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Foráneos, falta de civismo y humildad, y conflictos por Omar Jesús Gómez Graterol

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POr Omar Jesús Gómez Graterol


Hoy haré mi recomendación para que los procesos de cambio de los migrantes les resulten lo menos traumáticos posible a la hora de adaptarse a su nuevo país o destino. En ningún caso, con el propósito de discriminar, sino para resaltar formas de comportamiento con las cuales importunan, sin concienciarlo, en los sitios a los que llegan.

Desafortunadamente, entre las razones por las cuales algunos expatriados, de diferentes nacionalidades, están teniendo problemas en las regiones de tránsito o de acogida es por el hábito de escuchar música con volumen alto, formar escándalos (entendiéndose este último como risotadas, frases estruendosas con vocabulario obsceno) o hacer comentarios inadecuados. Estas prácticas han fomentado y continúan fomentando dificultades a los grupos o individuos que se trasladan de una nación a otra.  Por lo señalado, requieren ser analizadas con detenimiento por aquellos que contemplan radicarse definitivamente en cualquier asentamiento humano.

Pudieran obviarse si sus consecuencias solo se limitaran a malas caras o insultos entre vecinos y de allí no trascendieran. No obstante, ha sido una constante en casi todos los continentes que han recibido población desplazada. Los nativos comienzan a quejarse de ruidos molestos desde tempranas horas del día hasta bien entrada la noche, o hasta amancecer, en días no laborables o en momentos de festividades que se supone sirven de asueto y reposo. Lo dicho ha producido confrontaciones que han escalado de los golpes a situaciones con desenlaces fatales como asesinatos.

Lamentablemente no es exageración, basta revisar por internet los titulares y noticias de los medios de comunicación de variados países (Estados Unidos, Ecuador, Colombia, Brasil, Chile, Perú, España y otros más) e identificar lo que suscitó peleas entre nativos y foráneos: Reiterativamente aparece el bullicio o aseveraciones sin fundamento como detonantes.

En los eventos examinados, los argumentos de los autores de los alborotos son: que se encuentran en su casa y, por lo tanto, pueden obrar en ella como quieran; que son ellos los que llevan la alegría a sus comunidades; que pretenden evangelizar con cánticos religiosos a quienes son mundanos o no comparten su fe; o, simplemente que, si a los demás no les gusta, que se tapen los oídos; etcétera.  No faltan aquellos que, en voz alta despotrican del lugar donde residen efectuando agrias comparaciones con referencia a su tierra natal (aquí no dejan hacer esto y en mi país, sí; los de allá somos más bonitos que los de aquí, ustedes son unos ignorantes, entre otras).

Aún peor: Inmediatamente a las tragedias, varios de estos episodios son clasificados como crímenes de odio y7o xenofobia cuando la raíz del mal tiene otras causas.  Mientras no se tenga la humildad de revisar las conductas poco cívicas que están impulsando los conflictos, seguirán generándose estas secuelas.  No busco justificar, pero si ya se evidencia una tendencia, en la cual ciertas acciones incrementan las probabilidades de ciertos resultados, lo mejor es encararlas y corregirlas.

Como residentes no autóctonos de cualquier localidad tenemos derechos.  Esto es innegable en la actualidad, y diversos organismos internacionales y nacionales velan porque se honre nuestra dignidad y se nos garanticen condiciones básicas de existencia.  Pero, no podemos olvidar que también adquirimos deberes y la esencia de estos pasa por el respeto al prójimo. Por experiencia, al interactuar con habitantes de otras latitudes distintas a la propia, se han mostrado más curiosos en relación a otra cultura que cerrados a la misma.  Es decir, no muestran un rechazo innato a las usanzas ajenas, puesto que los intercambios culturales suman, no restan, y enriquecen las sociedades que acogen a otros.  Sin embargo, el éxito o fracaso de las tentativas que hagamos por instalarnos en otros ámbitos depende, en gran medida, de nuestra actitud.

Si necesitamos llamar la atención, busquemos formas más constructivas de lograrlo. Investiguemos acerca de la cultura, costumbres, tradiciones y leyes a donde vayamos. Lo principal es observar y comprometerse a comprender los códigos de funcionamiento en donde lleguemos.  Luego, tratar de establecer diálogos con palabras y con ejemplos para aportar los saberes que poseemos en donde nos reciben.  Lo ideal es que siempre proporcionemos soluciones y no complicaciones en estos destinos.

Lo expuesto hasta aquí no es una exhortación a que la gente anule sus modos de convivencia o, lo que es peor, que se reprima. Lo esperado es que canalicen adecuadamente sus comportamientos, practicando buenos modales y procurando que su presencia sea algo positivo y no negativo para quienes nos permiten vivir en su territorio.





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