Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:34 pm
El encanto de lo mítico tan vinculado al misterio
no puede perderse porque veamos al Padre de la Patria, como el hombre que vivió
y sintió en carne propia no sólo alegrías sino toda clase de amarguras. En su
corazón albergó grandes pasiones muy distintas, por cierto, a las políticas.
Todos sabemos que amó, casi con locura, no sólo a María Teresa, la esposa; a
Fanny, la prima, a Manuela, su “amable loca”, sino a muchas otras damas de
copete unas, otras de arrabal. Así como le hicieron sufrir, incluso despechos,
también las mujeres de Bolívar le colmaron de satisfacciones plenamente. Es
necesario, entonces, dejar en claro que recordar esas pasiones no es meterse en
las cosas privadas del Gran Hombre. Es cuestión de recordarlas para
engrandecerlo mucho más al hacerlo más nuestro, al humanizarlo.
Por eso, Luis Enrique Izaguirre,, se atreve a
contarnos “Las pasiones de Bolívar”. Este escritor de verdades, no se considera
irreverente. Por el contrario, muy valiente. Armado de paciencia y muy
cuidadoso, marcó diferencias con la Academia para ir, libre, al encuentro de un
Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios todo hombre,
puro arrebato. Le siguió los pasos por posadas y casas, castillos y palacios,
también en los campamentos de guerra, para retratarnos al Héroe de carne y huesos.
En esa búsqueda comenzó por descubrirle secretos al
Bolívar adolescente en San Mateo, persiguiendo mulaticas, que le ganaron jalón
de pelo, de orejas y dolorosos pellizcos de su otra mamá, la Negra Matea, pero
le fueron abriendo los ojos. Después en Caracas, con las dos vecinas. Más tarde
en México, las dos españolitas y luego en Madrid, donde Magdalena Rodríguez, de
verdad lo hizo hombre; luego por toda Europa y, finalmente, entre Lima, Quito y
Bogotá.
Rvisando cartas y mensajes, Luis Enrique Izaguirre,
escritor de verdades, como de él se dice, pudo armar el rompecabezas
sentimental del Libertador. Pero, claro, faltó encontrar la última. Le resultó
imposible dar con el paradero de la verdadera gran amante de Bolívar: la Gran
Colombia, perdida en alguna parte de la historia.
-¿Por qué su interés en descubrirle esos secretos
al Héroe?
-Precisamente por ser secretos. Me animan los
imposibles. De los héroes es necesario conocerlo todo.
-¿No importa que, en esa búsqueda, se les
desmitifique?
-En lograrlo, amigo mío, reside el reto. Es
necesario descenderlos del pedestal en que han sido colocados.
-¿No es eso, acaso, irrespetuoso?
¿Por qué debe serlo? Yo lo creo necesario.
-¿Hasta el punto, incluso, de señalarle
debilidades?
-¿Por qué calificarlas de tal? En ellos esas
debilidades los retrata como en realidad fueron: héroes de carne y hueso. No de bronce ni de yeso. Eso queda
para las estatuas.
-Aquello de preguntarnos, ¿de qué color era el
caballo blanco de Bolívar? resulta hoy muy distinto a cuántas y cómo se las
llevó a la cama.
-Porque estamos acostumbrados a esconder las cosas,
no sólo de los héroes sino de nosotros mismos.
-¿A qué obedecerá esta conducta?
-No soy psiquiatra, pero quizás al miedo que
arrastramos desde la infancia, que nos imposibilita ser valientes cuando
estamos solos, o frente a frente con nuestra conciencia.
-También, a veces, frente al mundo.
-Usted lo ha dicho.
-¿Cree que su libro “Las Pasiones de Bolívar” lo
aceptarán los bolivarianos de ahora?
-El escritor escribe para toda clase de lectores.
Sus temas pueden o no agradar. Puede o no ser reconocido.
-Y, por supuesto, rechazado.
-Es natural. No todo el mundo es monedita de oro.
-¿Amigo de la Academia? ‘¿Ha mostrado allí sus
originales? ¿Está buscando editor?
-Tengo amigos en la Academia. Los respeto, me
respetan. Les pido y me dan consejos. He llevado el libro a varias partes.
Espero, confiado, buenas respuestas.
