Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 10:55 pm
«Y si no todos
somos estoicos e impasibles héroes –como Juárez y Cuauhtémoc– al menos
procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de
nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la
entereza ante la adversidad.» Octavio Paz
Un nuevo fenómeno
climático, con ímpetu sin precedentes, según testigos de otros anteriores, ha
barrido literalmente gran parte de la huella humana en el Páramo. Los ríos de
la hermosa Sierra de la Culata de Mérida crecieron, producto de días de constante
lluvia, ocupando planicies y antiguos cauces con fuerza indetenible, anegando y
destruyendo aldeas, plantaciones, vialidades y ranchos, cubriendo la vegetación
con sedimentos y rocas.
El impacto fue
devastador: son cientos de familias las echadas de sus hogares destruidos, modestos
bienes perdidos y situaciones que amenazan la salud, en un clima fuerte. El imponente
caudal del río Chama, protagonista del maravilloso paisaje paramero, va
regresando a su cauce, mientras gran parte de la nación acude en auxilio de los
muchos damnificados. Toda Mérida, consternada, se mueve en ayudas, toneladas de
enseres, alimentos, medicinas, son recolectadas y remitidas a pesar de los
dificultosos accesos.
Si bien es mínimo del
número de pérdidas humanas, hay motivos suficientes para que los ríos que ahora
manan y corren sean lágrimas de los humildes perjudicados. El mundo se hace eco
del dolor, pero algo insólitamente ejemplar sucede, en cambio, ante nuestros
ojos.
El campesino del
páramo merideño se ha sorbido prontamente su justa lamentación y ha comenzado,
sin flaquear, a reconstruir su tierra. También los organismos técnicos
oficiales -justo es reconocer- se han lanzado a reconstruir infraestructura,
vías, comunicaciones. A días del fenómeno, desde Tabay hasta San Isidro,
Apartaderos, un hervidero humano remueve enormes rocas, troncos, limpia,
reconstruye, recobra el orgullo de regir su heredad, sin perder la humildad de
haber experimentado la desproporción humana ante la bravía naturaleza.
En alguna parte leí,
atribuido a Vincent van Gogh, este pensamiento: «Siempre me ha encantado ese
dicho: “Cuando las cosas no pueden empeorar, es porque están a punto de
mejorar.” Últimamente me sorprendo preguntándome si realmente ya tocamos fondo;
porque, sinceramente, estoy más que listo para que todo por fin encaje».
Dicho por ese mago
del arte, capaz de transformar su dolor, su perenne desconcierto y su fracaso,
en obras de arte que hoy gozan de admiración y valor ilimitados, expresa
también el fondo de la actitud que admiramos en nuestros campesinos.
El páramo es un valle
de lágrimas; y es un valle de entereza.