Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:21 pm
Me correspondió ser el corresponsal de Guerra para las revistas Momento y
Bohemia, del Bloque D´Armas, en los graves conflictos de liberación de
Nicaragua y de El Salvador. Recuerdos imborrables, muchos. Desde presenciar
fuertes combates en las montañas y valles, en ciudades y pueblos, hasta juicios
populares que terminaron condenando a ser fusilados guardias nacionales
somocistas y civiles colaboradores del régimen. Vi morir niños que combatían
portando enormes fusiles, a guerrilleros destrozados sus cuerpos por las
bombas, a campesinos colgados de los árboles por los uniformados; a mujeres
muertas a bayonetazos con sus hijos temblando de miedo al lado del cadáver de
sus madres. Escenas terribles de una guerra fea en donde un pueblo quería
libertad a gritos y terminó encontrándola a sangre y fuego. Era la ciudadanía
entera, finalmente, contra un ejército bien apertrechado, pero más armado de
odio y de rencor contra los suyos, que terminó matando sin control por defensor
a un asesino y ladrón que fue el último de una dinastía de criminales y
corruptos que subyugaron por años a Nicaragua.
Recuerdo, finalizado así el conflicto (cuando el dictador se escapa en
helicóptero, desde la terraza del Hotel Intercontinental de Managua) que Tomás
Borge, el segundo al mando del Frente Sandinista de Liberación Nacional, en
rueda de prensa en el salón principal del mismo hotel, mostró a más de un
centenar de corresponsales a tres hombres: dos militares y un joven con cuerpo
de atleta. El gran poeta, que lo era Tomás, un hombre, bajito de tamaño, pero
de gigantesca simpatía y sapiencia, que había estado preso largos años en las
ergástulas de la tiranía, los identificó:
-"El primero, a la derecha, es un oficial de la Guardia Nacional que
se rindió y espera juicio; el segundo, al centro, es un sargento que desertó y
se pasó a las filas sandinistas. Y el tercero es nada menos que nuestro campeón
mundial de boxeo, Alexis Arguello".
Tomás Borge les preguntó a cada uno si acaso los sandinistas les habían
torturado. La respuesta fue un No que se sintió serio y en grito que despejó
cualquier duda de la respuesta cierta. El boxeador pidió perdón por haber
estado en el lado equivocado y juró que en adelante dedicaría su vida a la
revolución. La escena, conmovedora, quedó registrada para la historia que,
pasando el tiempo, se tornó en horror pues, a mi entender, Borge muerto, Daniel
Ortega se declaró dictador y el mundo entero sabe de lo que es capaz, en todo
sentido.
Somoza Debayle, el dictador, fue un personaje cruel, como pocos en el
mando, que ejerció, implacable, durante años, el poder. Tan parecido al Daniel
Ortega que hoy, junto a su mujer, Rosario Murillo, igualan a la pareja, también
criminales, que ayer dominaron durante años a Rumanía, Nicolae y Elena
Ceauscescu, cuyo trágico final, ante un pelotón de fusilamiento, el mundo
entero de entonces calificó de bien merecido.
Dos Frentes: el Sur, democrático; el norte, comunista
En Nicaragua la guerra se abrió en dos Frentes. El del Norte, hacia la
frontera de Honduras, donde estaba acantonada toda la dirigencia y fuerza
comunista, con los dos Hermanos Ortega; Humberto y Daniel, y el del Sur,
comandado por Edén Pastora, el bien llamado “Comandante Cero”, un hombre audaz,
valiente, que había sido pescador de tiburones y demócrata a carta cabal.
Ingresó al FSLN y su primer gran golpe fue el Asalto y Toma del Congreso
Nacional, un suceso espectacular que acaparó la atención mundial y dejó en
ridículo al dictador “Tacho” Somoza, que cedió a todas las peticiones del
comando guerrillero.
Pastora libro más batallas que los Ortega. Sus acciones, rápidas,
estratégicas dieron mucho qué hablar. Por ejemplo, La Toma de la Colina 50, en
las vecindades de la frontera con Costa Rica fue, si se quiere, una de las más
importantes de toda la guerra. Setenta guerrilleros, no muy bien armados (y
ocho periodistas que la cubrimos) vencieron (luego se supo que habían sido 300
los soldados) que impedían el avance de los demócratas hacia el interior de
Nicaragua.
