Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:21 pm
Hablar hoy de democracia en Venezuela es un acto de
necesidad y responsabilidad. Pero hacerlo con honestidad intelectual implica
reconocer que no enfrentamos solo una crisis de gobierno, sino una degradación
profunda del vínculo entre ciudadanía, instituciones y verdad política. Este
modelo de gobierno concentrador, verticalista y utilitario —que algunos todavía
se empeñan en llamar “gobernabilidad”— ha vaciado de sentido nuestras prácticas
públicas y ha transformado la política en simulacro.
Sin embargo, el problema no es únicamente del poder
que oprime, sino también de la sociedad que ha sido llevada, con violencia y
astucia, a desconectarse de su propia capacidad de juicio. La cultura de la
obediencia, el miedo a disentir y la costumbre de callar han alimentado una
forma de sometimiento que no siempre se impone con violencia, sino con desgaste
moral. La erosión de la política venezolana es también una erosión del
pensamiento libre y del compromiso ético con lo público.
Hoy, cuando se habla de reconstrucción, debemos
partir de una premisa esencial: no habrá transformación política sin
transformación cultural. No basta con sustituir nombres en la cúpula del poder
si no desmontamos esa lógica de dependencia, de paternalismo, de culto al líder
que ha minado nuestra capacidad ciudadana. La democracia se construye con
ciudadanos que piensan, juzgan y actúan desde la responsabilidad, no con masas
que obedecen, esperan y repiten.
Hablar hoy de democracia en Venezuela es un acto de
necesidad y responsabilidad. Pero hacerlo con honestidad intelectual implica
reconocer que no enfrentamos solo una crisis de gobierno, sino una degradación
profunda del vínculo entre ciudadanía, instituciones y verdad política. Este
modelo de gobierno concentrador, verticalista y utilitario —que algunos todavía
se empeñan en llamar “gobernabilidad”— ha vaciado de sentido nuestras prácticas
públicas y ha transformado la política en simulacro.
Sin embargo, el problema no es únicamente del poder que oprime, sino también de la sociedad que ha sido llevada, con violencia y astucia, a desconectarse de su propia capacidad de juicio. La cultura de la obediencia, el miedo a disentir y la costumbre de callar han alimentado una forma de sometimiento que no siempre se impone con violencia, sino con desgaste moral. La erosión de la política venezolana es también una erosión del pensamiento libre y del compromiso ético con lo público.
Hoy, cuando se habla de reconstrucción, debemos partir de una premisa esencial: no habrá transformación política sin transformación cultural. No basta con sustituir nombres en la cúpula del poder si no desmontamos esa lógica de dependencia, de paternalismo, de culto al líder que ha minado nuestra capacidad ciudadana. La democracia se construye con ciudadanos que piensan, juzgan y actúan desde la responsabilidad, no con masas que obedecen, esperan y repiten.