Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:03 pm
La Malevolencia Coordinada No las
Define: ¿Entonces Por Qué lo Hacen?
"No hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo la capa de la justicia."
Montesquieu
I. Preámbulo: La Anulación de la
Justicia y la Paradoja de la Belleza Angelical
En este aciago relato, las
prerrogativas de El Acusado, destinadas a que sus clamores fuesen
escuchados y sus argumentos valorados con imparcialidad, fueron
sistemáticamente anuladas. Su travesía procesal, que debió ser un camino recto
y transparente, degeneró en un sendero sinuoso de espejismos y perversiones,
donde su anhelada libertad quedó suspendida bajo el filo ineludible de Atropos.
El presente discurre sobre
figuras de una belleza angelical, cuya estética contrasta vehementemente
con sus inesperados procederes, revelando una discordancia profunda entre su
forma y su fondo. Es imperativo concebir que un resquicio de esperanza, una
bondad recóndita, pervive en lo más íntimo de cada una de ellas, insinuando que
quizás un trauma o una frustración pretérita las condujo a esta lamentable
complicidad con la injusticia. No son brujas por naturaleza, pero al
comportarse de cierto modo, corren el riesgo de ser llamadas así.
II. El Tribunal de los Ecos: Las
Hilanderas del Destino Judicial
En un tiempo inmemorial, en los
salones de mármol del Tribunal de los Ecos, donde las luces de la verdad a
menudo eran tamizadas por densas cortinas, se congregaron cinco mujeres
bonitas por su estampa, y que nadie pudo pensar que en efecto eran capaces de
actos siniestros y de tramar emboscadas con el uso excesivo de mentiras. Ellas
ocupaban sus sitiales o merodeaban por sus pasillos. No quisiéramos asemejarlas
a las Parcas que tejían la vida y la muerte por un designio celestial, cuyas
decisiones eran inmutables; más bien, se trataba de la Hilandera, la
Medidora y la Cortadora del Destino Judicial, junto a la imponente Bruja
Hermosa Mayor que las manipulaba, y la afable Bruja Delgada que todo
lo atestiguaba.
Su labor, en teoría, era asegurar
que los tejidos de la justicia fueran rectos y sin nudos; mas, en la práctica, sus
intervenciones daban la impresión de estar guiadas por intereses no cónsonos
con su estandarte, y una malicia inusitada para quienes en esencia poseen
pureza de espíritu. En aquel célebre caso, la urdimbre no parecía diseñada
para la equidad, sino para ahogar las verdades y someter las libertades a un
capricho. Esto se manifestaba porque todas se movían al unísono, sus voluntades
sincronizadas no para el proceder correcto según la ley y la equidad, sino para
ejecutar los designios no leales a la justicia de una Bruja Hermosa Mayor que
las manejaba, dejando entrever la posibilidad de lucir indignas y carentes
de autonomía. Su obsecuencia para cuidar sus puestos, tejiendo actos de
sorpresiva maldad a su antojo, podría resultar nauseabunda por incorrecta.
Para ellas, la justicia era un
concepto vacío, la verdad una variable molesta, y los honores del derecho,
chistes que solo provocaban risas internas. Estas damas del embrujo se
jactaban en lo que lastimosamente se ve como suficiencia engañosa,
complacidas entre ellas mismas; al punto de verse siniestras cuando seguramente
son bellas también por dentro —pero deben demostrarlo—, configuraban y cuajaban
la injusticia a su antojo, porque para ellas bastaba lo que cada una pensaba,
sin importar lo que estaba escrito en los libros de las leyes o en los oráculos
divinos. Poco o nada les importaban sus propias almas ni el Tribunal Divino que
las aguardaba, evadiendo con soberbia la certeza de que serían juzgadas por sus
actos y por la transgresión de los principios más sagrados. Igual les era
indiferente la rectitud o que el mundo entero se diera cuenta de cuán alejadas
estaban de su esencia divina, a pesar de que Dios desea rescatarlas de su
desvarío en la injusticia y que deben poner esfuerzo por asemejarse más a la
justicia que a la injusticia.
