Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:23 pm
Se ha reconocido que, dentro del conjunto de
fuentes escritas, orales, visuales y materiales para el estudio e
interpretación de la historia, las documentales constituyen las principales.
Ello porque son testimonios escritos que trascienden en el tiempo por la manera
física en que fueron conservados en papel y escritas con tintas de larga
duración, las que con la aparición de la imprenta se hicieron más fiables y de
mayor difusión. Ello se hizo posible, en el transcurrir del tiempo, contar con
esos testimonios en cualquier parte del mundo. En la actualidad ello también ha
ocurrido a medida que se ha desarrollado de manera vertiginosa la tecnología de
la informática digital y virtual. La importancia dada al documento escrito en
ningún momento debe desvalorar las otras fuentes pues, al fin y al cabo,
también dan cuenta del acontecer humano en un tiempo y espacio determinado.
Así, pudiéramos decir que existen dos orígenes de las fuentes documentales:
Unas de carácter personal, las generadas de manera individual o colectiva, por
voluntad propia de sus autores. Otras de carácter institucional, las generadas
por distintos organismos públicos o privados de distinta naturaleza. En ambos
casos, su valor histórico está determinado por la trascendencia de su contenido
para el momento en que surgen o conocimiento posterior y por la conservación de
las fuentes para el análisis, estudio, conocimiento y comprensión del presente,
que a su vez sirvan para previsiones en el futuro inmediato o mediato.
Como institución pública, la Universidad de Los
Andes cuenta con documentos de carácter individual-particular. Nos referimos a
los generados por y para los distintos
miembros de la comunidad universitaria: autoridades, profesores,
investigadores, estudiantes, empleados y obreros sobre asuntos específicos. De
igual manera documentos de carácter colectivo extendidos de manera general a
esos sectores académicos y administrativos o de manera específica dirigidos a
uno de ellos. Ambos documentos, en razón de su naturaleza institucional yo
propósitos particulares, se originan y resguardan en las distintas dependencias
de la estructura académico-administrativa de la ULA: Autoridades Universitarias
(Consejo Universitario, Rectorado, Vicerrectorados Académico o Administrativo y
Secretaría, así como en las respectivas Coordinaciones y Direcciones adscritas
a cada una de ellas). Sería extenso nombrarlas a todas, las que pueden
visualizarse en las páginas web de cada autoridad o de la Universidad en
general.
A los documentos originados o recibidos por estas
instancias del gobierno universitario siguen los generados, nuevamente para los
mencionados sectores de la institución, en las Facultades, Núcleos y
Extensiones, en sus respectivos Consejos de Facultad o Núcleo, Escuelas,
Departamentos y Secciones. Dentro de estas dependencias académicas existen
otras productoras de documentos: Coordinaciones con distintas funciones,
Institutos, Centros, Laboratorios y Grupos de Investigación, así como
Postgrados (Diplomados, Maestrías,
Doctorados). No menos importante han sido los testimonios escritos de los
Gremios y Asociaciones de profesores, estudiantes, empleados y obreros. No
deben quedar por fuera instancias como las Cajas de Ahorros, Fondos de
Jubilaciones y Servicios de Salud que atienden necesidades de la comunidad
universitaria en asuntos específicos. Hemos presentado este inventario,
probablemente incompleto por olvido involuntario en el momento de escritura de
esta Crónica, para que el lector advierta de dónde proviene el impresionante
volumen de fuentes documentales de la Universidad de Los Andes, no solamente
para el desarrollo de sus actividades académicas, administrativas y de
extensión, sino también para el estudio, conocimiento y comprensión de la
historia de la Universidad de Los Andes, hasta ahora, en sus 215 años de
existencia, que no 240 años, como con “bombos y platillos” la ULA conmemora
anualmente junto con la Iglesia de Mérida.
