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Amable Fernández: un conuco sembrado de palabras por Orlando Oberto Urbina

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Por Orlando Oberto Urbina


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Su nombre proviene, según él, debido a que su padre tuvo un accidente con una mula. La bestia le había lanzado una patada, y estuvo un tiempo sin trabajar. Así que había que fiarle a un señor que poseía una bodega en Mucutuy. Él le daba a crédito los artículos del mercado, hasta que el padre de Amable se mejoró. Cuando fue a finiquitar la deuda al bodeguero, el señor de la bodega le contó que él acostumbraba anotar las cuentas en la pared, y cuando se las pagaban las borraba con cal. Sucedió que, cuando Mario Fernández fue a saldar su deuda, el señor le dijo que la cuenta se había borrado, y no le podía cobrar. Don Mario, en agradecimiento al gesto del amigo que no le quiso cobrar, al nacer le puso a su hijo Amable por el dueño de la bodega, quien también se llamaba así.

Este hombre es nuestro amigo Amable Fernández, a quien suele pedírsele consejos sobre el abordaje de algún escrito, o sobre algún autor. Es difícil hallar algo que no haya pasado por la lectura de Amable Fernández, un maestro de la escritura, de la narrativa y excelente conversador. Nunca deja de hablar, es irreverente, y va construyendo en su obra literaria un abanico de imágenes impregnadas de recuerdos, de su gente, de sus caminos andados desde la infancia que va a transcurrir en los pueblos del Sur, es decir en Mucutuy. Amable cuenta esas historias del pueblo en sus libros Las paredes oyen, los muros se lamentan; o en La rebelión de los disjuntos. En su libro de cuentos Todo adiós es una fuga, Amable Fernández les va dando vida, las lleva en su memoria, en su escritura todo lo va atrapando durante su experiencia como escritor.

Su nombre le hace gala a su personalidad amable, amigable y con un olfato particular por cada una de las palabras. Piensa y nos dice las cosas con mucha autoridad y soltura. En todo ese bagaje, nos ilustra en cada conversación con anécdotas de escritores y pensadores; y entonces nos damos cuenta de que estamos frente a un personaje sencillo y lleno de muchas inquietudes, y con una capacidad referencial poco vista en estos tiempos de decadencia y de muchas poses falsas. En Amable Fernández existe la suerte de ver un maestro genuino surmerideño.

Viene de Mucutuy, un viaje de compañeros y largos caminos. Va transitando en su narrativa parte de sus vivencias en la que su cordón umbilical y paternal nos acerca y describe a su padre, Mario Fernández, y a su progenitora Rosa Ana Sosa. Lo van a acompañar las bendiciones diarias de su padre, un labriego y hombre del arte de la agricultura que solía decir: “sin semillas, no hay conuco”. Con esta sabiduría popular proveniente del pensamiento ancestral, nos pone a pensar y saber que de estos hombres hay mucho que aprender. Amable es un hombre que lleva esas frases siempre grabadas en la memoria, así como las palabras de la abuela, Nona Mencha. Ellos han dejado un legado; conocerlo y multiplicarlo es parte de la esencia de nuestra vida.

Amable Fernández, Licenciado en Letras mención Historia del Arte por la Universidad de los Andes, es un conuco que ha ido cultivando en sus obras literarias un sembradío de recuerdos que perviven en su memoria. Es agradecido de su querida tierra Mucutuy. Desde esta humilde opinión, rindo mi sincero reconocimiento a este juglar de la palabra que ha ido sembrando obras a lo largo de su vida.

En aquellos tiempos de haberse marchado buscando otros rumbos, regresó a los Andes y volvió a su lar en 1981, después de haberse formado en la Cristóbal Rojas, en Caracas, como él mismo ha dicho. Pasa del oficio de las artes plásticas a la narración, deviene conuquero de palabras, y comienza a sembrar las semillas del conocimiento asimiladas en su periplo por el distrito capital. Amable Fernández comienza su labor como docente, y se hace cofundador del liceo Padre Manuel Varela, en el que funda el Taller Experimental de Arte Manos e Ideas (danza, teatro, artes plásticas, artesanía y música) que impartía a los alumnos del ciclo básico de Mucutuy.

Toda esa suma de ideas va a darle un gran valor al trabajo de Amable Fernández. Al ver los resultados de sus alumnos y atendiendo esas inquietudes, él decide fundar la biblioteca pública Libertador, porque como maestro sabía que la lectura es fundamental para el conocimiento. La sede de la biblioteca es construida por sus habitantes. quienes van a contar con el apoyo del arzobispo Miguel Antonio Salas, así como del rector de la ULA, Pedro Rincón Gutiérrez, y de la prensa en general. También se sumó la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de los Andes, la cual les donó libros, folletos y revistas.

Esta biblioteca le costó esfuerzos a la comunidad de Mucutuy. Pero en 1983, unos educadores con mala intención, junto con politiqueros de baratillo, trasladaron la biblioteca de su sede propia, y la convirtieron en una simple biblioteca escolar. El Taller Experimental Artesanal de Pintura y Escultura del ciclo básico de Mucutuy desapareció con sus enseres y herramientas, por lo cual el gran Amable Fernández nos dice que las ideas de ese semillero de ideas y logros empezó a ser asediado por negarse a ser masajista de la adulancia política del gobierno de turno. A principios de 1984, Amable Fernández va a recibir una resolución administrativa de la Zona Educativa de Mérida, en la que se le notifica sobre el “cese de sus funciones docentes”.

Toda esa defenestración de la educación, esa destrucción de un proyecto para darle la oportunidad a su gente de tener esa oportunidad de realizar sus propuestas artísticas, debe afrontarlo en su propio pueblo: el destierro de sus proyectos artísticos.  Cambió de ruta y se dedicó a otras tareas. Comenzó a ser corrector del diario Últimas Noticias; luego va a coordinar con Gonzalo Fragui y Gregory Zambrano la página literaria “Amanecer Literario” en el diario Frontera, que luego va a cambiar de nombre y pasa a llamarse “Vértice” por sugerencia del profesor Diomedes Cordero. Amable Fernández es un escritor nacido en 1950 que ha publicado algunas obras literarias entre los cuales está: No quedará piedra sobre piedra, Mural de Chimó, Conversa de Velorios, Desafío, Las paredes oyen y los muros lamentan, con prólogo de Héctor Mujica, y la más reciente e inédita Los laberintos de la noche blanca.

Amable también laboró en el diario Frontera como corrector junto a Gonzalo Fragui y a Eduardo Rivero. Ya en 1992, por gestiones del decano de la Facultad de Humanidades y Educación Aníbal León, va a se investigador y asistente en el centro de investigaciones folclóricas que dirige el profesor Julio Carrillo, además de dedicarse a dictar talleres literarios en la Universidad de los Andes.

Amable Fernández persiste en el arte de su conuco sembrado de palabras para seguir formando y compartiendo con los escritores y artistas de diferentes generaciones.

 





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