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Por Ricardo Gil Otaiza

La insignificancia por Ricardo Gil Otaiza



La insignificancia por Ricardo Gil Otaiza

A Javier le preocupaba lo que pudieran pensar de él y llegaba al extremo de cuidar su pretendida posteridad: lo que dijeran y hasta lo que escribieran una vez que partiera de este mundo, y no le faltaba razón, porque somos objeto de la mirada del otro y en ese silencio que da entre la percepción y la imagen que se forman de nosotros, hay todo un océano de posibilidades: buenas, regulares y malas, y todo ello es, ¿qué duda cabe?, lo que queda de nosotros, lo que se afirma en el ahora y en los tiempos que vendrán, lo que crece o se encoje, lo que se queda intacto y hasta petrificado de nuestra imagen.

En este punto, Javier pensaba que las estatuas hablan por sí solas, porque cuando se las ve dejan en el espectador una sensación y una impronta, que varían de acuerdo con las emociones del instante y, lamentablemente, la mayoría de las veces eso que se piensa en el acto mismo de la observación, no se corresponde con la verdad de las cosas: entiéndase, la vida del personaje, que pudo ser un santo o un demonio, eso ya no importa, sino lo que reflejan esos ojos hundidos en el mármol o en el bronce, en la arcilla o en la madera, esas cejas frondosas o escasas, rectas o arqueadas, esa frente despejada y amplia, o corta y ausente, esa cabeza calva o cubierta con una melena copiosa, esa nariz recta, chata o aguileña, o casi inexistente, como la de los alienígenas, esas orejas separadas y vampiresas, o adosadas al cráneo y, a fin de cuentas, lo que no sabremos jamás, de allí la tragedia que intuía nuestro personaje, y por la que tenía noches de insomnio.

No resulta nada fácil vivir con este peso encima, como si se llevara a cuestas un escaparate, porque lacera la tranquilidad y nos lleva al desasosiego, a la perturbación mental y al propio desvarío, de allí que Javier fuera un tanto mustio y de rostro apesadumbrado, si se quiere un tanto apocado y silencioso, iba por la calle mirando al piso hundido en cavilaciones, huía de los otros, no fuera que se hicieran de él una percepción errónea y hasta disparatada, porque los ojos (aseguraba siempre con los suyos destellantes) dicen mucho de nosotros, nos delatan, muestran a los otros nuestra interioridad, y de esto, decía con frecuencia, había que cuidarse como de la peste.

Es imposible controlar lo que los otros piensan de nosotros, y del pensamiento al dicho, al escrito y a la murmuración, pues hay poca distancia, y esto lo tenía muy claro Javier, de allí que estuviera siempre en sobresalto, parecía un animal perseguido por algo que podía dañarlo en cualquier instante, y su preocupación iba más allá del momento presente, como queda dicho, y se extrapolaba en los pantanosos territorios del tiempo por venir, del acaecer futuro, de una dimensión etérea que muchos filósofos cuestionan como algo “real” o existente, porque lo que verdaderamente nos incumbe —suelen afirmar— es el presente, y es en él en donde se construye nuestra realidad.

En una cultura como la nuestra, en la que importa más el estuche que el contenido, nada debería extrañarnos de las angustias existenciales de Javier, dejado llevar, como podemos observar, por el qué dirán, por la burda apreciación de quien ignora todo acerca de nosotros, y la gente es arrastrada por las apariencias y califica y descalifica a su entender sin importar todo lo demás, y muchas veces un detalle superfluo y banal a los ojos de unos, es una pista de valor para los otros, y nuestra vida está llena de ellos, los dejamos caer por doquier, sin saberlo o de manera deliberada, pero los olvidamos, o damos a entender que no nos importan, pero no es así: son relevantes y pesan en nosotros, porque como humanos estamos hechos por y para las imposturas.

Javier no era un hombre viejo, quizás no llegara ni al medio cupón, y tantas cavilaciones lo deterioraron e hicieron de él un hombre vencido, sin futuro, como si el cargo de algo inmaterial e intangible le doblara la espalda, como si la vida fuera para él un calvario, un lugar en el que estuviera purgando las penas, y de nada valía que su familia (que tenía a montón), y sus amigos (pocos, en realidad) le increparan su locura, su mutismo y ausencia de la realidad, su perderse sin remedio en los oscuros callejones de una noción de carácter filosófico, con profundas implicaciones en nuestras vidas.

Preocuparse por el qué dirán, no vale la pena y es un ejercicio agotador y de desgaste, y empeñarse en cuidar la hipotética posteridad, es en sí un sinsentido —le gritaban mil voces—: una mera abstracción del intelecto, un elevarse por encima de las circunstancias presentes. Ahora bien, pretender deducir de ellas implicaciones y consecuencias que nadie en su sano juicio podría prever ni intuir, so pena de caer en la vanagloria, en el ego y sus extravagancias, en las ansias desmedidas de reconocimiento (que buscan trascender el ahora), es ya la locura misma.

Javier entendía todo esto a la perfección, solo que no lo podía vencer, era más fuerte que él y su voluntad, pero una tarde, caminando cabizbajo por una céntrica avenida de Caracas, de pronto sintió la curiosidad de asomarse a la vidriera de una librería, y allí encontró el remedio para su mal: exhibido, en lugar preferencial, halló un libro de Kundera, del que había oído hablar, pero como no tenía dinero, tomó nota del título: La fiesta de la insignificancia, y a pesar de tener una cultura nada despreciable, le gustó el último vocablo, le parecía elegante y profundo, y al llegar a casa lo buscó en el diccionario de la RAE.

Lo que halló, lo dejó de una pieza, le tocó una fibra muy íntima, y de pronto sintió vergüenza de sí mismo: cada sinónimo hallado resumía a la perfección su pensar y su sentir: “intrascendencia, irrelevancia, banalidad, futilidad, trivialidad, nimiedad, liviandad, pequeñez, levedad”. Todos ellos eran su persona.

rigilo99@gmail.com