Al respecto, advertimos que no se trata de un
problema de tiempo (años menos o más), sino de la concepción y carácter de las
dos instituciones: Seminario y Universidad, las que tienen orígenes y funciones
distintas. Una para la Iglesia y la otra para el Estado, lo cual quedó definido
el 21 de septiembre de 1810, y de allí en adelante hasta nuestros días. Por
ello la Universidad de Los Andes conmemoró en 1910 su Centenario y en 1960 su
Sesquicentenario, con el error de haber celebrado en 1985 un Bicentenario, que
no se cumpliría hasta el 2010, como en efecto así se hizo. Sin embargo, se
sigue con la falsa conmemoración fundacional cada 29 de marzo, cuando en verdad
lo que ocurrió ese día en 1785 fue la creación de una Casa de Educación para
los jóvenes inclinados a lo eclesiástico, que ni siquiera era Seminario, éste
sólo a partir de 1787 y 1790. Precisamente, volvemos a referirnos a este asunto
porque la verdad histórica está en los documentos que dieron origen a esas dos
diferenciadas instituciones educativas, los cuales reposan tanto en el Archivo
Histórico de la ULA y en el Archivo Arquidiocesano de Mérida, ampliamente
publicados en distintos espacios editoriales, escasamente considerados, por
desconocimiento o por omisión intencionada, por autoridades de ambas
instituciones. La reconstrucción de la historia no se hace con buenas o malas
intenciones de demostrar lo indemostrable. Se hace con pruebas documentales y
su interpretación, sobre todo cuando surgen dudas como las que sobreviven en la
institución y confunden a su comunidad y a la merideña en general.
Retomamos el tema de esta Crónica, después de esta
breve y necesaria digresión, para señalar que las fuentes escritas, visuales,
orales o materiales que dan cuenta de la historia de nuestra institución
universitaria, de manera organizada o desorganizada, existen y se conservan en
Archivos de cada dependencia académica yo administrativa. Destacan en su uso y
manejo casi permanente los Archivos de las Facultades y Núcleos, Escuelas y
Departamentos; los Archivos de las Autoridades Universitarias (Consejo
Universitario, Secretaría, Rectorado, Vicerrectorados); el Archivo de Grados;
el Archivo de la Dirección de Asuntos Profesorales y el Archivo de Personal
Administrativo y de Servicio; y sobre todo el gran Archivo Histórico de la
Universidad de Los Andes, al que nos referiremos más adelante por su
significado para la reconstrucción de la historia de la ULA. No es que los
otros archivos no tengan ese mismo valor, pero existe todavía un criterio de
restricción de su utilidad para la investigación histórica, con prevalencia de
la función académico-administrativa, independientemente de que en algunos de
ellos existan documentos que han perdido esa función, pues datan desde la
primera mitad del siglo XX o desde el momento de creación de algunas
dependencias hace más de cincuenta años.
De todos los archivos universitarios, el Archivo
Histórico es el que está en mejores condiciones, por sus objetivos y misión
institucional, de servir a la investigación de la historia de la Universidad de
Los Andes, como en efecto ha acontecido, particularmente desde el Decreto de
transformación del viejo Archivo General de la Universidad en Archivo Histórico
de la Universidad, del 24 de febrero de 1999, ejerciendo la Secretaría el Dr.
Léster Rodríguez Herrera, a la que quedó adscrita en razón de lo que establece
el Articulo 40 de la vigente Ley de Universidades. En esa disposición del
Consejo Universitario se señaló que “el Archivo Histórico tendrá como funciones
resguardar, conservar, organizar y poner a disposición, tanto de la Universidad
como de los ciudadanos en general, la documentación producida y recibida por la
Universidad de Los Andes en el transcurso de su vida institucional, desde su
fundación, es decir, aquellos cuya data sea de cuarenta años o más. Además de
estas funciones inherentes a su condición de archivo de la institución, la
actividad del Archivo Histórico estará también orientada al apoyo a las tareas
de investigación documental y a la reconstrucción de la historia de la
Universidad de Los Andes.” El resto del articulado de dicho decreto se refirió
al traslado de documentos de las distintas dependencias al AHULA; solicitud a
éstas de copia de documentos de interés para ponerlos al servicio de la
comunidad universitaria o del público en general; la remisión de publicaciones
que dieran testimonios de actividades universitarias; la asistencia técnica a
la organización y conservación de los archivos de distintas unidades académicas
y administrativas, a fin de futuro traslado cumpliendo el tiempo legalmente
establecido. De igual manera, los asuntos inherentes a la organización,
requerimiento de recursos, su sede en el Edificio del Rectorado, la edición de
un Boletín para dar cuenta de la documentación y de los estudios sobre la
institución y demás actividades para la conservación y difusión de su memoria
histórica; y la formulación del Reglamento de funcionamiento del Archivo
Histórico de la Universidad de Los Andes.
