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Por Ángel Ciro Guerrero

Cuatrocientos cuarenta y un años después, el Caballero de la Capa Roja y fundador de nuestra ciudad, cuenta su historia al periodista Ángel Ciro Guerrero



Cuatrocientos cuarenta y un años después, el Caballero de la Capa Roja y fundador de nuestra ciudad, cuenta su historia al periodista Ángel Ciro Guerrero

“Mérida, la del Sur de América,

me valió cárcel y mucha muerte”

 

Costó al periodista concretar este cruce de preguntas y respuestas Fue posible y luego de varios días buscando entre bibliotecas y museos escondidos en iglesias y casas viejas e inmensas, las adecuadas respuestas. Después, la alquimia, fabulación de por medio o inventiva sí se quiere encontrar a este hombre, difícil de buscar en cualquier tiempo y de quién muy poco se ha escrito a su favor. En ocasiones, fue errático en sus posturas ante la historia. Otras, muy atildado caballero, agradeció a quienes se han preocupado por reconocerle algún éxito y admitió, casi, las acusaciones, no importándole la dureza de tales.

 

Al fin y al cabo, dijo, es su verdad contra la del mundo. No le vimos tan altivo, esta vez, como cuando, sangre goteando de su espada. avanzó por el entonces Valle de los Tatuyes, en ruta al del Chama, empalando  los naturales de las tierras altas, las de las sierras nevadas. Sin embargo, el hallazgo al fin de su sombra, más que espíritu también imaginario, nos produjo satisfacción de servirle, ahora, de intermediario para que gritase al fin sus verdades. Para el autor del foro fue un alto honor el solo intento de unirse a quienes, el pasado sábado nueve de octubre, festejaron la fundación de la ciudad que Juan Rodríguez Juárez llamó “Mérida, la de los caballeros”.

 

En esto último nuestra admiración y el reconocimiento a los muchos señores que lo admiten como fundador de nuestra ciudad, y por igual a quienes sostienen lo contrario. Unos y otros han sido tesoneros, doctos, precisos y concretos en la búsqueda, confrontación, selección y difusión de los diversos acontecimientos que conforman la gran historia, la verdadera historia de este español de Extremadura. La que aquí el periodista cuenta mediante el recurso del foro, de la crónica o del diálogo imaginario es, lo aclaramos, apenas un modo, simple y rápido de armar, digamos, un rompecabezas, con las pocas piezas sueltas que fue dejando este misterioso personaje en su peregrinar por nuestra meseta.

 

Para el también excelente cronista J. Ornar Dávila Araque, «no obstante a su fundación y refundaciones, la ciudad, merced a sus atributos climáticos, laboriosidad de sus pobladores y a su posición geográfica, fue ganando espacio y relevancia, hasta el punto de haber sido erigida como una de las primeras sedes episcopales de esta parte del continente, después de estar adscrita eclesiásticamente al Arzobispado de Bogotá, en el Virreinato de Santa Fe.

 

Esto sucedió, para gloria de Mérida, en 1777. Sin embargo, no fue sino hasta 1786 cuando su primer obispo; el denominado «Fraile caminante», Juan Ramos de Lora, tomó posesión de su diócesis, el mismo que posteriormente fundara el colegio Seminario de San Buenaventura, raíz de la actual Universidad de Los Andes, que tanto ha distinguido, y distingue a la ciudad cumpleañera.

 

Ciudad que descolló en la gesta independentista y dio el calificativo de «Libertador» al César americano, al gran caraqueño Simón Bolívar/; la misma que ha dado a la patria hombres y mujeres que la honran en las más variadas manifestaciones de la cultura, la ciencia, en el campo religioso, militar y de la civilidad.

 

-¿Juárez, verdad, no Suárez?

-Juárez, sí. Con J y no con S

 

-¿La S pudiera ser la S de sádico? La suya es una historia preñada de toda clase de latrocinios. Muy poco, debe admitirlo, sabemos de usted como hombre bueno.