III. La Bruja Delgada: Testigo
Silencioso del dislate en la aplicación de la ley
A menudo, revoloteando en las
galerías superiores, la Bruja Delgada y mirada etérea, quizás un poco
distante o enigmática observaba con su vieja escoba. Esta figura, que en
épocas ancestrales fue designada para vigilar que las balanzas de la justicia
permanecieran equilibradas en todos los juicios, realmente poseía un
espíritu divino, un alma pura, colmada de bondad. Escuchaba con profunda compasión
los clamores y las súplicas de los acusados y de sus defensas,
comprendiendo el pesar y la injusticia. Sin embargo, algo, inexplicable y
oscuro, la contaminó, la menoscabó, arrastrándola a una pasividad que
contradecía su esencia. Su presencia, que debería haber sido un baluarte contra
la desviación de la ley, se había transformado en la de una cómplice
silenciosa, una sombra que, con su escoba, volaba por todos los rincones
del Tribunal, atestiguando las maquinaciones más abyectas sin levantar una sola
protesta. Se había dejado arropar por aquellas situaciones tan malignas y
demoníacas, dejando de cumplir su verdadero rol y convirtiéndose en un
engranaje más del entramado injusto, un testigo mudo de la prepotencia de sus
compañeras. Su semblante, de una belleza innegable y agradable, no reflejaba
maldad; y al mirar sus ojos, se apreciaba bondad. Resultaba incomprensible que,
poseyendo tal pureza latente y esa apariencia de dulzura, no actuara para poner
fin a aquella perversidad y no fuese consecuente con vigilar el cumplimiento de
la justicia equitativa, su verdadera misión.
IV. La Captura Ilegal y el
Desgaste Calculado
El antiguo decreto de la Granja
de la Justicia era claro y rotundo: si una sombra de maldad se perseguía con el
filo de la ley sin una orden previa, debía hacerse bajo la luz del mismo sol o
su primer ocaso; no más allá de veinticuatro giros de la arena desde el
supuesto evento. Era un mandato fundamental, grabado en los pergaminos más
antiguos, para evitar las trampas de la oscuridad y la arbitrariedad. Sin
embargo, en el caso de El Acusado, los hilos de su captura fueron
hilados mucho después, tras treinta y un eclipses desde el momento que
se le atribuyó la falta. Fue una aprehensión forjada en la noche, fuera de los
tiempos permitidos por los mismos principios inquebrantables de la justicia.
Los clamores del afectado resonaron, señalando esos hilos podridos desde su
génesis. Las Hilanderas, con una altivez que no les beneficia en su imagen
y que se confundía con el hastío, escucharon las súplicas de los defensores
como quienes atienden a ladridos lejanos, sabiendo que su Bruja Hermosa Mayor
había dictado ya el inicio de un desgaste calculado de las defensas. La
Delgada Bruja, desde su percha en lo alto, solo giró su rostro y asintió
con un movimiento imperceptible, complaciéndose en la sinergia del mal, aunque
en su interior, un vestigio de su espíritu puro se estremeciera.
V. El Pugilato Intelectual
Perverso y la Distorsión de la Verdad
Fue entonces cuando las
Hilanderas mostraron su particular arte, elevando el juicio a la categoría de
un pugilato intelectual perverso. Atropos, la Cortadora Inevitable,
quien presidía el Tribunal y llevaba el peso de los dictámenes finales, junto a
Lachesis, la Medidora de los Hilos, y Clotho, la Hilandera del
Comienzo, con unas astucias dignas de las más viejas hechiceras, desviaron
las miradas de la podredumbre original. "Hablemos de la presentación de
los prisioneros ante los umbrales," decretaron sincronizadamente, sus
voces un solo eco de la voluntad de la Bruja Hermosa Mayor, como si las
discusiones sobre velos pudieran ocultar los hedores de los tejidos
corrompidos. Para ellas, los debates jurídicos no eran búsquedas de las
verdades, sino arenas donde la agudeza de sus hechicerías debía prevalecer. Metamorfosearon
las súplicas y los argumentos de la defensa, retorciendo cada palabra,
mancillando cada verdad, y haciendo que las voces de la razón resonaran en
laberintos de espejos, transformando las esencias mismas de los litigios en
burlas. Los puntos nodales, las ilegalidades intrínsecas de las capturas,
quedaron sumergidos bajo mareas de irrelevancias, mientras las libertades de El
Acusado se consumían lentamente.
