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La lección de Darío Linares por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Que Darío Linares quisiera estar en casa, era para mí una prueba fehaciente de que se sentía cómodo y feliz, que no le hacía falta salir ni vagabundear, que en nuestra compañía tenía todo lo que necesitaba.

En mi familia siempre tuvimos gatos, por aquello de ahuyentar a los roedores. Se trataba de una casa vieja, anclada en el pleno corazón de la ciudad, y era inexorable el toparse con ellos por doquier, sobre todo cuando caía la noche y para los niños era espeluznante el tener que ir a la cocina porque sabíamos que estaban allí: merodeando, acechantes e intrépidos, con sus ojillos encendidos en plena oscuridad, haciendo de nuestro miedo una manera de terror paralizante, que sacaba de nuestras gargantas prolongados gritos de espanto.

En aquella casa estuvimos hasta mi adolescencia, y luego nos mudamos a una casa a estrenar, en la que ya no hacía falta tener a los felinos con fines de guardianes, sino de placer y deleite, pero ese es ya otro cuento. Volvamos entonces a la primera casa.

Perdí la cuenta de los gatos que conocí en mi niñez, de todas las razas, colores y tamaños, pero hubo uno en especial que, si se quiere, nos marcó a todos, porque, como veremos luego, nos dio una lección de vida.

Si mal no recuerdo, era angora, blanco y de ojos marrones, de una belleza felina que asombraba a quienes iban a la casa a visitarnos, y, como si fuera un perro, se echaba entre los pies de todos en la sala de recibo, y contento y feliz escuchaba las historias que se contaban en aquellas tertulias que todavía echo de menos, logrando así capturar en el aire las migajas de tortas y dulces que dejaban caer los visitantes: queriéndolo, o por mero descuido.

Ah, se me olvidaba: el gato se llamaba Darío Linares, y tan extravagante nombre tenía un origen, porque en aquel año, 1972, se daba en Radio Caracas Televisión la telenovela La doña, protagonizada por el galán Elio Rubens y la emblemática actriz zuliana Lila Morillo, para entonces esposa del cantante José Luis Rodríguez, quien a posteriori se conocería en Venezuela, América Latina y España como El Puma. Rubens encarnaba al personaje llamado Darío Linares, que hacía delirar de amor y pasión a las chicas de entonces, y Lila encarnaba a Doménica, pero, poco antes de finalizar la teleserie, tuvo que ser sustituida por la gran actriz Agustina Martín (nunca supimos el porqué del cambio, pero me imagino que fue por desavenencias propias entre la actriz, o su representante, y la alta gerencia del canal, el mejor y el más querido en Venezuela).

Darío Linares (el felino) era muy feliz con nosotros, y no dejaba de darnos muestras de afecto a cada instante. Sin pretenderlo, a poco se convirtió en algo así como el ídolo de todos en casa. Adondequiera que íbamos, allí estaba él, con una docilidad y una elegancia que pocas veces he visto en otro animal de su raza.

En un parpadeo, pasaron dos o tres años, y Darío Linares no daba muestras de querer irse al tejado a encontrarse con las féminas de su linaje, o de tener amigos. Es más, cuando en el alero de la casa pasaban orondos otros gatos queriendo invitar al nuestro a sus juergas y festines orgiásticos, salía espantado como alma que lleva el diablo y se metía debajo de la mesa del comedor, en donde hallaba el refugio perfecto y allí se quedaba hasta que pasaba el peligro. Una vez que Darío Linares consideraba que ya no estaban los otros gatos esperándolo, salía lentamente de su escondite, oteaba el horizonte, y ya más tranquilo se entregaba al ronroneo habitual, a lamerse las patas, o a limpiar su espléndido pelambre bajo el sol matutino.

En un amago de empatía con el felino, mi madre, que en la gloria esté, se preocupó por Darío Linares, y comenzó a conjeturar o a hipotetizar que algo le pasaba al animal, porque no era normal, según su sabio criterio, que un gato adulto no quisiera ir al tejado al encuentro con los suyos o a aparearse con las hembras, y llegó a la conclusión de que, nosotros, como su más cercana familia, teníamos que ayudarlo a resolver su problema para que alcanzara la felicidad.

Reconozco que para entonces no vi nada extraño en la conducta del gato, y me parecía estupendo que quisiera estar siempre con nosotros, a diferencia de otros gatos que, no más tenían la oportunidad, daban el salto al tejado y si te he visto no me acuerdo. Que Darío Linares quisiera estar en casa, era para mí una prueba fehaciente de que se sentía cómodo y feliz, que no le hacía falta salir ni vagabundear, que en nuestra compañía tenía todo lo que necesitaba.

Como ha de suponerse, terminamos todos aceptando los sólidos alegatos de mi madre, así como sus estrategias para resolver la problemática, y me veo, sin rechistar, junto a mi hermana (y a la que sería años después mi cuñada), arrastrando hasta el patio una pesada escalera de madera que había construido mi padre, y ponerla muy cerca de la cornisa, que colindaba con la casa del vecino.

Sin perder tiempo, entre los cuatro pusimos manos a la obra: trajimos a Darío Linares y lo encaramamos en un peldaño intermedio de la escalera, y lo fuimos empujando hacia arriba. Él, reticente y miedoso, se echaba para atrás e intentaba lanzarse al suelo, pero no lo dejábamos.

Ese día nada pudimos hacer: el gato no estaba dispuesto a dejar su comodidad hogareña, así como las certezas de una camita tibia, de la leche y de la comida rica, por las vicisitudes e incertidumbres propias de la vida callejera.

Días después, cuando menos lo pensábamos, Darío Linares ascendió todo el tramo de la escalera y se subió en el tejado, en medio del estruendo de nuestros aplausos y alegría. Lo vimos marcharse en una tarde soleada de noviembre, pero aguardábamos también su regreso.

Nunca más volvió: cuando pasaba frente a nosotros nos miraba con insolente desdén (tal vez rencor), echaba una meadita en la pared, y seguía su camino.

rigilo99@gmail.com 




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