Parado frente a la taquilla de la aerolínea fue conminado por la empleada a poner la maleta en la balanza y, para su desasosiego, la misma sobrepasaba más del doble el peso aceptado. Estaba perdido: tenía que sacar de ella lo sobrante o debía pagar casi una fortuna por el sobrepeso, y si a eso se sumaba la presión de los que venían detrás en la fila de embarque, pues la decisión no podía esperar.
Pagar por el sobrepeso, ni hablar, tenía en el bolsillo el dinero justo para sus gastos durante un mes, y deshacerse de parte de él sería someterse a la dura experiencia de tener que arrastrar su equipaje (maleta, mochila, bolso de mano) hasta la parada de buses más cercana, al no poder tomar un taxi, o rogarle al amigo que lo recibiría en su casa para que fuera a por él, y no quería abusar de su hospitalidad porque vivía lejos del aeropuerto, y ya era bastante que lo aceptara en una buena habitación por un costo casi simbólico, como para no hacerle sentir en el rostro la bofetada de la vergüenza ajena.
Vistas las circunstancias, el chico abrió la maleta y puso sobre el mostrador decenas y decenas de libros, y fue en ese preciso instante de su tragedia personal, cuando la punzada de dolor se clavó muy profunda y comenzó entonces a llorar. Tomaba con manos temblorosas cada ejemplar y lo miraba y besaba con ternura, en un acto, que, muchos de quienes allí presenciaban consternados el hecho, denominaron como “dolorosa y triste despedida”.
De pronto, un hombre que permanecía en la fila muy atento a lo que acontecía, dijo desde su puesto: “oye, se me ocurre que nos entregues un libro a cada uno de los que estamos aquí (me imagino que todos somos más o menos buenos lectores), así tendremos una lectura para el largo vuelo, y asumimos el compromiso (en este punto volvió la cabeza hacia los que estaban detrás suyo) de que, cuando lleguemos al destino, te lo devolveremos sin problema alguno, y así no tendrás que desprenderte de tus libros”.
El chico recuperó el ánimo y hasta esbozó una leve sonrisa, y haciendo un amago de agradecimiento dijo al hombre y a todos los de la fila: “considero que es una buena salida a este enojoso asunto, y si les parece entregaré a cada uno de ustedes un libro y cuando aterricemos pasaré por cada puesto a recogerlo. Solo quiero pedirles que no rayen ni doblen sus páginas, porque los cuido con celo por ser mi único tesoro en este mundo. Claro, les sonará ridícula mi solicitud, ya que estoy a punto de perderlos, pero soy así, y… ¿qué le puedo hacer?
Todos los presentes estuvieron de acuerdo con recibir un libro y a cuidarlo como si fuera propio. Cada uno iba hasta la taquilla a recoger su ejemplar y volvía con él a su puesto. Al comienzo, el proceso fue de cierta algarabía y desorden, que pronto logró sosegar la empleada de la aerolínea con la amenaza de cerrar la taquilla. Calmados los ánimos y pesada de nuevo la maleta del chico, las aguas regresaron a su cauce y el avión no tardó en partir al otro lado del mundo.
El vuelo fue normal. Bueno, si tal cosa puede considerarse al hecho de que, en lugar de ver películas y de escuchar música en los móviles desde aplicaciones sin conexión, cada pasajero estuviera entregado seria y profundamente a la lectura como en épocas pasadas. Eso sí: nuestro personaje, como quien no quería la cosa, a veces se levantaba de su asiento furtivamente con la excusa de ir al baño, pero era para cerciorarse de que los lectores estuvieran tratando bien a sus libros. No en vano, uno de los pasajeros al darse cuenta de su solapada estrategia, llamándolo a parte y casi en la oreja le dijo: “¡eres el loco de los libros!”.
En la oportunidad en la que el chico sí tuvo la necesidad de ir al baño, pudo ver con horror, desde la puerta de la cabina del lavabo que lucía entreabierta y ocupada, cómo el pasajero doblaba la punta de la página en la que llevaba la lectura, cerraba el libro y se disponía a hacer sus necesidades con él entre sus manos. No pudo contener un “¡nooo!”, asordinado, que salió de lo más profundo de su ser, y, el otro, al verse impúdicamente observado, estiró el brazo, le devolvió de malas maneras el libro, y con un golpe seco le tiró la puerta en la cara.
Después de los sofocones en la rutina de un amante extremo de los libros, de un lector y escritor consumado (o por consumarse), que debía aceptar a la fuerza que su “único tesoro” estuviese en manos que no fueran las suyas, una vez que se produjo el aterrizaje y fue posible desabrocharse los cinturones de seguridad, se levantó deprisa de su asiento y, con calculada parsimonia, fue pasando puesto a puesto para solicitar cada uno de sus libros.
En principio, no halló mayores inconvenientes, pero cuando le devolvían un ejemplar no podía contener el impulso de hojearlo, y para su enojo en algunos de ellos encontró las marcas de lo inefable: rayones con lapicero, puntas dobladas, dibujos, flechas multidireccionales, guiones, breves poemas dedicados a un amor imposible y hasta una carta escrita en una servilleta. Se mordía la lengua, después de dar las gracias con una cara indescifrable, e iba por el siguiente con la inquietud lacerándole el alma.
Ya en casa del amigo (quien sin notificárselo estaba esperándolo con paciencia en el aeropuerto), revisó cada uno de los ejemplares dados en préstamo, y cada vez que abría uno de ellos se percataba de que las huellas de lo ajeno se encontraban en sus páginas (de la carta hallada quiso olvidarse por ahora), y conjeturó, no sin horror, que sus libros no eran en realidad sus libros, que contaban ya otras historias.
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