-Lo veo alegre seguro. ¿Mucho respaldo, entonces?
--Por parte de mi familia, toda clase de ayuda.
Igual con mis amigos. Ellos, de tanto escucharme contar historias, que yo
novelo, me animaron a escribir “Las pasiones de Bolívar”.
-Todo un proceso, largo y complicado, admito.
--De búsqueda incesante, en todas partes, con las
limitaciones naturales, pero animado porque me gustan los retos.
-¿No teme que le califiquen de escritor maldito,
por el tema y el personaje?
-No me preocupa un calificativo de esta naturaleza.
Estoy en lo cierto.
--¿Qué clase de certidumbre, Luis?
-La de decir verdades, Ángel Ciro. Soy un escritor
de verdades.
-¿Cómo comprobarlas?
-Voy a la fuente, me sumerjo en un mar de papeles,
pregunto, indago, comparo, desecho, busco y encuentro. Cuando tengo todas las
piezas, armo el rompecabezas.
-De ese rompecabezas, de esas amantes, le pregunto,
¿las encontró todas?
-Le soy sincero, no. Me falta una, muy importante.
-¿Cuál?
-La Gran Colombia.
-No sólo importante sino fundamental en la historia
amorosa del Héroe.
-Sí. Bolívar la soñó, la hizo, la amó y se la
quitaron para destrozarla.
-¿Quién fue Magdalena, la de Madrid?
-Moza de grandes pechos, cabellera larga, risa
franca y mal hablada, como buena gachí, por cierto muy solicitada en la tasca
“El Sol de Madrid”. Allí fue a beber sus primeros copetines el mozo recién
llegado de la América.
-Cuéntele a la gente lo que, según usted, allí
ocurrió.
-Era una morena de redondas y voluptuosas caderas,
que movía locamente, con furia arrogante. Sus piernas, ágiles y decididas,
llevaban también el compás del son, taconeando con sus botines sobre el tablao
de madera. La morena le coqueteó al venezolano, quien no le apartaba la vista.
Las canciones, llenas de salerosas palabras de incitación al amor, producían
aún más alegría en el joven caballero quien, desinhibido totalmente, empezó a
guiñarle el ojo con discretas señas contenidas de emoción. La danza del amor
terminó. Magdalena y él muchacho se perdieron. Ella, mucho mayor que el
señorito, era hermosa y su carne tenía todavía la fuerza divina de atraer a los
hombres. “No debes tener prisa, cariño, pues a las mujeres nos encanta un
hombre con delicadeza y un poco de amor en su corazón”, le dijo ella a él.
Hasta ese momento, ni las mulaticas en San Mateo, ni las vecinas en Caracas y
tampoco las españolitas en México le habían hablado así. Menos enseñado a
sentir las pasiones de la carne y los ansiosos deleites de la satisfacción.
-Sí, la primera vez, pero no la única en Madrid.
-Muchas, muchas antes de conocer a María Teresa,
una virgen de dieciocho años, que deslumbraba por su sencilla forma de ser,
tierna y exquisita como el rocío de la mañana. Lo de ellos fue intenso desde el
comienzo. Largo y complicado el proceso para el casamiento primero; después el
matrimonio mismo y luego el largo viaje de regreso a casa. Por cierto, en esos
días la irritación del novio por tantas limitaciones llegó a extremos una
tarde, vestido con el traje de cadete de la Academia de Aragua, hubo de desenvainar
la espada para saldar afrentas de un piquete de soldados de la Guardia Real.
Simón, como siempre impaciente, después desfloró a María Teresa en el landó que
el Marqués de Ustariz puso a disposición de los novios, durante el largo viaje
desde Madrid a La Coruña.
-Caramba, por las costumbres de entonces mucha
gente creía que había esperado llegar a San Mateo. Es decir, cuando armó casa.
-¿Tanto tiempo? No, querido amigo. Bolívar nunca
esperó. A él lo esperaban. Salvo a Pepita, la menor de las Hermanas Machado,
las mujeres más bellas de toda Caracas, años después, aquella vez en Ocumare de
la Costa, por lo que se ganó la gran arrechera de Arismendi, Mariño, Bermúdez y
demás libertadores de Oriente, que esperaron durante días la llegada de la
imprenta…que la traía la hermosa amante desde Las Antillas. Además, el
libertador no armó casa nunca. Ni en el corazón, porque lo tenía muy
desordenado.