Ellas, por su parte, se
regocijaban en los logros de su brujería, susurrando risas y burlas mientras,
como los gatos tapan sus inmundicias, ellas ocultaban las verdades bajo velos
de artificio legal, convencidas de que su hubris arrogante era la
única ley que importaba y de que sus propios caprichos eran la única verdad. Su
distorsión mental era tal que, en un juego de encaje tan sencillo —donde los
niños aprenden a colocar el cuadrado en el cuadrado y el triángulo en el
triángulo—, ellas, con soberbia, ensamblaban las figuras donde no debían,
reprobadas así en el examen más elemental de la lógica y la rectitud. Era la
prueba irrefutable de cuán alejadas estaban de la naturaleza para la cual
fueron creadas, reflejo de la pérdida de su esencia divina. Entre ellas se
congraciaban, estas damas del embrujo, complaciéndose en la violación
del espíritu mismo de la bondad, la equidad y la justicia que los mensajes
divinos pregonaban. Y la Bruja Delgada, siempre presente, asentía con un
movimiento sutil de su rostro, su complicidad tan fría como el mármol del
estrado, deleitándose en la complacencia mutua de sus compañeras.
VI. La Belleza Angelical Engañosa
y la Cadena de la Injusticia
La
Bruja Hermosa Mayor, una mujer de una belleza angelical e imponente, era el
centro de esta red de malicia. Su rostro, de rasgos perfectos y expresión
serena, desmentía la oscuridad de su corazón y la manipulación que ejercía
sobre las demás. Del mismo modo, Atropos, la Cortadora Inevitable, poseía una
belleza singular, una afabilidad en el trato que engañaba a cualquiera,
ocultando la puñalada por la espalda que estaba dispuesta a asestar. Su
sonrisa, aparentemente dulce, era el velo de una voluntad férrea para imponer
la injusticia. Además, Atropos contaba con una asistente, una mujer también de
innegable belleza angelical, que caía en gracia apenas uno la veía, con gestos
y palabras encantadoras. Sin embargo, detrás de esa fachada amable, siempre
ocultaba segundas intenciones y hacía un uso predilecto de la mentira,
mostrando una naturaleza profundamente mitómana. Esta asistente, con su
verborrea falaz, servía con ciega obediencia a las Hilanderas (Atropos,
Lachesis y Clotho), quienes a su vez rendían pleitesía a la Bruja Hermosa
Mayor, consolidando así la cadena de una injusticia perfectamente orquestada.
¡Cuán a menudo los hombres caemos en la trampa de los rostros bonitos, de las
apariencias que prometen dulzura y esconden el más agrio de los engaños!
VII. Oráculos Desvanecidos y
Maquinaciones Coordinadas
Aún más inquietante se tejió esta
trama: se susurró en los pasillos del Tribunal de los Ecos que los dictámenes
finales de las Hilanderas se basarían en antiguos oráculos, concebidos en
tiempos donde los límites de las persecuciones eran más etéreos y la flagrancia
parecía eterna. Las defensas, aferrándose a las esperanzas, clamaron que esos
oráculos habían sido superados por decretos más recientes y claros, que ponían
cerrojos de tiempo a los hilos de las persecuciones sin órdenes. Pero cuando
los pergaminos finales fueron desenrollados por Atropos, los oráculos antiguos
habían desaparecido, como si nunca hubieran sido invocados, evadiendo las
confrontaciones con las nuevas leyes.
Estas omisiones, sumadas a las
demoras en revelar los dictámenes, no eran simples descuidos; eran maquinaciones
coordinadas, calculadas por la Bruja Hermosa Mayor para que sus súbditas, bajo
la posibilidad de lucir indignas, eludieran las luces de los nuevos decretos
y mantuvieran los hilos de las ilegalidades atados, perpetuando afrentas a la
razón y a la justicia que se extendían mucho más allá de los aciagos destinos
de El Acusado. Las verdades, para ellas, eran solo otras piezas en sus tableros
de engaños, algo que podía ser ensuciado y luego cubierto con la misma
facilidad con la que la Bruja Hermosa Mayor movía sus piezas. La Bruja Delgada,
desde su escoba, observaba este gran engaño, su silencio se envolvía en la
complicidad que le quitaba bonitura,
resonando más fuerte que cualquier grito, complacida en la hermandad del
mal, a pesar del tormento de su alma prisionera.