Nos correspondió en aquella fecha de creación
ejercer la primera Dirección del Archivo y de la edición de los dos primeros
números del mencionado Boletín. Dirección a la que no se dio continuidad por
los vaivenes de las políticas universitarias que han desconocido el sentido de
continuidad del trabajo realizado. Siempre un nuevo comenzar, con cada nueva
gestión de autoridades universitarias. Trabajo orientado, particularmente, a la
fase de conversión del Archivo General en Archivo Histórico, la dotación al
mismo de una estructura acorde con las exigencias archivísticas y de un
abnegado personal que si pudo dar continuidad a las tareas iniciales por un
tiempo más extenso. Otros ejercieron ese cargo, sin que se produjera una
ruptura con los objetivos originalmente establecidos, excepto el traslado del
archivo a una sede que no le correspondía, incumpliéndose el Artículo 8º de su
Decreto de Creación y el Artículo 40º de la Ley de Universidades que faculta al
Secretario como custodio del Archivo de la Universidad en el espacio donde esta
autoridad ejerce sus funciones. Hecho de menor importancia, si se le compara
con la continuidad de las labores de inventario y organización de la vieja y
nueva documentación que se fue incorporando, el efectivo desarrollo de la
investigación histórica, sobre todo por estudiantes de la Escuela de Historia
para la realización de sus respectivas Memorias de Grado, de profesores y
alumnos de distintas dependencias de la Universidad, de investigadores y de
personas de la ciudad y de otros lugares del país que han requerido los
servicios del personal del archivo para sus respectivos trabajos y necesidades
particulares. Además de esta resaltante labor, la continuidad a la edición del
Boletín del Archivo del Archivo Histórico, del cual se han publicado 22 números
en físico y 12 en digital, según nos ha informado su actual Director, el
Licenciado e Historiador José Mejías Lobo.
Así, en los siguientes veintiséis años, desde 1999
hasta el presente año, este repositorio documental, con el reconocido esfuerzo
de su escaso personal, ha cumplido eficientemente sus objetivos, a pesar de la
desatención que en cierto momento tuvo por parte de algún Secretario y con las
limitaciones propias de la actual situación de la Universidad de Los Andes.
Pero pudiéramos decir también que ese loable esfuerzo ha sido la concreción de
la tarea encomendada en 1914 al catedrático Tulio Febres Cordero por el Rector
Ramón Parra Picón, quien decretó el arreglo definitivo de los documentos del
Archivo universitario en volúmenes debidamente encuadernados y empastados.
Trabajo que fue culminado por Don Tulio en 1915, mediante un informe del
trabajo realizado con el inventario de la encuadernación de 1.277 Expedientes
de Grados de Bachilleres, Licenciados y Doctores, en 62 volúmenes (de 1806 a
1915), incluyendo los de los individuos de otras Universidades y las
solicitudes de grado que no tuvieron efecto; 72 Tesis de Medicina, Ciencias
Políticas, Farmacia y Ciencias Eclesiásticas, en 6 tomos (de 1898 a 1913); más
un Índice General de la primera parte del Archivo. En realidad se trató de la
continuidad de una actividad con el mismo criterio de organización, iniciada en
1909 por el Vicerrector Gonzalo Bernal Osorio, pero que Febres Cordero supo
imprimirle un sello particular con la organización y empastado, que en la
actualidad representan los documentos más consultados para el estudio de la
historia de la Universidad de Los Andes, particularmente del siglo XIX y
primeras cuatro décadas del XX.
Desconocemos si algún universitario incursionó en
la organización del Archivo General, después de Tulio Febres Cordero.
