Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:59 pm
No es necesario hacer un estudio doctoral muy profundo o contratar alguna prestigiosa y costosa encuestadora para darnos cuenta del deterioro que el país y sus ciudadanos han venido experimentando en estas dos últimas décadas. No hay un periodo en nuestra historia republicana de tanto deterioro económico, moral, institucional, productivo, laboral, energético y demás.
No hay excusa que pueda justificar el arrase, por decir lo menos, que registra este inmenso, hermoso y bendecido país llamado Venezuela. Esto explica no solo la millonada de personas que se fueron en búsqueda de trabajo, paz, esperanzas, seguridad, etc., sino también la tristeza de muchos que, queriendo trabajar, emprender, laborar honestamente y contribuir con la economía, no pueden hacerlo porque el sistema no les permite salir de la “pobreza” y “orfandad” en las que importantes sectores de la población se encuentran.
Ese boceto de crisis se constata en nuestras calles, en nuestros hospitales, en el supermercado o abasto; se evidencia en nuestra gente mal alimentada, sin acceso a una salud digna, con salarios de miseria, lo mismo que las pensiones y las prestaciones sociales; con el poder adquisitivo pulverizado, sin capacidad de ahorro, entre otras aristas que reflejan una merma en la calidad de vida que por décadas tuvimos todos los venezolanos.
Estimado lector, es conveniente reiterar que el común de los venezolanos no necesitábamos ser de la nómina mayor de Pdvsa, de la directiva de la Cantv, de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) o del Consejo Nacional Electoral para vivir dignamente, disfrutar de un salario, tener poder adquisitivo, capacidad de ahorro, acceso a salud pública y privada, vivienda y demás. Como ejemplo minúsculo, es bueno recordar que hasta hace unos pocos años, en cualquier hogar venezolano, por humilde que fuese, en los días de Navidad era hábito, costumbre y tradición hacer cientos de hallacas, pintar la casa o apartamento (en los Andes era obligatorio), comprar los estrenos de los carajitos y, por supuesto, los regalos, lo que reflejaba que había bienestar.
Pudiésemos narrar muchos episodios y diversas anécdotas, pero, en lo particular, quiero referirme al sector universitario, a la gran familia universitaria —no solo la que integro en Mérida en la Universidad de los Andes, como una de las instituciones educativas de larga trayectoria y reconocimiento nacional e internacional por su labor a lo largo de décadas y centurias, sino a toda la familia universitaria venezolana, pública y privada—, que en estos años rudos, austeros, trágicos para algunos, no ha dejado de laborar, de emprender, de dar, de trabajar arduamente en pro de la sociedad venezolana y de formar el talento humano que el país tiene dentro y fuera de él.
La universidad ha sido un factor determinante en el crecimiento y desarrollo del país y de la sociedad venezolana, y ni siquiera en las actuales condiciones y circunstancias injustas, precarias e infrahumanas, hemos dejado de hacer nuestro trabajo fecundo y responsable con Venezuela y los venezolanos.
Los tiempos de crisis son tiempos de oportunidad. Lo digo y repito de manera permanente, y lo traigo a colación por el título de mi columna: “La salud de los universitarios”. Después de haber tenido extraordinarios y legítimos planes de salud, programas de hospitalización, cirugía y maternidad, pagos oportunos de las prestaciones sociales, cumplimiento de las normas de homologación del sector universitario por décadas e incluso respecto a las cláusulas de la IV Convención Colectiva Única, hoy los universitarios estamos literalmente desnudos y en manos de Dios. Además, es necesario señalar lo nefasto que fue, por parte del gobierno, centralizar todo y quitarles a las universidades su autonomía en términos del manejo de su nómina a través, hoy, del sistema Patria.
Cambiando de tercio, como se dice en el toreo, o de perspectiva, es menester señalar que esta crisis prolongada ha permitido, en su seno, visualizar y emprender modestos programas, pero de gran impacto, por parte de nuestros gremios y asociaciones. Estamos hablando de algo trascendental: nada más y nada menos que la salud, en momentos en los que perdimos nuestros salarios y ahorros.
Precisamente, con los ahorros que logramos en su momento preservar y algunos aportes, y, por supuesto, con una visión amplia y de gerencia en medio de esta vorágine, podemos hablar de una experiencia exitosa, y por eso reitero que los tiempos de crisis son también de oportunidades.
En el caso de la Universidad de los Andes, a través de la Asociación de Profesores de la Universidad de los Andes (APULA) y el Instituto de Previsión del Profesorado (IPP), la construcción de modernas instalaciones compuestas por consultorios y laboratorios, y contar con un personal de primera línea, encabezado por la licenciada Mildred Alarcón, no solo en términos de los profesionales que pertenecen al IPP en su condición de planificadores, bioanalistas, farmacéuticos, administradores y otros encargados de los programas de emergencias 24 horas, del programa de asistencia domiciliaria (que ayudó muchísimo en plena pandemia), del programa de fisiatría y rehabilitación, y de la comodidad de planificar las citas y los controles a través de la página web institucional del IPP, sino, sobre todo, por la atención personalizada y el apoyo en más de una docena de especialidades médicas (aporte módico de 10 dólares por parte del paciente para recuperación de costos básicos), con un lujo de médicos especialistas dedicados a atender la salud preventiva y curativa del profesorado y su grupo familiar, no solo de las nuevas generaciones de profesores, sino incluso de los jubilados, que constituyen un sector muy importante, sensible y muchas veces maltratado institucionalmente.
Nuestros médicos egresados de la Universidad de los Andes, altamente formados, integran la plantilla que labora en el Instituto de Previsión del Profesorado (IPP), casi todos docentes de los diversos departamentos y cátedras de la Facultad de Medicina, Odontología, Farmacia y Bioanálisis, con una dilatada trayectoria académica y profesional; médicos con una calidad humana, un sentido de pertenencia y una mística indiscutible. En lo particular, me correspondió asistir a una meticulosa consulta en neumonología con la Dra. Candelaria Martín, uno de tantos ejemplos de una atención esmerada, tanto en lo profesional como en lo humano. Esos doctores, como buena parte de nuestros médicos venezolanos, honran el título de la novela de la escritora inglesa Taylor Caldwell Médicos de cuerpos y almas, ambientada en la vida del gran sanador Lucano, mejor conocido como san Lucas, tercer evangelista que se destacó, en medio de una sociedad cruel, por su infinita sabiduría médica alejandrina, humanidad y ternura.
La otra experiencia, también local y nuestra —me refiero a Mérida y a la Universidad de los Andes—, es el Centro de Atención Médico Integral de la Universidad de los Andes, que funciona en la antigua maternidad de Mérida. Prácticamente sin aportes ni presupuesto, ha prestado por décadas un apoyo invaluable a la familia universitaria. Dudo que algún miembro de esta casa de estudios no haya disfrutado del programa de laboratorios, cirugías, odontología, consultas médicas en todas las áreas y especialidades, y la emergencia posee unas instalaciones impecables, además de un personal con sobrado profesionalismo y mística.
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