-Sucede que siempre tuve muchos enemigos rondándome la vida. De cualquier cruce de caminos salía algo o alguien para quebrar, como si fuese una teja, mis intentos de hacer la América. Por defender mis intereses, se formó alrededor de mí una historia negra.

 

 

 

 

-Porque Rodríguez Juárez, manchó de sangre indígena la región de las sierras nevadas.

-A casi cuatro siglos y medio de tales acontecimientos, sigo sosteniendo que reinó tanta injusticia sobre mi caso. También sobre mi conducta, mi vida y mis logros. Sin que olvide usted mencionar mis sueños y fracasos.

 

-¿Qué sea, entonces, esta entrevista, oportunidad para que se defienda. ¿Por qué “mucha injusticia"?

-Se me juzgó como caso aislado. No fui el único culpable de tanta atrocidad. Uno entre cientos, a lo mejor entre miles.

 

-¿Qué llama usted “su caso”?

-El haber fundado esta ciudad produjo mucha envidia, Tanta que mis enemigos lograron que la justicia, en Santa Fe de Bogotá, me juzgara y condenara.

 

-A consecuencia, claro, de "su conducta".

-La mía no era en nada diferente a la de la mayoría de quienes, afirmo yo, cruzamos la mar océano llenos de ilusiones por lograrnos una vida nueva.

 

-¿Y pudo usted, aquí, hacer “su vida”?

-Intenté, lo intenté, lo intenté.

 

-¿Logros? ¿Cuáles?

-Muy escasos, lo admito. Nadie podrá creerme a estas alturas, pero yo busqué hacer historia. Creó haberlo logrado.

 

-¿Muchos fracasos?

-Digamos, sin exagerar, que no tantos como las crónicas me achacan. Quizás mi figura, algo quijotesca y ahora en bronce, y mi vida contada en libros, puedan ser más cosas buenas o exitosas, que las algunas malas que sobre mí se cuentan.

 

-¿Soñador, entonces?

-Pues sí. Ya le dije: los que nos hicimos a la mar para arribar a tierra extraña también tuvimos alma y corazón. Aunque de hierro, sin embargo allí, de vez en cuando, hubo espacio para el amor y para los sueños. Soñé hacer la América y si no lo logré, hice el intento. Eso, por favor, arrímelo para este lado

 

-Once testigos, muchas pruebas y el Fiscal de la Real Audiencia afirman que usted, en su expedición, hacia el entonces Valle de los Tatuyes, “fue siguiendo su jornada haciendo tantos estragos y muertes, contra razón natural que nunca semejante cosa ha visto ni leído de hombre infiel cuanto más de cristiano y así llegó a sierras nevadas acedando muertos por el camino, alanzados, aperreados y empalados, más de ochocientos indios...”

- Bueno, al tribunal acudieron muchos de mis enemigos para hacer prevalecer sus testimonios en perjuicio de los míos. Ellos magnificaron los hechos, silenciaron los objetivos, lograron mi condena. No pude defenderme a plenitud ocasionado por la mayoría de quienes buscaban mi perdición. Entre la horca del Rey y la hoguera del Santo Oficio, tan activo en Bogotá como en Cartagena, preferí el calabozo. Por eso perdí lo que me correspondía, en ley, por, haber fundado esta hermosa ciudad donde, a pesar, de todo, me guardan buena imagen y respetan mi memoria.

 

-A pesar de haber sido usted un "homicida voluntario, alevoso, incendiario, raptor de doncellas y vírgenes, salteador de caminos, destructor de las mieses, comidas y campos...

