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Por Rafael Augusto López

¿Qué pasó aquí? por Rafael Augusto López



¿Qué pasó aquí? por Rafael Augusto López

Según una novísima ley, no se puede hacer apología ni, mucho menos, celebrar lo ocurrido el 3 de enero pasado en Venezuela. Hacer apología es fácil de detectar y de probar, pero celebrar no es tan sencillo: la celebración puede ser llorando de alegría, con una sonrisa, con una mirada, solo con el pensamiento, con un abrazo, dando un salto o vistiéndose de determinada manera. Créame que la inmensa mayoría de los venezolanos no hicimos apología del hecho, pero quienes estamos en nuestra tierra, totalmente reprimidos, nos unimos de corazón con quienes, fuera de nuestras fronteras, dieron rienda suelta a su felicidad.

Para analizar lo que pasó en la madrugada del 2 al 3 de enero, es necesario remontarnos al resultado electoral del 28 de julio de 2024, fecha en la que el mundo entero pudo comprobar cómo Nicolás Maduro se había burlado de la voluntad popular, robándose las elecciones sin que ninguno de los integrantes de los poderes públicos fuera capaz de desenmascararlo; por el contrario, todos cohonestaron el delito. A pesar de ello, tanto Edmundo González Urrutia como María Corina Machado le propusieron generosamente negociar, reconociendo el resultado y solicitando que se fuera al extranjero, pero pudo más la prepotencia que el sentido común.

Lo ocurrido en Fuerte Tiuna es increíble, no solo por la planificación y el desempeño de las fuerzas extranjeras, sino por la vulnerabilidad de nuestras fuerzas armadas y de seguridad. No solo no repelieron el ataque, sino que es evidente que alguien entregó a Nicolás Maduro con interés en la eliminación de gran parte de los militares cubanos que lo resguardaban. Es una vergüenza para el alto mando militar que, en una fortaleza rodeada de cuarteles y comandos de la más alta jerarquía, un ejército extranjero haya extraído a quien ejercía la presidencia de la República y a su esposa. Por dignidad, honor y moral, deberían solicitar la baja. Este acontecimiento me recuerda la invasión de Machurucuto, promovida por Fidel Castro, que fue repelida de manera firme y profesional por nuestras Fuerzas Armadas al servicio de la República, en el marco de nuestra carta magna.

Quienes creyeron de buena fe en las propuestas de Hugo Chávez y luego en el paquete chileno que les legó, hoy deben estar asombrados e indignados con quienes, hasta ayer, vitoreaban y aplaudían a Nicolás Maduro cuando denostaba a Donald Trump y sus pretensiones imperiales. Hoy, luego de haber entregado a Nicolás, se han convertido en súbditos del “catire”, sin importarles un sipote la suerte de Maduro, pues su único interés es mantener el poder a costa de lo que sea. Esto prueba que no hay ideología política alguna, excepto la de enriquecerse con los dineros públicos. Ahora, Estados Unidos es el nuevo mejor amigo de Venezuela; es decir, durante 26 años, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y todos ellos estuvieron equivocados, pero no perdieron el tiempo porque, al parecer, se aseguraron todo el oro que pudieron, y todo lo que falta por conocerse confirma que no se trata solo de Nicolás y Cilia, sino que el resto de la “orquesta” debe correr la misma suerte.

Los venezolanos sabemos que no se trata de Edmundo González Urrutia ni de María Corina Machado; se trata de hacer respetar la voluntad popular, que más de 7 millones de venezolanos votamos para rescatar la democracia y nuestras libertades, y esencialmente para poner fin a este régimen de oprobio, pillaje y maldad que nos ha subyugado. Particularmente, coincido con la tesis manejada por los gringos de que era riesgoso y contraproducente que Edmundo y María Corina condujeran la transición. No es lo mismo una transición cuando se ha reconocido y respetado el resultado electoral que una transición producto de una transacción que incluyó la entrega de quien ejercía la presidencia de un régimen que, durante más de 20 años, mantuvo secuestrados los poderes. Esto, de alguna manera, protege el liderazgo de Edmundo y, sobre todo, de María Corina.