VIII. La Complacencia y la
Desconexión de la Esencia Divina
En la paradójica realidad de este
equipo de mujeres bonitas, cuya apariencia es un velo para la fealdad de sus
actos, late la esperanza de una bondad oculta, una respuesta quizá a
frustraciones o daños que las impulsaron a obrar de este modo. Fue bajo
esta sombra, sin embargo, que las libertades de El Acusado, la gema más
preciada de su ser, sucumbieron bajo el acero implacable de Atropos.
Paradójicamente, el origen mismo de su encierro radicaba en los hilos
defectuosos que las Hilanderas tejieron desde el principio. La Bruja Hermosa
Mayor, con gélida complacencia, observaba y se deleitaba con el lento desgaste
de las defensas, disfrutando cada estocada en este combate judicial tan
desequilibrado. Para todas ellas, su complacencia mutua y su bizarro
proceder en sentido anglo eran su única verdad y su máxima satisfacción,
ignorando el juicio inapelable de sus almas ante las leyes divinas y el
espíritu mismo de la justicia, así como su distanciamiento de la rectitud y la
naturaleza para la cual fueron creadas. Como bien se murmuraba en los
viejos pergaminos: "Cuando los juicios son juegos, no son buenos."
IX. La Ceguera del Poder y el
Sufrimiento del Inocente
Desde la opulencia y el
privilegio de su Aquelarre Judicial, un espacio donde los hilos del
destino son tratados con la ligereza de un juego, estas damas bonitas de
rostros hermosos parecieran no percatarse, o peor aún, ser indiferentes a que
sus caprichos y decisiones están jugando con la vida de un hombre que tiene
hijos, un hombre que carga con el peso de la enfermedad, y que ahora sufre la
ergástula de la injusticia. La crueldad de la injusticia que sobre él se
cierne amenaza incluso con arrebatarle la vida en sus años ya adelantados en
el tiempo, llevándolo incluso a considerar la oscura idea de quitarse la propia
vida. Su familia y sus hijos padecen al ver que, a pesar de sus llantos,
sus lamentos y de todo el esfuerzo que se hace, a ellas las ciegan las
"gringolas mentales", dispuestas a saciar únicamente la posición
circunstancial que ocupan, olvidando que ellas también serán juzgadas por
Dios ante el Tribunal Divino. La frialdad de sus juicios emana de ese
laboratorio de la iniquidad, donde la dimensión humana de cada caso se
desvanece ante la distorsión del poder de quienes actúan con malicia, arrastrando
no solo el destino de un individuo, sino también el porvenir de una familia
entera.
X. El Clamor por la Redención y la Esencia Divina
Ahora, un clamor se eleva desde
las profundidades del cautiverio, un ruego a la Cima Eterna de la Equidad, al
Gran Tribunal de los Antiguos Dadores de Justicia. Este clamor apela a la
esencia divina que las creó, pues ellas no nacieron malas, sino que fueron
gestadas por un ser superior, divino, bueno. ¿Por qué, entonces, se
transformaron? ¿Qué frustraciones o daños las llevaron a esta complicidad para
cometer injusticias, cuando de ellas se esperaba una conducta tan distinta?
Es su comportamiento, y no su esencia, lo que las afea. Por tanto, tienen la
capacidad de transformar su espíritu cuando así lo decidan, porque su esencia
es bella y divina; simplemente se están dejando arrastrar por la maldad. Y al
cielo le piden los defensores que esta Bruja Delgada, tan carismática, aquella
cuyo rostro no refleja maldad y cuyos ojos revelan bondad, sea el estandarte
inquebrantable que no se deje embaucar ni someter más a las argucias infames de
las conductas no queridas.
Imploran que su espíritu divino,
aunque velado, emane y las envuelva a todas, para que aquellas que en
algún momento fueron buenas y ahora se portan mal, pongan fin a esta
malevolencia coordinada y vuelvan a su casa de Dios, llenas de un espíritu
sin dolor ni contaminación que las muestre en su verdadera naturaleza. Se
pide que las verdades sean reveladas, que los hilos torcidos sean enderezados,
que los cuchillos de Atropos sean detenidos y que los espíritus de las leyes
inmemoriales prevalezcan sobre los juicios de quienes se comportan de este
modo, y el oscuro poder de la Bruja Hermosa Mayor que los comanda, cuya propia
esencia, nacida de lo divino, se ha tornado en un enigma sombrío.
"Si alguien sabe hacer el
bien y no lo hace, se le tendrá como pecado."
— Santiago 4:17