El enfrentamiento dura casi cinco horas. Siento todavía, después de 46
años, el ruido del cañón somocista disparándonos; escucho la gritería de los
guerrilleros gritando Libertad, Libertad, Libertad y las innombrables groserías
de los defensores, destacando la voz de un oficial al que le urgía nos
rindiésemos ofreciendo perdonarnos la vida. Lo escribo así, porque para ellos
los corresponsales también éramos combatientes.
El final llegó cuando se hizo un silencio sepulcral. Luego, el rugido de
motores: el ejército se retiraba, abandonaba el campo de batalla. Ascendimos la
colina, jubilosos. Había sangre por todas partes, pero no cadáveres, Se los
habían llevado. El tope de la colina era un bosquecito: los árboles estaban
derribados, el monte, arrasado y por doquier millas de cartuchos. El
“comandante Cero” nos dijo entonces: “Menos mal que huyeron como cobardes,
porque ya a nosotros se nos estaban terminando las municiones…”
Huido Somoza, acompañé a Edén Pastora en su ruta hacia Managua. No quise
irse en avión a la capital, como sí lo hicieron la mayoría de los comandantes
del Frente Norte. Prefirió avanzar en ruta hacia la capital, despejando de
somocistas, pueblo a pueblo, cuyos habitantes bullían locos de alegría al ver
avanzar triunfantes a Pastora y sus guerrilleros. .Por eso llegó tarde a
Managua, cuando ya los comunistas se habían repartido el poder y al Comandante
Cero le dieron, “como premio”, el cargo de viceministro del Interior, cuando
bien merecía la vicepresidencia de la república, que así lo reclamaron los
demócratas del mundo.
Nicaragua, toda era desolación y muerte por efectos de la guerra. Ya había
estado allí cubriendo los daños, todos graves que, en 1972, produjeron el
terremoto que partió en dos a Managua. Pero lo que constaté en mi segunda
estadía, para cubrir la guerra, era un inmenso escenario que evidenciaba toda
clase de estragos: campos de sembradío arrasados, casas incendiadas, escuelas y
centros de salud, así como largas filas de mujeres y hombres, con sus hijos,
huyendo de pueblos arrasados por la guardia somocista. La gente le decía a los
periodistas, que huían de la tropa y no de la guerrilla.
Managua era un infierno. Se ganaba territorio calle por calle. La guerrilla
urbana se movilizaba cuadra por cuadra con relativo éxito. Las víctimas
expuestas muestran el rictus de la muerte que le fue dado por el impacto de la
bala del fusil o de la ametralladora. Lo vehículos militares, como locos, sin
cuidado alguno, corriendo por calles y avenidas, disparando hacia los techos en
donde se refugiaban los guerrilleros, que lanzaban bombas molotov
incendiándolos.
La muerte del periodista Bill Stewart.
En una plaza de un barrio de la ciudad, tomada por la guerrilla, tres
pelotones de soldados lograron sortear las barricadas y se apoderaron del
lugar. El enfrentamiento lo presenciamos los periodistas. Uno de ellos, el
corresponsal de una cadena de televisión norteamericana, Bill Stewart
reportaba, micrófono en mano, el combate. Vimos, con el estupor más grande del
mundo, cómo un oficial apuntaba al periodista ordenándole se retirara. Sonó el
disparo y Stewart cayó de rodillas, muerto. Su camarógrafo siguió filmando
hasta que el militar les ordenó a unos soldados que se llevaran el cadáver. El
camarógrafo emprendió veloz carrera y se escabulló. Dos colegas de Stewart,
también estadounidenses, pensaron que, por miedo, el camarógrafo prefirió
alejarse dejando a su compañero muerto en una esquina de la plaza. Pero no. Se
había ido directo a su habitación del Hotel Intercontinental a trasmitir lo que
había filmado. En menos de una hora, todo el planeta tierra estaba enterado del
suceso que fue la gota que rebasó el vaso lleno de sangre.
La muerte de Bill Stewart, prestigioso corresponsal que había cubierto
varias guerras, obligó al gobierno de los Estados Unidos a pedirle la renuncia
a Somoza que, ni corto ni perezoso, abandonó al día siguiente, de madrugada, a
Nicaragua. No mucho tiempo después, sería abatido por un obús que le disparó a
un comando de tupamaros en La Asunción de Paraguay donde otro dictador, Alfredo
Stroessner, le había dado asilo. Se dice –y nadie desde entonces ha querido
desmentirlo- que el atentado fue planificado por el jefe tupamaro José Iglesias,
más tarde un gran presidente, “Don Pepe”, que lo fue del Uruguay.