Transcurrió mucho tiempo para que el problema de los documentos universitarios
en materia de su organización fuera nuevamente considerado. No existen informes
anteriores a 1971 que den cuenta de ello. Entonces miembros de su personal
hicieron señalamientos de la difícil situación de esta dependencia, presentando
proposiciones concretas para solventarla, en cuanto a su organización y
funcionamiento. No se prestó una atención efectiva a lo que estaba ocurriendo,
y para 1996 la indolencia hacia el Archivo era total por parte de las
autoridades universitarias, y en particular de las distintas Secretarías, a las
que correspondía asumir la responsabilidad de tan grave asunto. Conocido el
mismo por profesores de la Escuela de Historia, se dio inicio a la denuncia
dentro y fuera de la Universidad. Las gestiones realizadas culminaron,
finalmente, en la toma de una decisión definitiva, concretada en el mencionado
Decreto del 24 de febrero de 1999 por parte del Secretario Léster Rodríguez
Herrera, del Rector Felipe Pachano Rivera, del Vicerrector Académico Carlos Guillermo
Cárdenas y del Vicerrector Administrativo Edilio Villegas, quienes acogieron y
apoyaron el proyecto que les presentamos para la conversión del Archivo General
en el Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes. No nos corresponde
comentar lo ocurrido después de nuestra sustitución como Director en el 2000,
pues podríamos pecar de subjetividad en la interpretación de las razones que
determinaron un nuevo nombramiento, lo cual es un derecho conferido por la ley
a toda nueva autoridad universitaria, en este caso al Secretario de la
ULA.
Progresivamente se ha ido incorporando nueva
documentación, más por necesidad de las dependencias de desprenderse de papeles
que ya no tenían utilidad administrativa
u ocupaban espacios requeridos para otras actividades, sin que existiera el
criterio de lo histórico como argumento para los traslados que se hicieron con
posterioridad al Archivo Histórico. Sería extenso detallar las distintas
transferencias documentales al Archivo Histórico, lo cual indudablemente ha
incrementado la posibilidad de que ese organismo siga siendo el mejor
resguardador de la memoria histórica de la ULA, con la aspiración de que cada
Facultad y Núcleo organicen sus respectivos archivos históricos, para que así
puedan realizarse investigaciones sobre su trayectoria académica y
administrativa. Sería entonces cuando podríamos hablar de estar la Universidad
en condiciones de conformar equipos de investigación histórica, mediante una
política coordinada y planificada por el Archivo Histórico y la Cátedra Libre
de Historia de la Universidad de Los Andes. Magna tarea, pero estamos seguros
que ello podría llevarse adelante, pues la institución cuenta con la materia
prima indispensable para su realización: las fuentes documentales requeridas
para la reconstrucción de su ya historia bicentenaria, así como con
historiadores y de otros universitarios interesados en la tarea de rescatar,
reconstruir y difundir el devenir histórico de la ULA.
Para quienes tengan interés en conocer la
existencia del Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes, esta es su
actual localización: Calle 35, entre la Avenida Tulio Febres Cordero y la
Avenida 4 Bolívar, Nº 4-32. De igual manera, acerca de su origen y organización
en el tiempo remitimos a los siguientes estudios: Tulio Febres Cordero:
“Archivo Universitario” en Archivo de Historia y Variedades. Caracas, Editorial
Sur América, 1931, Tomo II, 192-196; Alí
Enrique López Bohórquez: “El Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes”,
Boletín del Archivo Histórico, 1 (Mérida, enero-diciembre de 1999), pp. 21-30;
Lutecia Fistel de Ventura: “Fondos del Archivo Histórico de la Universidad de
Los Andes”, Boletín del Archivo Histórico, 1 (Mérida, enero-diciembre de 1999),
pp.59-64; Pedro María Molina Márquez: “La Colección de Hojas Sueltas del
Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes (Primera Parte)”, Boletín del
Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes, 1 (Mérida, enero-diciembre de
1999), pp. 65-82; “La Colección de Hojas Sueltas del Archivo Histórico de la
Universidad de Los Andes (Segunda Parte)”, en Boletín del Archivo Histórico de
la Universidad de Los Andes, 2 (Mérida,
enero-junio del 2000), pp. 103-116; “Creación del Sistema de Archivos de la
Universidad de Los Andes. Proyecto-Propuesta”, Boletín del Archivo Histórico,
12 (Mérida, julio-diciembre de 2008), pp. 229-248; “La documentación de la
Universidad en 1909 según el Inventario del Doctor Gonzalo Bernal Osorio”,
Boletín del Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes, 3 (Mérida, 2000),
pp. 37-72; “La Universidad y sus documentos”, Boletín del Archivo Histórico de
la Universidad de Los Andes, 8 (Mérida, enero-junio de 2003), pp. 11-16. Los
Boletines del Archivo Histórico pueden ser consultados el Repositorio de
Revistas Saber ULA, en la Biblioteca Central Tulio Febres Cordero (Edificio
Administrativo) y en el propio Archivo.
Mérida, 2 de agosto de 2025