-Sí, lo reconozco. Nunca fui, eran los tiempos de la espada y del mosquete, un hombre de paz. Tenía que sobrevivir. Por esos días había que andar de cuido con todo y de todos. Reinaba la envidia, la avaricia. Corriente, como el agua, la mentira. El rumor malévolo ante la autoridad era igualmente  algo muy natural. De la Iglesia salían maldiciones y del Cabildo puñales. Uno, en el medio, siempre obligado a estar cabeza abajo. Si alguien trataba de empinarse sobre el común, a sablazo limpio se lo impedían. Por eso nunca fui, ahora lo digo, un hombre bueno. Si se quiere, un líder de mi tiempo que, lo afirmo, era un tiempo del guerrear, ya no con los naturales, que por estos lados habían muchos -y si no todos arrechos corno los caribes del centro y de la costa-, sin embargo nos dieron mucho dolor de cabeza. Por eso apunta algún cronista me cargaron muchos muertos. Aseguran que yo empalaba indígenas o autorizaba su descuartizamiento. Otros me tildan de loco. Desde luego, en esos años todo peninsular llegado a la América quería hacerse rico y famoso de la noche a la mañana: Unos, buscando el oro maldito. Otros nos desparramamos por los llanos hasta adentrarnos en las tierras altas, las sierras nevadas, buscando gloria. Yo, por ejemplo, me aventuré hasta esta meseta procedente de Bailadores, a la que ingresé por los lados de la Laguna de Urao y allí hice asiento. Eso, según Fray Pedro Simón, aconteció en los primeros días del mes de octubre del año del Señor de 1558, hace ya 441 años.

 

-Buena y larga, explicación la suya, conquistador. Ahora, ¿podría aclarar el enredo de si fundó o no fundó usted a Mérida el día 8 de octubre? Tulio Febres Cordero así lo sostiene, pero Caracciolo Parra león y Andrés Márquez Carrero afirman que fue el 1 de noviembre de 1558.

-El hombre de las cinco águilas blancas, fundamentado en las crónicas del cura Simón, logró en 1905 que el gobierno decretase esa fecha como la cierta. Este fraile escribe en sus crónicas que el suceso lo produje yo "...a los principios de octubre del mismo año de mil quinientos cincuenta y ocho". Anota en sus crónicas que Juan Rodríguez Juárez "nombró luego Justicia y Regimiento y envió a dar aviso a la ciudad de Pamplona”. Quizás la confusión comienza por "una carta" que el cura afirma yo escribí "a los catorce días del mismo mes, en que además de dar cuenta de la población que había hecho a instancias de los soldados, la daba también de las Sierras Nevadas…” Parra León, sin embargo, en una de sus interesantes "Analectas de Historia Patria, al referirse a Mérida y su historia, ya en 1935 calificaba la afirmación de Febres Cordero de "asaz precipitada". Por su parte, Andrés Márquez Carrero comprueba que fue Pedro de Aguado, otro fraile cuarenta y dos años antes que lo hiciera Pedro Simón, el que asentó que yo, "en aquel propio sitio donde estaba alojado, que es casi la última parte de la Lagunilla, yendo hacia la Sierra Nevada", poblé "un pueblo con sus ceremonias acostumbradas", al cual llamé "la ciudad de Mérida". Según decir del propio sacerdote y de algunos otros que testimoniaron en el juicio posteriormente seguido en mi contra, eso "fue por todos los santos del año de cincuenta y ocho" siendo el día primero del mes de noviembre.

 

-¿De quién la verdad?

-Pueblo y gobierno festeja la fecha del 9 de octubre. Así figura, ya en documentos. Dejemos, pues, que la incertidumbre continúe.

 

-¿No es ello, acaso, una venganza suya por tanto castigo recibido a consecuencia de haberla fundado?

-No, ninguna venganza. A lo mejor me gusta el misterio.

 

-Cuente, entonces, algo de su vida.

-De mí, puedo decir poco. No tuve tino para la escritura, menos paciencia o voluntad para archivar recuerdos. Remítolo a quienes de un modo u otro, es decir a favor y en contra, se han molestado en referirse a mi persona. Lo cual mucho agradezco.

 

-Andrés Márquez Carrero, en su libro, una biografía sobre su persona, explica que "apareado al título medievalista que se ha dada a Mérida de "Ciudad de los Caballeros", tuvo ésta la necesidad épica, a imitación de otras en la antigüedad, de crearse un héroe en la figura de Juan Rodríguez Juárez llamándolo "El Caballero de la Capa Roja"...

