Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:08 pm
En pospandemia la política industrial ha evidenciado un notable
resurgimiento a escala global, especialmente en Asia, donde los gobiernos han
intensificado el uso de subsidios masivos para impulsar sectores estratégicos,
particularmente aquellos vinculados a tecnologías limpias y de alta
complejidad. Este giro responde a múltiples motivaciones que van desde la
necesidad de revitalizar economías estancadas hasta la aspiración de liderar las
transiciones energética y tecnológica. A pesar de esto, son más que evidentes
los riesgos sistémicos que trae el uso de esta política económica, en
particular, el peligro de una competencia de subsidios que exacerbaría las desigualdades
entre economías avanzadas y emergentes, estas últimas con menor capacidad
fiscal para sostener dichos esfuerzos sin comprometer su estabilidad
macroeconómica.
Los instrumentos de política pública utilizados son
diversos, incluyendo el uso de participación accionaria estatal, aranceles
selectivos y subsidios directos. A diferencia de los aranceles, que restringen
directamente el comercio, los subsidios actúan distorsionando los precios
relativos y alterando incentivos de producción a nivel global. En contextos
donde los bienes subvencionados poseen claras externalidades positivas, como los
paneles solares o las baterías para almacenamiento de energía, su uso puede
aproximarse a un óptimo social, especialmente si se combina con comercio
abierto que permita a países con menos recursos beneficiarse de tecnologías más
baratas desarrolladas en economías abiertas. Sin embargo, el problema surge
cuando la política industrial se extiende más allá de estos ámbitos hacia
sectores sin justificación ambiental o social clara, como semiconductores o
vehículos eléctricos, donde la viabilidad económica depende de manera exclusiva
del apoyo estatal.
Así, la priorización por la política industrial genera
dilemas significativos para las economías emergentes de Asia. Tal como ocurrió
décadas atrás con la obsesión por desarrollar una industria automotriz nacional,
en la actualidad se repite el patrón con sectores aún más exigentes en términos
de inversión, conocimiento y escalas mínimas eficientes. La presión política
para no quedarse atrás impulsa a gobiernos con bases fiscales limitadas a
comprometer recursos escasos en iniciativas de alto riesgo, con escasa
probabilidad de generar retornos autosostenibles. En este escenario, la
competencia descoordinada por atraer inversiones mediante subsidios puede
degenerar en un juego de suma cero donde los beneficios sectoriales se ven
anulados por ineficiencias agregadas, sobrecapacidad y fragmentación de cadenas
de producción.
En un escenario como este, la Organización Mundial del
Comercio (OMC) tenía un papel preponderante que asumir para mitigar los efectos
negativos del uso excesivo de subsidios, promoviendo transparencia y equidad en
las reglas de juego entre países desarrollados y en desarrollo. Pero ante la
debilidad institucional que hoy evidencia la OMC, es fundamental la promoción
de mecanismos alternativos de coordinación regional o plurilateral donde se
acuerden espacios para la notificación de subsidios vinculados al clima,
establecer excepciones limitadas para inversiones verdes y desarrollar marcos
comunes de referencia para evaluar programas de I+D.
En este entorno, los países de Asia-Pacífico disponen
tanto de los foros —APEC, ASEAN+3, entre otros—, como del peso económico
necesario para avanzar en una agenda de gobernanza que atienda la demanda de
los países en desarrollo que solicitan salvaguardas contra prácticas que
erosionen la competitividad basada en reglas, y responda a las economías
avanzadas que expresan preocupación por la sobrecapacidad generada por
subsidios masivos en economías emergentes, especialmente en China. De esta
manera, solo la acción concertada podrá prevenir una escalada destructiva de
subsidios y fortalecer la confianza en un orden económico abierto y basado en
normas. En última instancia, como los países asiáticos están demostrando, el
desafío no es rechazar la política industrial, sino rediseñarla con criterios
de transparencia, sostenibilidad fiscal y responsabilidad compartida, para
evitar que se convierta en fuente de fragmentación económica y rivalidad
geopolítica.
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