Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:07 pm
Durante las últimas
cuatro décadas, la tercera etapa de la globalización se sustentó en un
principio elemental: producir donde es más eficiente, ensamblar donde es más
barato, y vender donde hay demanda. Este modelo de fragmentación de la
actividad productiva y comercial se sustentó en las incipientes cadenas de
suministro global interconectadas por las nuevas tecnologías y la apertura
comercial, junto con el sistema multilateral de comercio liderado por la OMC
que impulsó la productividad, redujo costos y elevó el crecimiento en economías
emergentes.
De esta manera, el
sistema justo a tiempo (just-in-time), nacido en Japón, se consolidó como el
cambio organizacional de la época y simbolizó la era de la eficiencia global:
insumos llegando en el momento exacto, sin inventarios ociosos, sin
desperdicios ni costos por ineficiencia en la gestión de los factores de
producción. De esta forma, la optimización económica tomó forma y nos acompaña
hasta la actualidad.
A pesar de esto, el
modelo así planteado está amenazado de desaparecer. Los acontecimientos de los
últimos años —la pandemia del covid-19, la invasión de Rusia a Ucrania, entre
otros—, junto con la vuelta a las prácticas proteccionistas de los países en
una especie de nuevo nuevo proteccionismo que recuerda las ideas de pensadores mercantilistas,
pero con una mirada estratégica, han obligado a las empresas a priorizar la
resiliencia sobre la eficiencia. Esto ha generado un costo más que evidente:
mayores inventarios, multiplicación de proveedores, rutas logísticas
redundantes y, en última instancia, precios más altos para consumidores y
empresas. De esta manera, es evidente que la economía internacional se está
reconfigurando desde la fragmentación —quien sabe si irreversible— del comercio
internacional.
De acuerdo con McKinsey
& Company (https://www.mckinsey.com/mgi/our-research/the-great-trade-rearrangement), para 2035, el comercio global crecerá en 12 billones
de dólares. Pero advierten: 1 billón se perderá por la diversificación forzada
de cadenas de suministro, y hasta 3 billones podrían evaporarse si la
fragmentación geopolítica se profundiza. Los corredores comerciales más
vulnerables según el estudio son: EE.UU.-China, UE-China, Japón-China y Corea
del Sur-China. En contraposición, los menos afectados son: China-ASEAN,
India-ASEAN, y EE.UU.-Canadá-México. Aquí yace una oportunidad estratégica para
América Latina: convertirse en el nuevo centro logístico y productivo, no por
imposición, sino por conveniencia geoeconómica.
En este contexto, la
respuesta corporativa ha sido el arbitraje arancelario: redirigir exportaciones
a través de países con tarifas más bajas, reetiquetar orígenes, reconfigurar
cadenas de valor para excluir insumos que aumentaron de precio por los
aranceles. Pero esto genera ineficiencias masivas, distorsiones de mercado y
una carrera regulatoria sin fin.
Ante esta realidad,
la globalización no morirá, pero sí se transformará. El mundo se encamina hacia
bloques comerciales fragmentados, regidos por alianzas geopolíticas más que por
ventajas comparativas. El costo será alto en términos de menor crecimiento,
mayor inflación, y un golpe desproporcionado a economías en desarrollo que
dependían del acceso abierto a mercados globales. En otras palabras, llego el
momento de demostrar que estamos preparados para el cambio.
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