Subí a Estelí, una de las ciudades más importantes hacia la frontera con
Honduras, donde se desarrollaban fieros combates. Presencié una escena
aterradora: Los guerrilleros atacaron desde distintos sitios acorralando a los
soldados en la plaza. Los del ejército se defendieron casi al descubierto. Tres
tiradores de la Guardia Nacional, apostados en el campanario de la Iglesia
disparaban incansablemente. A uno de ellos que se asomó por instantes, le fue
dado un solo tiro que, atravesándole el casco, le dio en la frente. El hombre
se fue de bruces y quedó trabado en un saliente, al aire, muerto. De inmediato
sus compañeros huyeron y el templo fue abandonado. El cadáver permaneció las
tres horas del combate guindando, hasta que un guerrillero, con un preciso,
disparo, le soltó el correaje cayendo estrepitosamente al pavimento.
Regresando hacia Managua, llegamos a una alcabala improvisada por un grupo
de guerrilleros. Yo venía junto a José Emilio Castellanos, gran amigo y mejor
periodista, que cubría la guerra como corresponsal de El Nacional. Uno de los
combatientes al ver nuestras credenciales nos informaron que en un determinado
barrio a la salida del pueblo, sus camaradas estaban juzgando a dos “orejas”
del somocismo que habían atrapado unos campesinos. Fuimos al lugar, patio de
tierra donde picaban las gallinas, los niños sobresaltados, sus madres miedosas
y los hombres en total silencio. Una mesita de plástico blanco servía de apoyo
al jefe guerrillero, un muchacho no arriba de los 20 años. El “fiscal”, igual.
No había “defensor”. Se les acusaba de traidores por haber vendido los sitios
en donde se refugiaban guerrilleros. No se les dio derecho alguno a defenderse.
"En nombre de la revolución", dijo el que fungía de acusador,
"pido la pena de muerte para estos vende-patrias. Se procederá a su
ejecución, una vez que lo ordene la comandancia, a la cual se le avisará
debidamente". No era el primero ni sería el último de estos “juicios populares”,
asunto que negaron siempre los jefes de la guerrilla, pero sí se llevaron a
cabo.
Llamaba mucho la atención de los corresponsales europeos el alto número de
niños que participaban en la guerra. Decían que situación parecía haber visto
en algunas naciones africanas. A veces, el fusil, lo repito, era más alto que
el pequeño guerrillerito, que se movía como un lince para disparar y
esconderse. Escuchábamos las órdenes de sus superiores gritarles que no
tuviesen miedo, pero si valor y los muchachos, casi puede decirse, no le
escurrían el bulto al peligro.
Una historia larga y cruenta de Nicaragua
Desde que William Walker, un millonario filibustero estadounidense la
invadió y declaró como suya a mediados del siglo XIX, la historia de Nicaragua
ha sido larga y cruenta. Muy pocos años en paz, el resto entre traiciones y
levantamientos armados, con caudillos como presidentes, civiles y militares en
constante pugna por apoderarse del poder, viviendo la nación numerosas
tragedias en el campo y las ciudades, por los pleitos entre ricos hacendados y
pequeños productores, sobre todo de algodón. Nicaragua, al igual que en El
Salvador, Guatemala y Honduras llegó a constituirse en un lugar muy negro en el
territorio centroamericano. Los Estados Unidos la querían para sí, y la
tuvieron sin importarles nada, hasta la llegada del Sandinismo que fundó César
Augusto Sandino, el héroe libertario que imprimió a su pueblo su decisión de
rebelarse contra la feroz dictadura que iniciaría el viejo fundador de la
dinastía somocista y por más de cuarenta años de absoluta y total dominación,
apoyado por Washington y el Congreso norteamericano.
Tres fueron los dictadores; el abuelo (asesinado de varios disparos por el
poeta Rigoberto López Pérez, el 21 de septiembre de 1956); el padre y el último
de los hijos, Anastasio Somoza Debayle, contra quien el Frente Sandinista de
Liberación Nacional, en coalición de partidos y movimientos de tendencias
socialdemócratas, socialistas-marxistas e independientes llegan a un acuerdo y,
unidos, se van a la guerra, hasta el 17 de julio de 1979, cuando huye a los
EE.UU. el último de la tiranía somocista.
