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Por Ricardo Gil Otaiza

El extraño caso de Nelson por Ricardo Gil Otaiza



El extraño caso de Nelson por Ricardo Gil Otaiza

Ella trajo su perro a Canarias desde la lejana Inglaterra, y a nadie le resultaba extraño que lo llevara a todas partes: “¡los animales son para vivirlos y no para tenerlos encerrados!”, solía exclamar en su lengua, y nadie se lo refutaba, amén de que aquí esto es norma, máxime si Nelson (este era su nombre como un lejano homenaje a Mandela) era un encanto de animal: atento y cariñoso, bien portado además, pero lo singular en él era un algo mágico y extraordinario, que se podía percibir en sus ojos: “una mirada sutil e inteligente, casi humana”, solían afirmar quienes lo veían con asombro por primera vez.


Nelson era un perro especial: de caminar marcial y perfecto, y el sonido de sus patitas sobre las losas del piso era como escuchar, pero en pequeño, el andar de un caballo solitario: clop, clop, clop, clop, clop y toda la gente se volteaba a mirarlo, nunca pasaba inadvertido, y si a ello se aunaba la atrayente simpatía de su dueña, pues se diría que ambos eran una pareja como para detenerse en la calle y observar con atención.
Los problemas comenzaron para J., cuando por requerimientos de su trabajo tuvo que buscar quien le cuidara a su Nelson, pero no podía ser cualquier persona, tenía que tener un don que fuera más allá de la mera pasión por los animales, para adentrarse en el territorio de la genuina entrega, cuestión ésta que no era fácil, ya que la gente anda de aquí a allá atendiendo sus propias cosas, y no todos están dispuestos a darle a un perro lo que necesita y que en tal proceso transfiera, además, eso tan efímero, impreciso, indefinible, escurridizo y etéreo que solemos denominar con el sencillo vocablo de amor.

Por fortuna, J. muy pronto halló, no solo a la persona adecuada, que calzaba a la perfección sus elevados estándares, sino a una familia vecina que, conocedora de la situación, tocó a su puerta y le planteó sin rodeos la cuestión. Marido y mujer le hicieron saber que estaban dispuestos a cuidar del perro cuando ella tuviera que irse a trabajar y, también, si fuera el caso, los fines de semana, ya que estaban recién casados y querían darle calor al hogar con un animalito: ¿y qué mejor que no tener que comprar ni adoptar, sino cuidar por amor el perro de un vecino?, con el agregado de que no cobrarían al respecto ningún estipendio, porque ellos recibirían como pago la presencia y el halo magnífico de un animal, que ya daba mucho de qué hablar en la zona, por sus atractivos rasgos y exquisitos modales, amén de su mirada con destellos casi humanos, como se ha referido.

Emocionada, J. aceptó de inmediato la propuesta, y a la mañana siguiente les llevó su Nelson a los esposos, ataviado con todo lo necesario para la jornada, a lo que ellos de inmediato adujeron, que no hacía falta que le llevara ni ropa ni alimento, que ellos se encargarían de todo, es más, agregaron exultantes, que esa misma mañana irían a Mercadona a comprarle lo que hiciera falta para su estancia en casa e, incluso, un poco más, previendo encuentros futuros.

A finales de una tarde veraniega, casi bordeando la noche, J. se asomó a la ventana y vio a los vecinos en su coche descapotable que ya aparcaban en el estacionamiento y, para su asombro, su Nelson estaba feliz y a cuerpo de rey en el asiento trasero: el pelo lucía brillante y sedoso, llevaba puesto una suerte de pequeña y fresca bufanda enrollada al cuello, y lo que más le llamó la atención fue verlo con unos diminutos lentes para el sol, con lo que lucía como un ser sobrenatural, venido de otro planeta, y era tal la alegría que se percibía en él, que en su hocico abierto con la lengua descolgando, se intuía, más una mueca de extraña e inaudita felicidad, que un normal mecanismo de regulación de la temperatura corporal, y J. se estremeció.

Esa noche, luego de recibir a Nelson, J. notó un sutil cambio en él: como si ya no estuviera a gusto en casa, como si el haber conocido otra realidad hubiera abierto en su cabeza una noción ajena a su propia condición perruna, pero no quiso alarmarse y siguió preparando el almuerzo del día siguiente, pero de reojo lo observaba y en su fuero más íntimo sintió celos, frustración contenida por no poder darle a Nelson lo que merecía, y que tuvieran que ser otros quienes le robaran ese pequeño espacio de su propia intimidad, pero nada podía hacer, a su trabajo no podía llevarlo, y menos tenerlo encerrado en el piso.

Los días sucesivos no fueron muy distintos: los vecinos se llevaban a Nelson y al retorno J. percibía profundas transformaciones que lo hacían ver frente a ella como a un “hijo” consentido de aquella familia, que no escatimaba ropas ni aditamentos ni lujos que hacían lucir a Nelson como un perro pijo: afortunado poseedor de un estatus que ya envidiarían muchos de los hijos de las familias cercanas, y aquello no pasaba inadvertido para quienes lo observaban: comportamiento y gestos humanoides y hasta un look de influencer de un mundo raro y estrafalario.

Un fin de semana largo, los vecinos decidieron pasarlo con Nelson, a lo que J. no puso objeción, ya que tenía por delante la elaboración de varios informes de trabajo, pero entrada la noche del domingo J. sintió un extraño presentimiento al notar que se hacía tarde y los vecinos no regresaban a Nelson, entonces tomó las llaves de su piso y decidió ir en busca de su perro, pero en el portal se detuvo al ver llegar el descapotable, y se escondió tras un muro para observarlos de cerca: los esposos estaban alegres y festejaban a Nelson, pero J. no comprendía, porque el aludido no era su perro, sino un joven con abundante cabellera, muy pijo él, con los mismos ojos de su perro, quien se bajó del coche y presuroso con el inconfundible clop, clop, clop, clop, clop, fue hasta su portal y con elegancia pulsó varias veces el timbre de su piso.

rigilo99@gmail.com