Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:46 pm
Fue un gran amigo, de los de verdad. No dudó a la hora de la ayuda, del consejo, de la defensa del desvalido. Siempre en la primera fila de la vanguardia, atento, valiente, vigilante, liderando con fuerza, pasión, entrega definitiva a su causa, que es la de todos los que claman justicia, exigen libertad y sufren.
Se le criticó y se le aplaudió su accionar. Al fin y al cabo, pocos como él ganaron el aprecio en la calle, en la batalla, en las aulas, no en los cenáculos, no en noche oscura sino a pleno día. Tuvo adversarios, claro, era lógico. Porque quienes lo contrastaron no entendieron y quizás aún no han entendido que la democracia exige mucho respeto, y de verdad lo tiene por uno de sus más importantes valores: la pluralidad.
Era un buen ciudadano pendiente de la ciudad, que no un habitante que la habita y la expolia sino de quienes la cuidan tal cual Monsiváis, el mexicano universal y Borges, el argentino ciego que miraba el alma de la gente, lo reafirman.
Hubo muchos que le cargaron la culpa de manifestaciones que resultaron, todas, severos inconvenientes públicos Él se defendía indicando que las autoridades nunca entendieron la naturaleza del reclamo, la protesta, en fin del grito. Y que antes de buscar cumplir y hacer cumplir lo que al estudiantado tenía pleno derecho, respondía con violencia. Que, de su parte, Rómulo le puso punto final cuando alguna gente no le entendió su mensaje, su pasión por la política; que recibió traiciones muy cercanas que le traspasaron el alma, que la suya era, de verdad llamarada en el mensaje, la explicación, la recomendación, el análisis y también en la respuesta.
La suya fue una historia que la construyó de frente al pueblo, al cual Rómulo Canelón defendía, lo repetimos, en todo momento, día a día.
Fue cuidadoso con los detalles más simples.
Alguna vez me dijo que no había explicación que justificara por qué la fuente de la esquina caliente tenía años sin funcionar. Y lo peor: que los pajaritos estaban abandonando la Plaza Bolívar por no tener donde beber agüita, huyendole además al smog y al ruido de tanto carro y tanta motocicleta que ya no caben en las calles; que la fuga de los pájaros retrataba el daño sufrido por el cuadrilátero mayor de la que desde hace años dejó de ser la ciudad de los caballeros.
Era un político que valoraba tan importante tarea, que la asumió muchacho, en los tiempos en que su Maturín natal, tenía un río de respeto y mágico que lo atrapó tanto que le concedió la gracia de la suerte. Por eso la gente decía que Rómulo era nada menos que uno de los brujos del Guarapiche.
Así le decía gran parte de sus seguidores, porque Rómulo parecía lograr buena fortuna en lo que se proponía (a favor de los demás) pero nunca para su propio provecho. “Seré brujo, pero mi magia es la blanca, que no adeca, pero sí efectiva”, aclaraba riéndose cada vez que salía a colación el origen del sobrenombre.
No necesitaba fumar tabaco malo ni rezar babaludeses para desenredar entuertos. Lo suyo era brindar consejos, sin importar el cargo que ejerciera el solicitante. Ante nuestro recordado amigo acudían, sin pena alguna, desde un rector, un diputado, un gobernador o un estudiante, hasta un líder sindical o un campesino que bajaba del páramo para rogar que se le atendiera en cualquier oficina donde un funcionario público, nunca eficiente, retrasaba concretar una humilde petición de su comunidad en la alta montaña.
Razonaba, advertía, preconizaba. De allí que mucha gente importante en Mérida, aunque no lo reconociese en público, quería tenerlo entre sus amigos, escucharle sus consejos, sus propuestas, en su mayoría lógicas, puntuales, posibles. Le consultaban qué hacer ante la adversidad cualquiera fuese la situación.
Muy cierto, los pobres lo buscaban, los muchachos del liceo lo seguían; los ulandinos lo sabían líder.
La suya fue una historia que la construyó de frente al pueblo, al cual Rómulo Canelón defendía, lo repetimos, en todo momento, día a día.
La muy ilustre Universidad de Los Andes, como escenario superior, que amó con pasión de combatiente, le tuvo entre sus adalides mejores que batalló a su favor con infatigable energía.
Los partidos políticos le marcaron una distancia que muchos creyeron miedo. Otros entendieron que no era así, sino simple modo de no confrontarlo porque, todo el mundo lo sabía, Rómulo no escondía verdades; no apañaba ninguna clase de irregularidades ideológicas o crematísticas.
Las pequeñeces no caben hoy cuando estamos recordando que su vida la dedicó a buscarle a Venezuela libertad plena.
Se lo llevó la pandemia, porque ya Rómulo tenía su corazón herido y él no lo sabía, ni los que hoy sentimos que se fue. Dejó de latir y el dolor, como si fuese un rayo, se lo partió en dos de madrugada.
Seguro que Remolón, como yo le llamaba y él a mí su hermanito gocho, se fue a revolucionar el cielo.