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Por Ricardo Gil Otaiza

El hambriento agujero del tiempo por Ricardo Gil Otaiza



El hambriento agujero del tiempo por Ricardo Gil Otaiza

No conservo allá, ni mucho menos acá, vestigios de mi pasado y de mi infancia, tan solo los recuerdos, y no sé hasta cuándo estarán en mí, o me poseerán, como de hecho lo hacen, quedó, eso sí, el patio soleado con las plantas en los materos: la uña de danta, la erizada tuna, los helechos, los arbolitos de cambures del solar, mi viejo triciclo rojo del que me caí con estrépito dando una arriesgada curva en el rosetón del medio, y doy fe de la cicatriz que me quedó en la pierna izquierda. Sí, lo único real es la cicatriz, porque la veo, porque está allí, pero todo lo demás es fantasmático y elusivo, se mece en mi memoria, me recrea en los días de añoranza.

Ah, mis padres, no tenía conciencia de lo jóvenes que eran para entonces: él 38 y ella 36, pero para mí ya eran mayores y representaban la ley y la autoridad, dentro y fuera de casa, y no porque yo las necesitara más que mis dos hermanos, porque era obediente y hasta dócil, sino porque ponían de vez en cuando los puntos sobre las íes, y eso era importante, me daba seguridad y sentido de pertenencia a una familia. Él era fuerte y malgeniado, quería imponerse con la palabra o con la correa, y ella tenía carácter y decisión, pero en su manera de ser privaba la ternura y nunca la violencia, siempre abogó ante él por nosotros, y no porque fuera consentidora y alcahueta, sino porque nos había parido, y esas son palabras mayores que los hombres jamás comprenderemos.

Yo era feliz con un cuaderno y un lápiz, pero con un libro, ni se diga, era la gloria, de aquella prehistoria me llega la compulsión lectora y de allí el salto a la escritura fue tan solo un paso, aunque debo decirlo, aprendí a leer un poco tarde (a los 5 años), y no porque fuera bruto o mal estudiante, sino debido a mi raíz imaginativa y fantasiosa, que desde siempre me ha llevado con sus alas por sutiles territorios, y me encantaba que mamá me leyera historias, o me las contara de su amplio repertorio, o que lo hiciera mi hermana, más grandecita y siempre atenta conmigo, así que yo estaba muy cómodo y satisfecho y no veía la necesidad de esforzarme para leer yo mismo (la comodidad siempre ha sido mi bandera), pero cuando leí, aquello fue un mazazo y la entrada al cielo, y ya nunca dejé de hacerlo.
Con cierto rubor debo confesar, que desde aquellas precoces edades era enamoradizo, y no tenía problema alguno en decirle a mi madre que me gustaba tal y cual muchachita (qué cosas, esos secretos no se los contaba a mi padre), y recuerdo que cuando jugábamos en los recreos de la escuela (la escuela que regentaba mi madre: quien fue mi maestra de primero y segundo grado) y nos sentábamos en el piso, se me iban los ojos en el triangulito que se formaba en la unión de ambas piernas, cuando las falditas del uniforme se les subían.

Uy, era malísimo para el deporte, no pegaba una: cuando chutaba un balón salía por cualquier lado menos por donde debía ir, y agarrando una pelota en el aire era una nulidad, es más, cuando lograba capturarla (milagro de milagros), se me salía de las manos con una torpeza vergonzosa, razón por la cual, y ya más crecido, inventé mi primera teoría (he publicado varias teorías en mi vida académica que circulan en las redes) que llevaba como postulado lo siguiente: “el deporte es malo para la salud”, y nadie me sacó la idea de la cabeza, ni he desistido de ella a pesar de que hay evidencias científicas contrarias y muy serias al respecto.

Mal que bien logré jugar fútbol, volibol y bolas criollas a mi manera (sin orden ni concierto, pero salía al paso con cierta dignidad), pero en esta área de los deportes mi mayor tortura era la gimnasia en el colegio, y esa tortura tenía su propio nombre: “el maldito potro” (así lo llamaba con resentimiento), que teníamos que saltar en el colegio y no sé para qué diablos nos sirvió aquello, porque ninguno de mis compañeros se hizo gimnasta, pero el profesor dale que te dale con el pérfido aparato, que ponía en medio del patio, y allí, erguido frente a nosotros, en pleno sol de la mañana, nos retaba con insana malicia. Un día pude saltarlo con buena técnica, y esto fue noticia en toda la clase, ya que ninguno de mis compañeros apostaba nada a que yo lo lograra, y pude, y obtuve mayor nota en el examen final que mis amigos más aventajados en la gimnasia.

De aquella remota infancia no me quedan ni los originales de las fotografías que nos tomamos entonces, que mi padre sacaba con estupendas cámaras (y en cuyo oficio era un enorme aficionado), y que mi madre guardaba con esmero en múltiples álbumes, y las que tengo a solicitud mía, me las manda mi hermana por guasap desde Colombia en donde vive, y las veo desvencijadas, amarillas por el correr de los años, como si todo lo que muestran fuera algo irreal y ajeno, perdido en otra dimensión, desdibujado y difuso.

Nada de aquello existe, lo fagocitó el hambriento agujero del tiempo, que no perdona y nos devora a su paso, y aunque la casa que más recuerdo (de las muchas en las que he vivido) todavía sigue en pie, no me atreví a tratar de entrar en ella para confrontarme con el pasado, porque temí que mis recuerdos se pulverizaran en el cruel cotejo con la realidad, y eso sería imperdonable y doloroso para mí, devoto como soy de la nostalgia.

De niño siempre creí que había sido adoptado, y muchas veces interpelé a mi madre con la infame pregunta, pero ella, que tanto me amaba, me decía que no y me miraba con ternura. La duda me persiguió durante décadas, hasta que un día el rostro de mi padre, amalgamado con el de mi madre, se asomó en el espejo en el que me afeitaba, y todo quedó aclarado.

rigilo99@gmail.com