Hay que resaltar la jugada maestra del gobierno de Donald Trump: colocar a Delcy Rodríguez no solo a “beber de su propia medicina”, sino a dársela a todos los que formaron o forman parte de la orquesta, incluida la entrega de nuestra soberanía petrolera. Nunca antes —ni cuando Gómez, ni cuando Pérez Jiménez, ni en los gobiernos democráticos— se permitió que Estados Unidos nos ordenara a quién se le puede vender petróleo y a quién no, ni mucho menos cómo administrar nuestros ingresos económicos, así como tampoco lo que debe hacer quien interinamente despacha desde Miraflores, tal cual una marioneta, bajo el temor de que, si no hace lo que le ordenan desde el norte, corra la misma suerte que su antecesor.

Si Estados Unidos desea una transición pacífica y ordenada, debe comenzar por lograr una amnistía general que permita la liberación plena de todos los presos políticos y que quienes están fuera del país puedan regresar sin temor a perder su libertad. Ojalá que, cuando se publique este artículo, esto ya se haya logrado. Si por alguna razón válida Edmundo González no puede asumir la presidencia —como desea, al menos, el 90% de los venezolanos— se debe fijar una fecha, no mayor a tres meses, para convocar elecciones para todos los cargos de elección popular, conducidas por un Consejo Nacional Electoral fruto del consenso de todos los sectores del país, que permita recuperar la confianza en el ente electoral.

Que se hayan llevado a Nicolás Maduro y a Cilia y no haya pasado nada es la mejor demostración de que quienes le juraron amor eterno le mintieron. La mayoría que permanece en silencio no ha celebrado por temor a alguna sanción. Algunos ilusos piensan que Nicolás podría regresar a Miraflores, pero olvidan que ellos mismos llevaron a la sepultura al general Baduel, artífice del regreso de abril. Maduro incluso dio instrucciones: si los gringos entraban a Venezuela y pasaba algo, el país se paralizaría y no se movería ni una aguja. Sin embargo, los mismos voceros que todavía gobiernan dicen que “todo está normal”. ¿No es esto un caso de infidelidad con Nicolás? ¿Acaso por eso Nicolasito advirtió que el tiempo descubriría a los traidores? Me imagino cómo estará funcionando a toda máquina el dedo acusador en el PSUV: “fuiste tú, no, fuiste tú”.

Cuando militaba en AD, recuerdo que, al terminar un discurso o una correspondencia, siempre decíamos: “Por una Venezuela libre y de los venezolanos”, no como eslogan, sino como filosofía de nacionalismo y de patria. ¿Quién iba a pensar que estos llamados “revolucionarios” terminarían su mandato diciendo: “Viva el imperio, viva Donald Trump”?

He podido conversar con algunos amigos dirigentes del oficialismo, y allí lo que hay es desconsuelo y rabia con quienes estaban obligados a resguardar la vida de Nicolás Maduro y ni siquiera dispararon un misil. También se palpa un deseo de venganza contra quienes entregaron a quien ejercía la presidencia; se sienten burlados en su buena fe, pues los llamaron a enrolarse para defender la patria, les entregaron armas, y a la hora de la verdad se cuadran con el imperio y comienza la persecución contra ellos. La gente quiere entregar los fusiles y jura que no defenderá a nadie.

Podríamos concluir que los “hermanitos”, en tres días, acabaron con el gobierno de Maduro, con el madurismo, con el chavismo y con el PSUV. Es decir, todo era una fantasía basada en el miedo, y se demostró que la “rodilla” era de utilería. Y como nuestro humor y ocurrencia están a flor de piel, el martes fui a la frutería a comprar plátanos maduros, y Pablito, el frutero, me dijo: “Los maduros se acabaron desde el sábado, pero si tiene urgencia, en Nueva York hay.”

rafael.tuto@gmail.com