Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:58 pm
Se preciaba de ser un buen lector: una persona consecuente y disciplinada con las páginas impresas, porque siempre leía en papel, y con esta sólida certeza transcurría su vida, que no era muy divertida, transigía, pero más o menos se mecía entre el encanto de las páginas de los libros y las imperfecciones y trasiegos de la vida diaria, y un buen día se topó con algo que había escrito Borges en uno de sus libros, que ya no recuerda, pero que le cambió por completo su noción y sus certezas: “ya no van quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales”. A ver, el viejo Borges era muy perspicaz, pero en esto no yerra, porque ahora que cae en la cuenta, él lee corrigiendo y fija posición acerca de lo leído, refuta al autor en sus adentros y sus afueras, vaga sin piedad por el amplio espectro de la lengua española, indaga aquí y allá para cerciorarse de que el autor no se equivoca, se detiene para analizar cada frase como si en eso se le fuera la vida, ausculta su intelecto para hallar en él referentes que le permitan concatenar lo nuevo con lo viejo, y ahora que recapitula, se percata de que es un lector crítico, que no deja pasar los detalles, que busca a la vuelta de cada página cualquier recodo en el que pueda fundarse para contradecir lo leído, como si aquello fuera necesario en un proceso que debería ser feliz y libérrimo. Por supuesto, a partir de aquella reflexión borgeana, cada vez que se sentaba a leer no sentía lo mismo: como si una extraña sensación de agobio le robara el gozo, como si la interlocución dada lector-autor y viceversa, se hubiese trastocado para dar paso a una necesidad que no recordaba en los días de su lejana juventud, cuando leía de corrido por puro placer, sin pensar en que si lo leído era o no verosímil, o si el autor le escamoteaba la verdad en su discurso, o si era buena, regular o mala la prosa, o si el género era el correcto, o si el libro llenaba o no sus estándares (que entonces no tenía o no asumía con certeza), o si estaban correctamente estructurados los diálogos y bien definidos los personajes, porque en aquel entonces creía en la vida sin pedirle cuentas, estaba abierto al mundo y recibía lo que le daba con agradecimiento, leía y el disfrute era mayúsculo, inconmensurable, y nada de aquello estaba presente hoy (o por lo menos con la misma intensidad). En vano intentó retomar los libros de entonces, amarillos y mustios por el paso del tiempo, con la esperanza de que le devolvieran el espíritu de otros tiempos, y al paso de cada renglón se instalaba en su ser el temor a que se quebraran sus experiencias lectoras del pasado: que aquellas obras y autores dejaran hoy de ser supremos, embriagantes, exultantes de placer, y que su vena crítica de hoy asesinara de un tajo todo aquello que antes le era tan grato, y decidió así devolver los libros a sus anaqueles: que para él eran auténticos altares en los que el recuerdo oficiaba ceremonias de placer y gloria literaria. ¿Cómo ser en el presente el hombre que había sido alguna vez? Se preguntaba a cada instante, y en su ayuda llegaban técnicas, más o menos probadas, que auguraban el retorno del placer perdido, pero que en él no surtían efecto, porque su mal era profundo, arraigado en los intersticios del yo: blindado a cal y canto, fosilizado por la experiencia, amalgamado con miles de circunstancias no siempre dependientes de su voluntad, pero que horadaban secretamente su mente, le impelían a intelectualizarlo todo, a pasar por un tamiz aquello que tenía frente a sí, dejando marcharse el placer de la página que no busca otra cosa que dejarse leer sin más: sin atavismos, sin teorías ni preceptos, sin escuelas literarias ni filosóficas que todo pretenden estudiar y sopesar, pero que rompen la gracia del vivir sin preguntarse, del ser sin recriminarse, del caminar sin lazarillos que hagan pesado el tránsito del hoy al mañana. Entonces, azuzó el olfato lector, se apartó de la seguridad de lo ya preconizado por la crítica y los medios, e intentó leer sin expectativas ni prejuicios, dejándose llevar solo por el espíritu y la intuición, como quien va al bosque sin lecciones botánicas aprendidas de memoria para identificar los árboles, sino para disfrutar de la experiencia, y sintió así el aire fresco de la sorpresa, de recibir cada vocablo, cada frase y cada párrafo con la apertura de quien mira al cielo y abre los brazos para que entre en su ser la energía del universo, para palpar el gozo de la comunicación secreta autor-lector, que susurra al oído sin preguntarse los porqués, ni los cómo ni los cuándo, sino para entregarse sin pudor a lo contado, como hacen los niños cuando leen una fábula y se estremecen de alegría. “La lectura es un espejo de la experiencia, la define, le da forma”, nos dice con agudeza Ricardo Piglia, y en esa definición y en esa forma tendrán que estar, porque sí, los elementos constitutivos que nos permitan apartar la rigidez y la cuadratura, para hacer de quien lee presa de la palabra que lo mueva en lo interior, que lo libere de las absurdas ataduras del intelecto, y es en este punto en el que nuestro personaje se afianza en su lucha cotidiana y silenciosa, para recobrar lo perdido, para hallar en cada página aquello que lo agite, que lo sacuda mental y espiritualmente, que lo lleve a una estadio de plenitud tal, que frente al autor y su obra sea mero instrumento y receptáculo de lo tangible e intangible, y que en él se obre el milagro de hacerse parte y todo de lo leído como en los lejanos tiempos de su niñez. rigilo99@gmail.com
Se preciaba de ser un buen lector: una persona consecuente y disciplinada con las páginas impresas, porque siempre leía en papel, y con esta sólida certeza transcurría su vida, que no era muy divertida, transigía, pero más o menos se mecía entre el encanto de las páginas de los libros y las imperfecciones y trasiegos de la vida diaria, y un buen día se topó con algo que había escrito Borges en uno de sus libros, que ya no recuerda, pero que le cambió por completo su noción y sus certezas: “ya no van quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales”.
Entonces, azuzó el olfato lector, se apartó de la seguridad de lo ya preconizado por la crítica y los medios, e intentó leer sin expectativas ni prejuicios, dejándose llevar solo por el espíritu y la intuición, como quien va al bosque sin lecciones botánicas aprendidas de memoria para identificar los árboles, sino para disfrutar de la experiencia, y sintió así el aire fresco de la sorpresa, de recibir cada vocablo, cada frase y cada párrafo con la apertura de quien mira al cielo y abre los brazos para que entre en su ser la energía del universo, para palpar el gozo de la comunicación secreta autor-lector, que susurra al oído sin preguntarse los porqués, ni los cómo ni los cuándo, sino para entregarse sin pudor a lo contado, como hacen los niños cuando leen una fábula y se estremecen de alegría.