Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:39 pm
A Alba González
a
sus hijas Edeluz, Floralba, Emilia y Ana Cecilia
Esto se lo dedico a mi amigo y siempre recordado hombre
de palabra con una inmensa formación, Enrique Loyo Ordaz, a quien le faltó poco
tiempo para graduarse de cura. Había compartido el seminario con el hoy cardenal
Baltazar Porras, y con el exdecano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas,
profesor Gelasio Cermeño. Otros personajes también habían estudiado con el
poeta y filósofo Enrique Loyo Ordaz, una persona llena de muchas experiencias, quien
se retiró del seminario en Caracas, y comenzó la carrera de educación y filosofía,
egresando de la Universidad de Carabobo (UC).
Entre sus obras literarias, ensayos, novelas y poesía, Enrique
se vale de una narrativa llena de un vocabulario e imágenes que van
introduciendo un acento de identidad, como en Lujuria de viaje, ese
poemario de Enrique Loyo Ordaz que nos va contando sus deseos intensos, y las
nuevas experiencias que conlleva viajar: una intensa pasión o anhelo por
viajar. Es ese mismo sentimiento y preocupación por los hijos, esas vivencias
desde la infancia y sucesos en la narrativa que introduce al lector a un viaje
imaginario del surrealismo, ese lenguaje tan particular por su sencillez,
recordando sus vivencias desde niño.
Su hermosa familia está compuesta por Alba, su esposa, y sus
hijas: Edeluz, Floralba, Emilia y Ana Cecilia, todas excelentes profesionales.
Hay una de sus obras esenciales, como Memoria es el signo, la que nos va
a dibujar esa esencia cultural de nuestra sierra falconiana. Este escritor
lleno de una humildad, culto, sincero, es Enrique Loyo Ordaz, un literato
completo en nuestra literatura, tanto en el ensayo, como en la narrativa, el cuento
y la poesía.
En una entrevista hecha por nuestro amigo y poeta Ernesto
González y que publiqué en “Vanguardia Informativa”, Enrique Loyo señala que
comenzó a escribir a los cuarenta años y que no le había quedado más remedio
que hacerlo, ya que siempre fue una voz, desde que aprendió a escuchar voces. “Fue
una conminación hablar conmigo, diferente a como hablaba la gente afuera”. La
vida de Enrique Loyo Ordaz, quien fue cura y quien abandonó sus hábitos para
dedicarse a la educación y la filosofía, a la literatura, así como la
escritura, es una persona con un carisma envidiable, una vocación extraordinaria
como educador y un excelente poeta de alma y conciencia que además nos relata
en sus propias palabras: “la experiencia de la vida del seminario me dio con
justicia los dos elementos del equilibrio; la medida de las cosas y la
meditación sobre las mismas cosas. Nada puedo hacer sin estos parámetros”.
En cuanto a su obra, de la cual señala que es muy corta
para los años que tiene, afirma que no agregaría una página más a lo que ha
logrado decir, en la que se siente sublime al decir que un texto como Anáfora,
le llevó tres años de trabajo ininterrumpido para sólo escribir cincuenta y
tres cuartillas. A este respecto, refiere (de su novela, sólo dos letras por
día) que sus otros textos han sido una posada en el éxtasis.
Su obra Lámpara Oscura de la Casa nos refiere que el
autor que es irrepetible y que Anáfora hablará o enmudecerá ella sola. Por
otra parte, Enrique Loyo Ordaz nos plantea que Aro de Plumas es una
recreación de su vivir en dos ciudades distintas que convergieron en una casa
llamada Villa Carmen. El Texto de Ana es un arrobamiento por la
personalidad de su hija más pequeña mientras todas las mujeres de su casa están
jugando.
En La Memoria del Signo este maestro del interior
del país, de la literatura venezolana, reconoce el papel del Ateneo de Coro en
la persona de la profesora Olga Elena de Curiel, al haber tenido la gentileza de
recoger sus primeros ensayos narrativos en 1990, y su libro de poesía titulado Lujuria
de Viaje publicado en 1986, en la que reconoce al poeta Darío Medina,
cuando estuvo al frente del Instituto de Cultura del estado Falcón, por su
apoyo al publicar su primera novela y en
la difusión de su obra literaria.
Enrique Loyo Ordaz residió en Mérida por muchos años, y
volvió a su lugar de origen, Santa Cruz de Bucaral, en plena sierra falconiana,
lugar cercano al estado Lara. Enrique siente que Mérida le ha conminado la
poesía, y que el entorno le reclama, aunque sigue hablando de la misma manera,
lo cual es otra forma de liberarse de los demás. Este escritor es celoso con su
lenguaje en cada texto, ya en las que las rupturas están en sus propias
pasiones, y refiere que son conflictos de la interioridad, lo cual es la génesis
de nuestros lenguajes.
Enrique Loyo cree que a los lectores de su obra se le
cierran o abren las puertas. Si buscan una fácil lectura, se le cierran todas las
puertas, pues él no es sino un intérprete del propio ser, quien imagina que, ante
estas sociedades supuestamente abiertas, nadie debiera estar o sentirse solo. Paradójicamente,
la realidad nos dice otra cosa; sentencia Loyo Ordaz, puesto que su lectura es
intrincada, mas no cerrada, y a sus lectores les aguarda un laberinto.
En la obra
literaria de este escritor hay una plena escritura espiritual, sacerdotal, en
la que más allá de la evidencia comprende la medida y la meditación de una vida
que no puede desaparecer porque nunca consistió en slogans o en ideologías. Su
vivir fue una interiorización de principios y el devenir de una praxis,
entendida ésta como una acción ética emergente de la rutina diaria en el
desierto permanente del oficio, porque es la escritura el camino diario de la
satisfacción.
Esta crónica es un homenaje a un excelente amigo, hermano
y padre. Desde la distancia pido a Dios tenerlo en el ejercicio habitual de la
escritura, y que podamos darle el reconocimiento auténtico a hombres y mujeres
que viven en el corazón del ejercicio de la conciencia.