-Sí. Era de todas. Nunca fue suyo, realmente.
-Fíjese: lo único que Colombia pidió le dejaran
para venerarlo, fue el corazón del Libertador. Lo depositaron en la catedral de
Santa Marta pero, con la mala suerte para los miles y miles de colombianos que
le amaron y le defendieron frente a los pocos que le odiaron y lo mataron, que
un terremoto convirtió en ruinas la bóveda y la reliquia se perdió.
-Hay quienes afirman que Bolívar había perdido el
corazón cuando murió su adorada María Teresa.
-Pues sí. Estoy entre quienes lo creen. Bolívar la
amó entrañablemente. En San Mateo, las negras no sabían distinguir entre amor y
lujuria, porque aquella joven pareja no descansaba uno del otro. Las risas y
los quejidos eran constantes. Cuando ella muere, la tristeza de Simón se hizo
infinita.
-Pero Bolívar quiso olvidarla entre otras muchas
mujeres.
-No. Bolívar no la encontró nunca en ninguna de sus
muchas amantes. Él las quiso, sí, pero no como idolatró a su María Teresa. Esa
es la enorme diferencia.
-¿Ni siquiera a su “dulce loca”’
--Manuelita es un caso aparte. Bolívar, anonadado
por el terrible mazazo que fue la muerte de su esposa, llega a París en 1803.
Los primeros días, el recorrido por la ciudad
y sus palacios, luego algunos amigos le introducen en los salones donde
se leía a Voltaire y Montesquieu y se enfrentaba al pensamiento de Rousseau y
de Spinoza. Más tarde conoció las casonas de
Brunet, donde las mujeres, que
tapaban sus incitadoras vergüenzas sólo con bellas y exóticas plumas, le sedujeron. Entre ellas,
Josephine. Durante una semana aquello fue volcánico.
-¿Primero que Fanny Du Villars?
-Sí. Du Villars fue conocida en los grandes
salones, Josephine en la penumbra. Fanny, cinco años mayor y de una frivolidad
exquisita, se prenda del mozo y el mozo de aquella hermosa mujer, una de las
reinas del París de entonces. Sus amores fueron de antología, como después lo
serían sus cartas. Allí, entre los dos primos, reinó pasión y experiencia. Se
puede decir que si bien Magdalena le hizo hombre, Fanny le enseñó todo.
-Así comenzó la leyenda, la larga lista de amantes.
--Que se fue agrandando, sin duda alguna. La
tercera fue Catherine, hija de su posadero, en Lyon. Amores rápidos pero
gratificantes para el joven viajero, acompañado entonces por su Maestro Don
Simón Rodríguez y su sobrino, Fernando Toro, en ruta hacia Italia. Vino, luego,
a Turín, Claudia. Una linda piamontesa, que fue enamorada y desnudada la misma
noche del conocimiento, hasta la partida, dos semanas después, en medio de un
mar de llanto y una lluvia de promesas. Siguieron, amigo mío, una en cada
puerto, hasta llegar a Manuela, la de Thorne.
-Un gran amor, pasionario, volcánico, definitivo.
-Impetuoso, alocado, hermoso, grande, voluptuoso,
sacrificado, la locura total ¡si se quiere! Todo comenzó el 15 de junio de
1822, cuando el Libertador entró a Quito. Y ella le vio desde el balcón de Los
Larrea, le lanzó un ramito de flores y le amó desde entonces.
-Quito, que en lengua Quechua significa “ombligo”,
la mitad del mundo. Y en efecto, allí el mundo se le dividió en dos a Bolívar:
antes de Manuela y después de Manuela.
-Cierto. En el Baile de la Victoria, ella fue su
única pareja, para envidia, mortal desde luego, de todas las mujeres de la
oligarquía y godarria de la capital ecuatoriana. Manuela, casada con el médico
inglés, sin embargo era libre y, por serlo, desde esa noche se le entregó para siempre,
para amarlo hasta la eternidad, como en efecto lo amó, hasta morir quemada en
su humilde choza del alejado Puerto de Paita, su cuerpo ardido en llamas.
Confundidas sus cenizas con las de su único tesoro, las cartas del amado.