-Sí, él así lo afirma, lo explica, lo sostiene. Incluso califica' de "discursistas", a quienes han escrito favorablemente sobre Juan Rodríguez Suárez, y no Juárez, que es lo correcto: Los acusa de haberse "dejado llevar más por las emociones y la imaginación que por la realidad histórica que muestran los documentos y crónicas de aquel entonces".

 

-De acuerdo, pero Márquez Carrero. a quien con todo honor y justicia se le ubica entre los mejores emeritólogos, en esa biografía sobre usted no le arrima nada favorable.

-Arriba, amigo, y ante su insistencia, ya le reconocí algunas cuestiones por mí protagonizadas como ciertas. Y le expliqué motivos y le precisé consecuencias. Por tanto, nada de extraño tiene que, ahora, yo pueda dar también como valederas las que este historiador apunta sobre mi persono. Al fin y al cabo es mi verdad contra el mundo. Igualmente dije que siempre me gustó el misterio.

 

-¿Y qué dice ese expediente al cual, según Márquez, Carrero, las historiadores amigos de "Juan Rodríguez Suárez", evitan hacer cualquier referencia?

-El amigo Márquez Carrero investigó con rigurosidad mis andanzas que, entre 1558 y 1562, motivaron el juicio seguido contra mí por la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá. El historiador sostiene que ese alto tribunal me "siguió juicio criminal, no sólo por la conquista del territorio de la Sierras Nevadas y la fundación de la .primogénita Mérida de Venezuela sin  la correspondiente licencia" ...también "por haber dado muerte a más de ochocientos indios incluyendo niños, ancianos y mujeres embarazadas que murieron destrozados y comidos por perros amaestrados; o apaleados y flechados por el mismo Juan Rodríguez Juárez o quemados vivos y acorralados en sus propias chozas".

 

-Duro, ¿verdad?

-¿Qué puedo responderle? sólo Dios sabe si aquello fue cierto o no tal como quedó descrito en el siglo XV y reiterado en el siglo XIX.

 

-Márquez Carrero va mucho más allá Le adjudica a los expedicionarios alemanes Jorge Spira y Nicolás Federmann, y al español Alonso Pérez de Tolosa, el haber descubierto, entre 1535 y 1547, las sierras nevadas; y a Juan de Maldonado, a principios de octubre de 1559, haberle dado asiento definitivo a la Capital de las Sierras nevadas con el nombre de “ciudad de Santiago de los Caballeros”.

-Sí, él lo precisa. Pero también mi inteligente y acertado crítico, aunque Mérida, la del sur de América, me valió cárcel y mucha muerte, me admite generoso algunos méritos.

 

-¿Cuáles méritos, conquistador?

-En su libro dice que "es justo, por otra parte, reconocer en Juan Rodríguez Juárez, un personaje digno de ser estudiado, lamentablemente por su participación activa y decisiva en la conquista y fundación de Mérida". Igual "por el papel que desempeñó en el sometimiento de los indios de Caracas entre quienes fundó una Villa de Alcaldes y Regidores donde antes había estado el "Hato de San Francisco”. Aclara que a esa villa yo le di “el nombre de éste y que es considerada como el antecedente o el comienzo de la primitiva Caracas”.

 

-El "Hato de San Francisco", lo estableció Francisco Fajardo, a quien se le ha negado haber sido el verdadero fundador de Caracas. Ese honor quedó registrado en la historia con el nombre de Diego de Losada…

-Sí. Recuerde que Fajardo era hijo de madre india y de padre español.

 

-En su payo, usted era español de pura cepa. Y por fundar Mérida fue preso.

-Extremeño, de paso. Pero en mi caso, amigo mío, privaron realmente otras cuestiones.

 

-Explíquelas:

- No puedo. Pertenecen al misterio

 

04.10.999