Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 08:12 pm

Inicio

Opinión



Testimonio de servicio por José Antonio Rivas Leone

Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Testimonio de servicio por José Antonio Rivas Leone
Por José Antonio Rivas Leone



Nuestra Iglesia Católica universal, venezolana y merideña tiene no sólo en sus feligreses una fortaleza, sino de manera especial en las diversas congregaciones, grupos de apostolados, en sus sacerdotes, presbíteros, diáconos y ministros de altar, literalmente tenemos una riqueza y recurso intangible para el pueblo católico representado en más de 1.400 millones de fieles en el ámbito mundial y Mérida respectivamente por ser un estado con una impronta importante precisamente por la incidencia de la Iglesia y la arquidiócesis. 

Iniciamos esta columna con la debida mesura y reflexión alrededor del papel, del rol y función que le corresponde cumplir a la Iglesia en el nivel macro o general y a los sacerdotes en el nivel micro o particular. Y lo traemos a colación porque más allá de cualquier crítica (y la crítica siempre debe ser bienvenida) a una determinada parroquia, culto o sacerdote en particular, lo que no podemos es generalizar. Y si bien en estos años han aflorado casos de abuso, pedofilia, casos de corrupción en el mundo entero, no por eso vamos a esgrimir o promover una postura destructiva o anticlerical hacia la Iglesia Católica. 

Iglesia viene de ecclesia, textualmente “ecclesia o ekklesia en teología cristiana significa tanto un grupo particular de fieles como la totalidad de los fieles. La Iglesia la integramos todos, por tanto, se compone no sólo de sus sedes o establecimientos, pulpitos, imágenes o representaciones, hábitos, prácticas, rituales, encíclicas, ornamentos, sacramentales sino fundamentalmente del ministerio, del apostolado, del magisterio, congregaciones, la liturgia, el orden episcopal, sacerdotes, diáconos y fieles. 

Como nunca antes en este mundo excesivamente “complejo” para algunos caótico, inhumano, deshumanizado es cuando mayor es el papel y responsabilidad de instituciones como la familia o la iglesia en la procura de preservar valores, principios, tradiciones, y como cito de manera permanente “los tiempos de crisis son tiempos de oportunidad”, hoy en medio de una diversidad de aristas críticas para el ser humano, para la persona, para ese ciudadano común y corriente de a pie y para la sociedad a escala planetaria es cuando más estamos necesitando de fe, de iglesia, de servicio, de sacerdotes, de apostolados en función del prójimo, del desvalido, de aquel que ha perdido la fe o de cualquiera de nosotros que por las razones que sean estuviésemos con nuestras actuaciones cometiendo falta de distinta impronta. 

El mensaje es claro y tiene que ver con la necesidad en medio de la vorágine, del desmadre, de los desafueros de frenar, contener y reagrupar a las ovejas y rebaño y nunca jamás olvidarse de servir, formar y preservar los valores humanos, los principios elementales de convivencia, y eso tiene que ver con la función irremplazable que en todo momento acometa la familia, la escuela, la universidad y nuestra Iglesia Católica y sus ministros.

Intitulamos esta columna con el nombre del padre Jean Carlos González Vergara, joven sacerdote de origen trujillano con un dilatado servicio y ministerio religioso en nuestro estado Mérida, con quien hemos tenido la oportunidad de compartir su trabajo parroquial, su servicio y apostolado no sólo en el socorro del enfermo, del desvalido, sino además en ese trabajo enjundioso y constante que ha impulsado en los últimos años en la Parroquia San Juan Apóstol de Santa Juana en Mérida. Junto con la comunidad, ha logrado la recuperación total de la iglesia en términos de pintura, pisos, luminarias, sonido, promoción de grupos de apostolados y, lo más importante, un servicio sostenido y permanente hacia el prójimo. 

Y hemos dicho que los tiempos de crisis son tiempos de oportunidad, pues eso lo tiene clarito el padre Jean Carlos González Vergara, porque con verbenas, actividades culturales, vendimias con participación activa de la comunidad, promoviendo domingos familiares, logramos precisamente hacer de lo imposible lo posible y tener hoy nuestra iglesia pintada, iluminada, con sonido inalámbrico nuevo, y la recuperación de los pisos y espacios, incluyendo el salón parroquial. Y eso es un pequeño ejemplo de voluntad, de ganas de hacer las cosas, y que no podemos quedarnos de brazos cruzados en puro lamento y queja. 