En el trascurso de la guerra los sandinistas van abriendo paso en caseríos,
pueblos y ciudades. Reciben apoyo aun cuando sufren la represión de los soldados
somocistas, en ese tiempo conocidos como Guardias Nacionales. Ocurre el crimen
cometido contra el periodista Pedro Joaquín Chamorro. Su muerte, ordenada por
“Tacho” Somoza, el nieto, impregnó de mayor rabia a los nicaragüenses que,
enseguida, se aliaron contra la tiranía, teniendo a la Iglesia como principal
baluarte y el respaldo de los gobiernos democráticos del continente. Pero,
fundamental, contar esta vez con el respaldo del presidente Jimmy Carter.
Coincidencias de la Historia: la muerte de dos periodistas marca el inicio de
la guerra y el fin del conflicto: Chamorro y Stewart.
Así la situación, un nuevo acuerdo entre las fracciones que componen el
FSLN, con fecha de marzo de 1979, da inicio a la “Ofensiva Final” por parte de
las diferentes fracciones sandinistas, que firman el acuerdo de unidad; y en
junio se convoca una huelga general. La guerra, no convencional, se dispara.
Los sandinistas triunfan. Una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, que
gobierna hasta 1990, llama a elecciones que las gana por amplia mayoría la ama
de casa y demócrata Violeta Barrios, viuda de Pedro Joaquín Chamorro
Lo demás es historia conocida.
Carlos Andrés Pérez
y su ayuda a Nicaragua
Para nadie era un secreto el gran respaldo, traducido en ayuda, tanto de
dinero como de armas, que los gobiernos demócratas del continente le daban al
FSLN. El presidente Carlos Andrés Pérez, defensor a ultranza de la libertad y
de la democracia por igual, destacó entre los jefes de Estado en esa tarea, el
derrocamiento de la dictadura somocista, y decidió que se entronizara un
gobierno democrático que les garantizara a los nicaragüenses paz, progreso y
libertad. En todos los encuentros donde participaba, su voz era escuchada con
mucha atención y fomentaba efectivos respaldos de pueblos y gobiernos a favor
de la causa sandinista.
Muchos dirigentes juveniles de la Venezuela de esos tiempos marcharon hacia
la guerra, adscritos a Brigadas Internacionalistas, sumándose a las filas
guerrilleras. Que recuerde, por ejemplo, la destacada presencia e invalorable
ayuda de Carlos Henríquez Consalvi hijo de Rigoberto Henríquez Vera, fundador
de Acción Democrática y por años uno de los líderes fundamentales del partido liderado
por Rómulo Betancourt. Fue además un excelente gobernador del Estado Mérida, de
grata recordación.
Carlos, llamado “El comandante Gallo”, se dirigía a “Venceremos”. la
emisora clandestina que desde algún lugar de Nicaragua, informaba de la guerra tan
igual, en estilo, importancia y fuerza, que “Radio Rebelde”, la que en su
tiempo trasmitía desde la Sierra Maestra en Cuba la lucha contra el dictador
Fulgencio Batista. Henríquez Consalvi, muy amigo del “comandante Cero”, es
ahora Director del Museo La Memoria Histórica de El Salvador. Igualmente fue
notoria la participación del estudiantado universitario, de la UCV
principalmente, en manifestaciones y en las recolectas de millas de bolívares
para los sandinistas.
El respaldo de Venezuela era total. Carlos Andrés Pérez no dejaba escapar
momento alguno para defender la causa guerrillera por la libertad de Nicaragua.
Su actitud comprometida se hizo mundial hasta llegar a totalizar en gran medida
un compacto grupo de naciones que le seguían en ese propósito fundamental. La
prensa nacional destacaba la guerra y sin medias tintas se colocó, en su gran
mayoría, a favor de la causa libertaria. Por cierto, y la verdad nunca se
esconde, las revistas “Momento” y “Bohemia” fueron de los primeros medios
venezolanos en enviar un corresponsal a cubrir el acontecimiento. Me entregaron
a mi tan alta responsabilidad. Que, sin falsas modestias, la cumpli con
honores. Después llegaría El Nacional, con José Emilio Castellanos, y los demás
voceros periodísticos. Mario Castro Arenas, mi director en “Momento”, me
reservaba varias páginas para mis reportajes semanales, y Rafael Poleo, mi otro
director, igual lo hacía en “Bohemia”.
