Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 04:33 am

Inicio

Opinión



Comerse el mundo por Ricardo Gil Otaiza

Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Comerse el mundo por Ricardo Gil Otaiza
Ricardo Gil Otaiza


El tiempo iba pasando y se hacía mayor, y las fuerzas ya no eran las mismas de antes, pero no cejaba en su empeño de querer triunfar en América y en conquistar un destino que se le resistía a cada instante

Ramón Puertas era el encargado de abrir y de cerrar las puertas de la Casa Hogar en la que vivía, y había llegado a tal posición sin pretenderlo, por azares del destino, cuando la soledad y los años se presentaron ante él como fuerzas ineludibles, y no le quedó otra opción sino quedarse con los sueños y las ilusiones rotas.

El paso del tiempo fue mitigando en él la tristeza, hasta hacerse, si se quiere, indispensable y mano derecha de las religiosas que regentaban desde el siglo anterior aquel apretado espacio para ancianos desamparados, en el que era huésped y empleado a la vez desde hacía varias décadas.

Abrir y cerrar las puertas fue de pronto una actividad no tal maquinal, al hacerse amigo de muchas personas, sobre todo de aquellas que, como él, habían emigrado desde España en la década de los años cincuenta, y se hallaban en el aire, atadas a un pasado reciente y doloroso, aunque también a un hilo de esperanza frente al futuro al que se agarraban con fuerza, pero con previsible incertidumbre.

Llegó solo a América y en su hogar quedaron su esposa y dos pequeñas hijas. Hizo de todo para mantenerse en su nueva tierra, con el anhelo de poder ahorrar lo suficiente y llevarse consigo a su familia, pero la vida se le convirtió poco a poco en veinte horas de duro trabajo sin descanso, en faenas extenuantes que dejaban en Puertas la sensación de fracaso, de estar nadando a contracorriente en un mundo complejo y pintado en escala de grises.

El tiempo iba pasando y se hacía mayor, y las fuerzas ya no eran las mismas de antes, pero no cejaba en su empeño de querer triunfar en América y en conquistar un destino que se le resistía a cada instante. Con todo y eso, seguía en ello una y otra vez, empeñado como el que más, mientras que año a año daba largas a su retorno. A cada carta de su mujer pidiéndole que regresara, y en las que le decía que ella envejecía y que las hijas se hacían mujeres y lo extrañaban, respondía con la vaga promesa de un pronto retorno.

Las cartas de su mujer se fueron espaciando, hasta que se cortó toda comunicación entre ambas orillas y cada uno fue haciendo como pudo su propia vida. De vez en cuando la esposa lo recordaba y quería saber de él: tomaba lápiz y papel y le escribía una breve carta o un telegrama, que presurosa llevaba al correo, pero que jamás tenían respuesta.

Fue tan honda la brecha abierta entre ellos, que la esposa llegó a pensar que Puertas había muerto, y pudo contactar a algún conocido quien, con pocas palabras, le notificó que su marido había tenido que ingresar a un hogar de ancianos menesterosos, y que allí cumplía la labor de portero. Para su fortuna, agregó el conocido, su marido conservaba intactas sus facultades físicas y mentales, y esto le permitía tener una vida sin las ataduras de una cama o de una silla de ruedas.

A partir de entonces, y en cada Navidad, la esposa enviaba a la dirección de la Casa Hogar San Juan de Dios una carta dirigida a la madre encargada, preguntándole si su esposo aún vivía y, si bien es cierto, que la pregunta le molestaba cada vez que la hermana se la refería, sabía que tal interrogante no era descabellada, que él tenía la culpa de todo por no responder a las cartas, por desentenderse de su mujer y de sus hijas, por aferrarse a un sueño imposible y por no haber regresado a España cuando todavía estaba a tiempo de reparar los jirones de su vida. Vistas las cosas en retrospectiva, no podía esperar otra pregunta.

Nadie recuerda ya cuándo dejaron de recibirse las cartas de la mujer y Puertas en cada Navidad le preguntaba a la religiosa si había algo para él, entonces la hermana, conocedora de su historia y de su tragedia, por toda respuesta lo miraba compungida y guardaba silencio. Él regresaba a su puerta cabizbajo, arrastrando los pasos, y se recriminaba en voz baja por su absoluta estupidez.

La ancianidad trajo consigo soledad y tristeza, y Puertas supo en uno de sus no tan esporádicos ataques de melancolía, que debía regresar. ¿A dónde? No lo sabía. No tenía una dirección familiar a la cual recurrir, ni tampoco la de algún amigo de la vieja guardia, al suponer (con razón) que ya habían muerto.

Una tarde, Puertas salió de la Casa Hogar sin decir nada, y caminó con dificultad hasta la papelería de unos viejos paisanos y amigos. Luego de muchos rodeos y vueltas, así como de prolongados silencios, les pidió con rostro avergonzado y mirada esquiva, que lo ayudaran a reunir el dinero para comprar un pasaje porque quería regresarse a España.

Los amigos echaron a andar el proceso en el Viceconsulado español, pero no resultaba nada fácil el retorno: Puertas no tenía al día ningún documento y mucho menos un pasaporte, lo que requería de unos cuantos meses de trámites con extranjería y el Consulado en la capital. Su edad y su condición mendicante, así como la figura del español retornado, sirvieron para que los trámites se agilizaran y se consiguiera el dinero, y tres meses después todo quedó resuelto para que pudiera viajar.

Compungido, Puertas entregó las llaves de las puertas, se despidió de todos sus compañeros y de las religiosas, pero antes lo hizo con los pocos amigos que le quedaban en la ciudad. Un sábado en la mañana fue acompañado hasta el aeropuerto local rumbo a la capital, y en la tarde de ese mismo día pudo abordar el avión que lo llevaría a Madrid.

Tal y como había sido acordado, Puertas tomó un taxi que lo llevaría a su nuevo hogar de ancianos. Pensó: “vuelta a comenzar, pero sin la fuerza ni el empuje para comerme el mundo”.

Suspiró…

El taxista dio el parte a las autoridades españolas de la repentina muerte del pasajero.

rigilo99@gmail.com




Contenido Relacionado