Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:00 pm
No tengo ninguna duda respecto a los registros bíblicos-coránicos-budistas históricos relacionados con hombres que, como Jesucristo, fueron antípodas de la barbarie. Pero, los actos del http://dhistorika.blogspot.com/2012/01/pithecanthropus-homo-erectus-erectus.html post moderno no han dejado de ser aborrecibles: tampoco la resistencia de seres misericordiosos a los cuales no pareciera importarles recibir inmerecidos castigos: en ocasiones «capitales», sólo por enfrentarse al bestiario que todavía gobierna el mundo [virtud a su control de ejércitos y tesoros, públicos o privados]
Por tales causas, suelo propugnar la extinción programada, no violenta ni dolorosa, de la única forma de existencia con «libre albedrío» para elegir la praxis de atrocidades. Los auténticos «seres humanos» debemos enmendar la presencia de nuestros letales «as» o «descendientes», aun cuando el costo sea desaparecer la especie.
Aparentes aventajados y desahuciados retrocedemos por el Corredor de la Muerte, pero los últimos en retornar al torrente de partículas de luz recibirán maldiciones de los primeros en escindir. Algunos en nombre de tantos imaginarios, verdaderos o falsos enjuiciadores que aguardan para impartir castigos y premiar con resurrecciones a benévolos. Como si no hubiere bastado que nos eyectasen hacia esta inmanente fatalidad que experimentamos.
La historia registra mujeres y hombres que, ofuscados, emprendieron linchamientos de personas que semejaban a ellos. Ningún espectador podía gritar que se detuvieran, no lo hicieron porque durante aquellos esos tenebrosos momentos los antropófagos les prodigaban ovaciones.
No remuevas la tierra del subsuelo que no oculta lo que fue sepultado de prisa. Los gusanos correspondientes lustran mortajas. No siembres semillas de árboles frutales que podrían alimentar a quienes están por venir e imputarán crímenes. Aquí están mirándonos quienes serán progenitores, palpándonos o escuchándonos. Son enemigos fortuitos que odian ver nuestros rostros reflejados como si fueran suyos, en los espejos de cada residencia. Son armas letales las que muestran sus manos cuando la discordia convoca en el lugar donde, día y hora precisos, querrán matar.