-En su libro “Las pasiones de Bolívar”, califica de
impactante el encuentro de esas dos personalidades parecidas entre sí que,
después de lo sexual, se afianzaron tanto uno al otro porque el uno al otro se
necesitaban y se habían buscado desde siempre.
-Sí. Sucedió que a la mañana siguiente, Manuela
amaneció más que resplandeciente, mostrándole a Simón toda su hermosura y su
blanco resplandor. Sus labios color carmín, en pose entreabierta, susurrándole
encantadoras y plácidas palabras de amorosa poesía. Él la besaba tiernamente,
dejando que el néctar de su amor le empapara sus bellos encantos y le llenara
el vacío que tenía, como espumosas olas, espantando lo marchito ¡regándola con
floreciente vida! La buscaba para que sus labios desesperados volvieran a estrecharse
con ardorosa palpitación. Con lujuria desgarradora que regala emocionada la
exquisita natura humana. Los dos desfallecían en susurros y súplicas como el
nuevo día, cuando se estremece con sus cálidos rayos matutinos. Manuela, con
sus ojos bien abiertos, se hallaba entregada a las caricias que le
proporcionaba su desesperado amante. Como etéreos pétalos resbalándose por la
cálida piel, se movían las ágiles manos del General Simón Bolívar sobre las
blancas y hermosas carnes de Manuel Sáenz de Thorne. Los días se hicieron
eternos como las noches para la pareja que ya nadie podría separar. Primero en
Quito, luego en la hacienda “Catahuango”, el desenfreno. Allí, alejados de todo
y de todos, sin nadie que los molestase, los amantes dieron rienda suelta a su
locura. Nada los separaba ya. Poco les importaban las duras costumbres y
limitaciones sociales, especialmente las religiosas. Todo Quito estaba
alborotado. De nada les valía ser objeto de murmuraciones ni protagonistas de
un gran escándalo. Se amaban, simplemente. Estaban atrapados en una pesadilla
lujuriosa de su reciente amor nacido, alojado acaloradamente en sus pechos,
gimiendo de ansias de más y más amor. Bolívar desvestía a una Manuela
impaciente para quien el amor de un Bolívar impetuoso era como la hierba, pero
llena de flores. Comenzó para ellos una nueva vida, que estaría llena de
sorpresas e inigualables acontecimientos. Los nuevos amantes tendrían, de ahora
en adelante, que soportar el rigor de la envida, el egoísmo, el odio y la
infamia. Manuela Sáez Azpúrua caería luego en el oscuro callejón de las lenguas
viperinas de aquella sociedad para nada pacata, puertas adentro, pero de total
religiosidad y buenas costumbres hacia la calle, y Simón José Antonio sería
presa fácil de sus enemigos políticos. Pocos le acompañaron hasta el final de
su hora triste. Sólo Manuela, su “amable loca” defendería su amor, siguiéndole
incluso más allá de su muerte.
-Definitivamente, amores trágicos.
-Sí. Ella fue “la libertadora del Libertador”.
También su máxima locura, su amor más grande e imposible, que nunca pudo
desligar ni menos dejar de recordar. “En cuanto a la amable loca” escribió
Bolívar al General Córdoba, el 29 de julio de 1828: “¿qué quiere Ud. que yo le
diga a Ud? Ud. La conoce de tiempo atrás. Yo he procurado separarme de ella,
pero no se puede nada contra una resistencia como la suya…”
-Simples mentiras de un hombre enamorado.
-Mentiras, sí, porque más tarde le escribiría para
confiarle que “El hielo de mis años se reanima con tus bondades gracias”. Para explicarle a continuación que
“Tu amor da vida a una que está expirando”. Para confesarle luego que “Yo no
podría estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente de mi Manuela”. Para
reconocer que “No tengo fuerza como tú para no verte, apenas una inmensa
distancia. Te veo, aunque lejos de mí”. Y para rogarle finalmente: “¡Ven, ven,
ven luego!”.
Publicado en Frontera el 4 de octubre de 1.999,
hace 26 años. El libro de Izaguirre levantó una tormenta, pero salió libre de
polvo. Ganó lectores, venció a los críticos que preconizaban fracaso editorial
y a cambio mereció mucho aplauso..