dios los creó “hombre y mujer”, frente al enorme desafío que
supone la progresión de ideologías que promueven la transexualidad, el transhumanismo
y las teorías de género.
Seguramente
otro de los retos gigantes, y de los más sensibles al Papa León XIV, será sin
duda hacer resonar su voz profética en defensa de los descartados, los inmigrantes,
pobres, marginados, enfermos, ancianos, personas solas,
niños no nacidos, madres forzadas a
abortar, y las personas víctimas de violencia. Porque para la Iglesia siempre es voz de los que no la
tienen, y si es verdad que la pobreza es una virtud cuando se abraza
voluntariamente, cuando es una estructura de pecado se debe combatir a partir de
la luz del Evangelio.
Mérida,
18 de mayo 2025