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Por Arinda Engelke

Frontera Literaria por Arinda Engelke



Frontera Literaria por Arinda Engelke

Bibliotecas de la Ausencia: El rastro de papel que dejó la diáspora

En Venezuela, las casas han aprendido a guardar silencio, pero las estanterías de las librerías que van quedando en el país han comenzado a gritar. Lo que comenzó como una tragedia silenciosa —millones de personas empacando su vida en dos maletas— terminó por desbordar las calles con los únicos habitantes que no pudieron abordar el avión: los libros.

Hoy, recorrer los pasillos de las librerías que aún resisten en Caracas, Mérida o Valencia, es adentrarse en una geografía del abandono. Los estantes de "Libros Leídos" no son secciones de liquidación; son museos vivos de una nación que se fragmentó.

La arqueología de lo íntimo

Un libro recién salido de la editorial es un objeto mudo, una promesa por cumplir. Pero un libro que perteneció a alguien que tuvo que venderlo por "poco dinero" para completar el pasaje de un bus, o que lo donó con el corazón roto antes de cerrar la puerta de su casa para siempre, es un organismo vivo.

En estos espacios de "Libros Leídos", el lector no solo compra literatura; hereda una vida:

  • La Marginalia: Esas anotaciones al margen donde un desconocido discutió con el autor en 1994, o donde alguien subrayó con fuerza una frase de consuelo en medio de la crisis.
  • Los Tesoros Olvidados: Fotos familiares usadas como marcapáginas, boletos de un Metro de Caracas cuando funcionaba bien, pétalos de flores secas y dedicatorias de amor que hoy duelen más que nunca: "Para que nunca me olvides, aunque el mundo se mueva".

La paradoja de la joya accesible

Es una ironía hermosa y cruel. Mientras las librerías convencionales agonizan por la falta de importaciones, y de lectores, estos rincones se llenan de joyas que antes eran imposibles de conseguir. Primeras ediciones de Monte Ávila, clásicos de la Colección Biblioteca Ayacucho y tratados de filosofía que ahora esperan a un nuevo dueño por una fracción de su valor original.

El libro usado en Venezuela se ha convertido en el puente generacional. El joven que no puede costear una novedad editorial, encuentra en la biblioteca abandonada de un abuelo exiliado el conocimiento que necesita para seguir adelante.

 

"Vender una biblioteca es como vender la propia sombra. Pero en este país, esas sombras están encontrando nuevos cuerpos donde proyectarse."

Estos libros tienen una esencia mayor porque han sido amados. No huelen solo a papel y tinta, huelen a las casas donde estuvieron, al café de las tardes de lluvia y al suspiro de quien tuvo que dejarlos atrás. Son la prueba de que, aunque la gente se vaya, la cultura se queda aquí, circulando de mano en mano, resistiéndose a morir en el olvido

Gracias Librería Temas por facilitarnos el material necesario para hacer estas reseñas.