Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 10:27 pm
«Abrahám
dijo: “No se enoje mi Señor, y hablaré por última vez. Puede ser que se
encuentren allí sólo diez justos.” Yahvé dijo: “En atención a esos diez,
no destruiré la ciudad”…» Génesis, 18:32
Conocido
como un pueblo distinguido por la facilidad de su sonrisa, la jocosidad, el
buen humor, y el optimismo de los “echados p’alante”, el venezolano va
frunciendo el ceño cada vez más.
La
Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), que ha realizado, a través de Psicodata,
encuestas evaluativas sobre la salud mental de la población venezolana,
encuentra que el 9.65% de los venezolanos - entre los 18 y 96 años – “ha
buscado apoyo psicológico o psiquiátrico recientemente”. Según la escuela de
psicología de la UCAB, basándose en tales mediciones, crece “la vulnerabilidad
asociada con estrés, ansiedad y resistencia a los cambios en el venezolano
común”.
Los
estados de occidente parecen estar más expuestos al general decaimiento.
Continuando una tendencia observada desde 1990, el estado Mérida, registra la
tasa de suicidio más alta de Venezuela en las últimas tres décadas. Al menos en
los estados centrales y orientales del país parecen manejarse mejor las
dificultades que se enfrentan, pero “mirando al contexto, el nivel de
resiliencia es bajo. El tejido social está débil en el país; actualmente, hay
miedo colectivo y desesperanza” han resaltado los investigadores de la UCAB.
Restringiéndonos
para sostenernos en el día a día, los venezolanos sufrimos la ausencia de un
horizonte real de cambio que prometa mejorar las actuales condiciones. El 89 %
de la población, según Psicodata, “desconfía” ante cualquier situación o
escenario inminente. El rumbo asumido por los liderazgos políticos, con
ausencia de resultados, salvo excepciones muy localizadas, ha cimentado un
escepticismo resignado, con el que el ciudadano observa el espectáculo de un
gobierno aferrado al poder, sin aparentes mejoras para el pueblo, y sin
opciones efectivamente prometedoras.
Una
década atrás podía asumirse que el feroz empobrecimiento del estatus del
venezolano promedio, otrora destacado por cierto bienestar, causaba la desmoralización,
pero la encontramos en millenials que nacieron en un país ya menos próspero.
Para
colmo, en estas décadas, pareciera que no es ya únicamente Venezuela la que ha
padecido un deterioro acusado en sus condiciones, sino que un estado de crisis
fuese invadiendo el resto del planeta.
Sin
embargo, van sumándose hechos noticiosos que dan cuenta del cambio que,
paulatinamente, como midiendo los pasos, viene operándose en el mundo, tal como
parecía haberse postrado en el presente para mortificación de muchos. Basta captarlos
para sentir el aire fresco de una mejoría que puede beneficiarnos.
Pero
eso sólo puede captarse si se mira más allá de nuestra nariz, con fe, esperanza
y caridad, las llamadas tres virtudes teologales. Ellas no son una piadosa quimera;
por lo contrario, son una tríada sensata para recuperar el ánimo, además de
emprender una trayectoria que ayude a cambiar la situación.
La
fe no es creer posible lo que no lo es, sino la certeza de estar siempre
acompañado, apoyado por la presencia de un bien supremo; la esperanza, a
diferencia del optimismo y la ilusión, «no es la convicción de que algo
saldrá bien pase lo que pase, sino la - como predicó Vaclav Havel - certeza
de que algo tiene sentido salga como salga», es un convencimiento serio en el
resultado final; la caridad, valorada no como acto de lastimera condescendencia,
sino como expresión de genuino afecto y atención al otro, impulsa nuestros
actos hacia la solidaridad y el servicio, transformándolos en verdadera política.
Últimamente,
la humanidad pareció optar por los opuestos: respectivamente, los pecados de la
incredulidad, la desesperanza, la indiferencia y odio hacia los demás.
Asumir
las tres virtudes (o los tres pecados) es cuestión de cada uno. Saber desechar
la ansiedad, la desconfianza y la indiferencia hostil, para difundir la fe, la
esperanza y caridad así descritas, es hacernos agentes activos del cambio por
sobre el miedo y desesperanza. Ser “los diez justos” que revoquen la
destrucción del país.