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Por Alberto José Hurtado B.

Transiciones en Corea del Sur, Japón y Filipinas por Alberto José Hurtado B



Transiciones en Corea del Sur, Japón y Filipinas por Alberto José Hurtado B

Durante el siglo XX, Estados Unidos ejerció una significativa influencia sobre distintos países asiáticos, bien sea mediante ocupación militar directa, protectorados formales o relaciones asimétricas de dependencia, que han marcado el desarrollo de sus actuales condiciones económicas, políticas y sociales. Corea del Sur no fue estrictamente un protectorado estadounidense, pero su reconstrucción tras la Guerra de Corea (1950–1953) estuvo profundamente condicionada por la presencia militar y la asistencia económica norteamericana. Por su parte, Japón experimentó una ocupación directa entre 1945 y 1952 que reconfiguró su orden político, económico y social bajo supervisión estadounidense. En cambio, Filipinas fue colonia estadounidense desde 1898 hasta su independencia formal en 1946 con la firma del Tratado de Manila.

En los tres casos, Estados Unidos impulsó reformas institucionales destinadas a consolidar regímenes alineados con sus intereses geopolíticos durante la Guerra Fría. En Japón, la ocupación liderada por el general Douglas MacArthur promovió una nueva Constitución (1947) que estableció un sistema parlamentario, limitó el poder del emperador, garantizó derechos civiles y prohibió el rearme (Artículo 9). Paralelamente, se implementaron reformas agrarias que redistribuyeron tierras y debilitaron a la antigua aristocracia terrateniente, sentando las bases para una economía más equitativa y dinámica. Aunque inicialmente se contempló la desindustrialización del país, el entorno de la Guerra Fría incentivó la reconstrucción industrial de Japón.

Corea del Sur, devastada por la guerra, recibió masiva ayuda económica y asesoría política de Estados Unidos. En un entorno de lucha contra la expansión del comunismo, se permitió la presencia de regímenes autoritarios como los de Syngman Rhee y Park Chung-hee. No obstante, esta relación también permitió la creación de instituciones económicas modernas, la inversión en infraestructura y la promoción de exportaciones mediante conglomerados industriales (chaebols), todo esto bajo un modelo de desarrollo dirigido por el Estado, pero alineado con el mercado global. La transición a la democracia en Corea del Sur no fue inmediata ni espontánea, en su lugar, fue el resultado de décadas de movilización social, represión y negociación, culminando en reformas políticas a finales de los años ochenta.

Y Filipinas, en cambio, heredó un sistema político modelado directamente sobre el estadounidense, con elecciones, un Congreso bicameral y una presidencia fuerte. Sin embargo, la independencia no trajo autonomía real. Las bases militares estadounidenses permanecieron hasta 1992, y los acuerdos comerciales se mantuvieron por mucho más tiempo. Esta estructura favoreció a una élite filipina vinculada a intereses extranjeros, mientras la reforma agraria fue incompleta y la desigualdad persistió. A diferencia de Japón y Corea del Sur, Filipinas no logró consolidar un modelo de desarrollo industrial sostenido, quedando atrapada en ciclos de crecimiento débil y crisis recurrentes.

De estas tres experiencias queda claro que debe existir coherencia entre política económica y soberanía estratégica. Japón y Corea del Sur, pese a su subordinación geopolítica, lograron preservar un alto grado de autonomía en la formulación de políticas industriales y tecnológicas. Sus gobiernos actuaron como Estados desarrollistas, coordinando inversiones, protegiendo industrias incipientes y fomentando la innovación. Filipinas, en cambio, adoptó prematuramente políticas de apertura comercial sin capacidad institucional ni base productiva sólida, lo que socavó su competitividad y reforzó su rol de proveedora de materias primas y mano de obra barata.

También se debe destacar que la dependencia externa no es incompatible con el desarrollo, siempre que exista un Estado capaz de articular una estrategia nacional coherente. Ni Japón ni Corea del Sur rechazaron la influencia estadounidense, aunque tampoco la internalizaron pasivamente; porque la utilizaron como palanca para construir autonomía económica progresiva e insistir en la estabilidad y el desarrollo para sus naciones. Eso paso por la imitación mecánica de modelos foráneos que se había roto simbólicamente con actores internacionales. Sus reconstrucciones pacientes nacionales, la profesionalización del Estado y la inserción estratégica en la economía global les permitieron superar la lógica de la destrucción y diseñar políticas industriales realistas, promoviendo la competitividad del sector privado, junto con la reconstrucción y recuperación de la confianza en las instituciones públicas.

@ajhurtadob