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Por Ricardo Gil Otaiza

El Portal de Dublín por Ricardo Gil Otaiza



El Portal de Dublín por Ricardo Gil Otaiza

El portal que enlazaba a Nueva York y Dublín, y que en un principio se conoció como el Portal de Dublín, fue abierto al público el 10 de mayo de 2024, y dio mucho qué hablar. Las esculturas cilíndricas con pantallas LED que transmitían imágenes desde ambas orillas, fueron creadas por el artista, autor y empresario lituano Benediktas Gylys, y el fin de tal proyecto, eso dijo emocionado, era comunicar en tiempo real la cotidianidad desde ambas urbes, lo que era novedoso e impactante, porque permitía a personas ubicadas en tan disímiles entornos, saludarse y conocerse, así como entablar una suerte de amistad telemática, a pesar de las diferencias horarias y nociones culturales, que traían aparejadas, en sí mismas, una sensación de irrealidad e ilusión inquietantes.

Bueno, cabría de esperarse que, desde el mismo instante de la apertura del Portal, los usuarios de las dos orillas comenzaran a ingeniárselas para usar tal portento tecnológico para su beneficio, pero lo realmente preocupante fue que muchos daban un uso abusivo al mismo, mostrando imágenes obscenas y retadoras, como aquel personaje que desde su móvil mostró a sus pares de Nueva York, las espeluznantes imágenes del derrumbe de las Torres Gemelas, lo que algunos (entre ellos, las autoridades) interpretaron como mensajes cifrados, alertas, de, quizás, amenazas que pudieran poner en riesgo de nuevo la seguridad de los neoyorquinos.

Entretanto, Jack Perry, chico alegre y soñador, habitante ocasional de Dublín, que la amaba desde la literatura por ser la ciudad del gran James Joyce, y cuna del ininteligible y enrevesado Ulises (que pronto cumpliría 120 años de publicado), quedó fascinado con el invento, y desde el mismo día se presentó ante la pantalla y pudo observar maravillado el discurrir de la vida en Nueva York, que no conocía, pero que deseaba conocer: se quedó largo rato mirando a través de esa ventana mágica y sus ojos no daban abasto para absorberlo todo, para subsumir esa otra realidad en vivo, e interactuar con ella a escasos veinte minutos de casa.

Jack era un escritor y poeta en ciernes, veía la vida desde la letra impresa, y todos sus referentes estaban en los libros leídos y releídos hasta el cansancio, pero desde que vio e interactuó con otros desde el Portal, hubo un profundo cambio en su interior, como si un inexplicable “algo” moviera en él la noción de la existencia, y no quería por nada de este mundo perderse la experiencia de mirarse desde los ojos de otros más allá de las fronteras físicas reales, que para él lucían ya dislocadas y difusas, hundidas en una neblina incomprensible.

Fue al segundo día de inaugurado el Portal, cuando Jack descubrió que no miraba el ahora a través de él, sino una vida futura en la que él mismo era protagonista: descubrió que quien lo saludaba desde la otra orilla no era un total desconocido como pensó, sino su otro yo metamorfoseado en el hombre maduro que algún día sería, y esto lo perturbó, creyó ser presa de una alucinación, se restregó los ojos como quien intenta espabilarse el sueño y caer otra vez en el momento preciso, pero el otro yo, que era su imagen especular en el futuro, seguía allí, sonriéndole, mostrándose en su absurda (y a la vez precisa) verdad existencial, en la crudeza de una imagen que lo desnudaba en su íntima esencia y en su absoluta vulnerabilidad.

Día a día, cuando Jack Perry se acercaba al Portal con fatigada puntualidad, temía por lo que vería, o por lo que pudiera descubrir en ese futuro pensado y soñado en Nueva York, y que ahora se desvelaba ante él con una crudeza que lo superaba, que lo hacía tambalear y perder el equilibrio, que se erigía en rudas pesadillas que lo abatían hasta el desconsuelo y el llanto.

El hombre que Jack veía cada mañana a través del Portal, y que lo saludaba con desparpajo y empatía, era él, pero no lo era: en su hipotético futuro le costaba trabajo reconocerse: su físico lucía menguado; la inquina del tiempo había alejado de su rostro la lozanía de la que se sentía orgulloso, para hallar en cambio a un hombre entrado en la cincuentena, desgastado y grasiento, con escaso cabello, sobrepasado en talla, y con un porte de fracasado que desdecía lo que él hubiera pensado de sí mismo en las peores circunstancias y escenarios.

Definitivamente, el futuro que Jack veía a través del Portal, no era para nada halagüeño; todo lo contrario: estaba signado por el desconcierto, por el quiebre de unos sueños que lo sostenían en el presente, pero que sabía que en unos años serían apenas fantasmas y vanas ilusiones juveniles; que la vida que atisbaba al otro lado no era ni cercana a lo que él pretendía construir en el ahora, que por alguna circunstancia (que no podía precisar desde ya), no había alcanzado, y esto lo sumió en una profunda tristeza y un abatimiento que no podía soportar.

Una tarde, Jack se asomó al Portal y ya no se vio más: supo que había llegado el momento: ya no tenía frente a sí a su otro yo, que desde hacía escasos días lo saludaba sonriente, desde esa otra dimensión en el tiempo que hipotéticamente le aguardaba en otro espacio.

Entonces, Jack regresó rápidamente al piso en el que tenía alquilada una habitación con balcón, preparó y ordenó todas sus cosas, escribió algo en la vieja agenda en la que plasmaba con regularidad sus trágicos poemas, dio en adopción a su perra recién adoptada, pagó las pocas deudas acumuladas y, una vez verificado todo aquí y allá, respiró hondo, abrió la puerta del balcón desde donde se veía un hermoso parque que lucía diminuto desde el piso 20, apartó las cortinas, se fue al fondo de la habitación, tomó impulso y dio un salto hiperbólico, perfecto, lucido y valiente hacia la nada. “Total —pensó mientras caía—, el futuro no existe”.

rigilo99@gmail.com