En lo particular hago un reconocimiento público a toda nuestra Iglesia venezolana y especialmente merideña, por la labor tesonera, de entrega y servicio de nuestros prelados, en nuestros municipios, pueblos, barrios, caseríos y demás. Justamente en medio de la tragedia producida por las lluvias, tanto en el páramo merideño como en la zona panamericana hemos visto una labor titánica de parte de nuestra arquidiócesis, de nuestros padres, de los grupos de apostolados, de Cáritas y feligreses socorriendo a tantas familias que perdieron sus hogares, sus enseres y demás. 

Y es esa línea de servicio la que debemos de aupar. Nunca perder de vista que venimos a servir, no a ser servidos. El mundo entero está díscolo, patas arriba y desvertebrado por el consumismo, las redes sociales, el protagonismo, la necesidad de figurar, las ansias de poder y la pérdida de fe y por ende de sensibilidad desde la familia hasta otros ámbitos. 

Como humanistas nos hemos identificado con el estoicismo como corriente de pensamiento y escuela filosófica que promueve la ética y la virtud como principal bien a cultivar por el ser humano, colocándose o sobreponiéndose este último sobre lo mundano, los excesos y placeres, el cultivo de la razón, la naturaleza y la verdad frente a la falacia. No olvidemos los puntos cardinales y virtudes estoicas como son la sabiduría, el coraje, la justicia y la templanza que en la contemporaneidad nos pueden aportar mucho como seres humanos.   

Pareciera que estamos en una dinámica epocal que deshumaniza, la tecnología hoy nos embiste, nos arropa y tal vez nos aleja de la propia familia, de nuestros pares, nos convertimos en autómatas, y entre otras cosas, nos alejamos de Dios, no importa su nombre o como lo llame cada religión, y por ende, al divorciamos de Dios nos alejamos de la fe y la oración y terminamos alejándonos de nuestro hermano, nuestro vecino o hasta de nuestra pareja o familia. Como las plantas o cultivos que requieren nutrientes y abono, los seres humanos requieren de vitaminas, alimentos físicos y espirituales que se traducen en salud y vitalidad.  

Frente a esa dinámica deshumanizadora nos corresponde evangelizar, nos incumbe socializar, imbricarnos, revincularnos con el prójimo, con el vecino, con la pareja, con la familia y ante todo con Dios. Más allá de los errores en que la Iglesia Católica u otras incurran o hayan incurrido, el camino de la fe es el señalado a recorrer en estos momentos de orfandad, de pospandemia y de grandes dificultades en nuestros países. 

Los tiempos de crisis son tiempos de oportunidades, pero sobre todo la crisis en el ámbito que se plantee económica, política, personal y demás, representa un desafío y reto que nos permite nuevamente revivir y relanzarnos como seres humanos, como creyentes, como portadores de fe en este mundo cambiante trastocado en muchos aspectos, y donde los valores humanos, las virtudes y demás se constituyan en la amalgama clave y propósito de nuestras vidas y ejecutorias.    

En Venezuela y en Mérida en particular ha venido creciendo mucho al interior de la iglesia Emaús como movimiento laico, parroquial, episcopal y católico que promueve servicio, la Doctrina Social de la Iglesia, la evangelización y celebración de los retiros espirituales como renovación espiritual y la necesidad de reconectarnos con Jesucristo resucitado, con la fe y el prójimo, precisamente en una época de dudas, alejamiento, individualización, ostracismo. 

El padre Jean Carlos González Vergara, que es emausiano, ha venido cumpliendo un rol importantísimo como guía espiritual en el involucramiento de la parroquia y grupos de apostolados, no solo de Emaús en labores sociales en el hospital, en la casa hogar, en el ancianato, y mantener las ovejas firmes y con devoción. Su prédica y homilía, particularmente la dominical no tiene desperdicio, y es lo que un sacerdote debe hacer, cuestionar, reflexionar, mas no atacar o destruir con su palabra, nunca cerrando puertas sino sembrando desde la crítica reflexiva la esperanza y la conversión de los feligreses, y ser por ende testimonio permanente de servicio y del evangelio.                 

rivasleone@gmail.com 





Contenido Relacionado