Simón Alberto Consalvi y Tomás Borge
En tres ocasiones, recibí en San José a Simón Alberto Consalvi quien viajó
a Costa Rica acompañado por el periodista registrado Nicolás Rondón Nucete, a
entrevistas clandestinas con Tomás Borge. Las citas se dieron en casas de
amigos colaboradores del sandinismo. Consalvi y Borge eran muy cercanos. Las
conversaciones de alta política, muy puntuales y decisivas para la marcha de la
revolución que ya se vislumbraba resultaría triunfante; pero también había
espacio para la literatura, especialmente la poesía. Los dos hombres eran
cultos, intelectuales de prestigio y probados estudiosos del acontecer
internacional. Se intercambiaban sus libros y “el avío” como decimos nosotros
los andinos, que Borge le agradecía a Consalvi “en nombre del pueblo
nicaragüense que se jugaba la vida por la libertad”.
-Dígale al presidente Pérez que Nicaragua jamás olvidará lo que él está
haciendo por la libertad de nuestro pueblo”, le escuché decir en el primer
encuentro, muy provechoso para ambas partes que representaban los dos
personajes.
El Hotel Intercontinental por esos días de la guerra era el centro de los
acontecimientos. Allí se daban las ruedas de prensa. Los generales somocistas,
orgullosos de los avances logrados, por encima de los cientos de muertos todos
los días en las barriadas de Managua, daban sus “partes todos exitosos”. Muy
pocas las respuestas a las numerosas preguntas de los periodistas. La
dictadura, como todas las que se precian de serlo, les prohibía al generalato
exponer las realidades.
Nosotros teníamos que buscar, hasta debajo de las piedras, los informes
para la prensa que, en cientos de “buzones” clandestinos, se nos depositaban
dando cuenta de la verdad de la guerra que, sin lugar a dudas, muchos
testimonios iba resultando victoriosa para el FSLN. Además, estaban los
escritos de nosotros que, en mi caso, estando en el Frente Sur, los
guerrilleros llevaban hasta Piedras Blancas, ciudad “tica” frontera de Costa
Rica, y de allí los contactos la hacían llegar a la Redacción ubicada entonces
en una esquina de la Plaza Candelaria, en Caracas. Y desde cualquier ciudad del
interior de Nicaragua, también confiábamos en los “correos” de la guerrilla,
pues eran muy pocos los teletipos que funcionaban, y todos bien custodiados por
el somocismo.
La prensa estaba maniatada. Se recordaba el horrible crimen cometido contra
Pedro Joaquín Chamorro, el fundador, director y propietario del “Diario La
Prensa”, (el más importante de los periódicos nicaragüenses) que fuera el
esposo de Violeta Barrios de Chamorro, la presidenta electa por la democracia.
El Hotel, después de la fuga del dictador, en la misma madrugada, fue tomado
por la guerrilla y allí se hospedaría la plantilla mayor de los jefes de la
revolución.
“Él es el otro Bolívar”
Masaya es la ciudad heroica de Nicaragua, una de las ciudades más hermosas
también, próspera, de linaje y tradiciones. En uno de sus barrios se llevó a
cabo el primero de los movimientos con el cual el Frente Sandinista de
Liberación Nacional inicia la llamada “Ofensiva Final”, que culmina con la fuga
del dictador. Fue muy intensa la lucha y la Guardia Nacional cometió muchos
crímenes entre la población civil. Se peleaba calle por calle. Fueron
incontables las bajas en ambos bandos, destacándose el solidario apoyo de sus
habitantes para con las brigadas guerrilleras. Abundaron las violaciones de mujeres
por parte de los uniformados. Masaya no se rindió. Por ello fue terriblemente
castigada por las fuerzas somocistas, que flagrantemente violentaron todos los
Derechos Humanos.
Violeta Chamorro, Alfonso Robelo y el escritor Sergio Ramírez, miembros de
la Junta de Gobierno, acompañados por el Ministro del Interior Tomás Borge,
llevaron al ya ex presidente Carlos Andrés Pérez al acto preparado en su honor
para rendirle agradecimiento por su ayuda, en todo sentido, a Nicaragua.
En un inmenso terreno lo esperaban alrededor de 20 mil personas, la humana
concentración más grande que a la fecha nunca antes se había dado en esa nación
de América Central, que le recibieron gritando “'¡Carlos Andrés, hermano, toda
Nicaragua te está muy agradecida!”. Cruzadas, las banderas de Nicaragua y
Venezuela, flameando al viento, con toda libertad.
En la tribuna, bien alta, la figura de César Augusto Sandino, en gigantesca
fotografía presidió el evento. Y rodeando al presidente Pérez un horrible número
de personalidades. Largo el acto, imponente la multitud, que el agradecía
sincera, igual los oradores, al líder que los escuchaba sereno. Liego,
enérgico, como lo fue siempre, subió en tres trancos, casi, las escaleras hacia
el presídium. Actuaron varios cantantes, entre ellos un venezolano que también
participó en las filas guerrilleras. Con su guitarra interpretó dos canciones
recibiendo una ovación cuando, al terminar y para despedirse asombró a todos
dirigiéndose a Carlos Andrés diciéndole:
-“Usted es el Otro Simón Bolívar, porque ayudó, y mucho, a liberar
Nicaragua”.
Una jovencita portando las banderas de Nicaragua y de Venezuela, sobre un
cojín que lo rodeaban rosas rojas, blancas y amarillas, se le acercó al
presidente entregándole la bandera nicaragüense, a lo que el presidente hizo
otro tanto dándole la del tricolor venezolano. “Así, y para siempre, quedarán
unidas nuestras naciones, hermanadas en la defensa de la libertad”, dijo a la
alborozada aglomeración
El discurso de Carlos Andrés Pérez no se pudo grabar. Se perdió la
oportunidad de guardar para la historia una intervención altamente positiva en
la defensa, a todo riesgo, de la libertad. Rindió´ palabras de alto
reconocimiento a los caídos en los enfrentamientos y los llamados héroes y mártires,
que rindieron sus vidas por la democracia. Hizo un largo recorrido por la
historia señalando que César Augusto Sandino fue el más claro y puro de los
líderes y el verdadero padre de la democracia nicaragüense, que murió asesinado
por la Guardia Somocista, en 1934, pero dejó un legado de honor, de compromiso
y de gloria que reconocieron con orgullo los nicaragüenses que, afiliados al
FSLN, combatieron a la dictadura.
Habló de su contribución, al lado de otros jefes de Estado que le
escucharon plantear, en variados escenarios, que era obligación de todos los
demócratas del mundo el ayudar a Nicaragua, hasta que logró unificar criterios
y formas de ayuda concreta, que le valieron mucha solidaridad, pero también
fieros ataques de sus enemigos, muy pocos, sin embargo, que generaron toda
clase de controversias, ganando finalmente la razón.
Se le ovacionó por más de 10 minutos. Al aire la famosa canción del
trovador nicaragüense Carlos Mejías Godoy:
- “Son tus perjúmenes, mujer…”
De Managua, Carlos Andrés Pérez viajó a San José de Costa Rica, para
saludar a sus grandes amigos, los “ticos” Don José “Pepe” Figueres, gran
demócrata, gran presidente, gran líder de la democracia en América Central;
Daniel Oduber, presidente en ejercicio y sus colegas periodistas Manuel Zúñiga
Quezada y Francisco Zeledón, del diario La República donde Carlos Andrés Pérez
era el Jefe de Redacción.
"Cuando se enteró del fin de la tiranía que durante diez largos años
implantó, a sangre y fuego el general Marcos Pérez Jiménez, salió corriendo del
periódico hacia el Bar Roma, exultante y gritando a los parroquianos que había
caído el régimen. Con una emoción al límite, mandó a preparar un apetitoso
"Gallo Pinto", suerte de pabellón criollo con perico para todo el
mundo...", tal como lo escribí en mi libro "La Campaña
Formidable", el primero que se escribiese sobre el recordado presidente, y
así se lo recordé a mi apreciado hermano, Antonio Ledezma, quien me honró
recogiendo mis cuartillas al respecto, en su libro “Carlos Andrés Pérez, El
presidente que murió dos veces”, publicado en ocasión de conmemorarse el
Centenario del nacimiento de mi paisano. Él, de Rubio y yo de La Grita.