Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 06:00 pm
El pasado 19 de enero de 2026, nuestra Iglesia de Mérida dio a conocer el decreto que reconoce a la Paradura del Niño Jesús como Patrimonio Religioso y Cultural de la Arquidiócesis de Mérida; manifestación religiosa popular, propia y arraigada en la población merideña, formando parte de su identidad y acervo religioso y cultural.
Este reconocimiento responde a la iniciativa de un grupo de merideños, encabezado por el Archivo Arquidiocesano y la Dirección de Cultura de nuestra Universidad de Los Andes (ULA), sumando el esfuerzo y compromiso de sus cultores, músicos, especialistas en el arte, la tradición y la cultura andina, así como de las instituciones del Estado. Todos trabajando hacia un solo fin: lograr la declaratoria de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de nuestra querida Paradura del Niño Jesús, devoción extendida hoy por todo el mundo, porque donde hay un merideño, hay paradura.
La celebración de esta tradición se realiza, por lo general, entre el 25 de diciembre y el 2 de febrero, centrada en los misterios de la infancia de Jesús, recordando sus primeros pasos en familia, en un ambiente de acción de gracias por tantos favores recibidos. Nos presenta varios elementos de una espiritualidad cristocéntrica, donde se logra la unión de familiares y vecinos, fortaleciendo la vida de comunión en la comunidad.
Todo comienza con “el robo del Niño”, tradición merideña que evoca, según lo indican algunos cronistas, el acto de esconder al Niño para que el rey Herodes no lo encuentre (Mateo 2,13-23). Este acto lo encabezan dos niños, representando a María y José, acompañados por niños vestidos de ángeles y de pastores. Les siguen los padrinos, portando un pañuelito blanco para acostar al Niño una vez encontrado. Este episodio evoca la cruda realidad actual de tantos refugiados y desplazados que buscan paz y seguridad, convirtiendo a la Sagrada Familia en un símbolo para quienes migran por temor o necesidad. En definitiva, la huida a Egipto es una invitación a reconocer a Dios en los vulnerables y cultivar una fe inquebrantable ante la adversidad.
En el primer verso cantamos: “Adorar a Dios en primer lugar y después al Niño”. Implica situar a Dios como la prioridad máxima sobre los deseos y valores personales, por encima de todo, como lo señala Jesús en su mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22,37). Adorar es una respuesta del corazón y una coherencia espiritual en el obrar “en espíritu y en verdad” (Juan 4,23-24). “Y después al Niño” es la obediencia de Jesús al Padre, que enseña Él mismo en todo su actuar (Lucas 22,42).
Otro de los versos invita a los padrinos a “hincarse” o ponerse de rodillas. Implica una invitación a bajarnos del podio donde nos subimos constantemente, creyéndonos los mejores, los más sabios, hermosos y perfectos. De rodillas pedimos compasión, ayuda, clemencia, comprensión, misericordia. Y levantarse es el significado de poder estar de pie nuevamente después de vivir la experiencia de la pequeñez, pues ante Él “toda rodilla se doblará” (Filipenses 2,10-11).
“Enciendan las velas para que haya luz, vamos a adorar al Niño Jesús”. Cristo como la “Luz del Mundo” (Juan 8,12). Un verdadero acto de fe, de oración y devoción a Jesús, la Virgen y san José. Es recordatorio de la presencia divina y la vigilancia espiritual. También es el compromiso de los padrinos, “los guías de la fe de otros cristos”, a caminar como hijos de la luz (Efesios 5,8-17).
En el rito de la paradura, “levantar al Niño del pesebre” es hacer camino de crecimiento en Cristo, de acuerdo con la idea de san Pablo: “Crezcamos en Él” (Efesios 4,15), hasta llegar a la plenitud de su estatura (Colosenses 1,19). En dos momentos, el rito de la paradura nos llama a poner la mirada en Jesús: “Miren al niñito cómo va paseando, miren al niñito parado en la cuna”. Mirar a Jesús significa centrar la vida en su persona, imitando su amor, compasión y misericordia, para lograr una auténtica conversión personal. Implica reconocer su presencia en el prójimo, mirar con sus ojos que transforman la vida de los otros y no hacen juicios (Lucas 19,1-10).
En la paradura cantamos: “Dulce Jesús mío, mi Niño adorado, ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”. En 1274, durante el Segundo Concilio de Lyon, el papa Gregorio X encomendó a los Dominicos la misión de propagar el culto al Santísimo Nombre de Jesús. Misión que fue cumplida con gran celo y extendida al Nuevo Mundo en tiempos de la colonia. Es la invocación de toda la Iglesia, que espera vigilante y en oración al Amado. Es hacer presente el “¡Marana tha!”, fórmula aramaica de profesión de fe nacida en la primitiva comunidad cristiana y equivalente a la traducción griega del Apocalipsis 22,20: “¡Ven, Señor Jesús!”.
Al concluir el último verso se canta: “Se acaban los versos, se sigue el rosario”. Momento máximo de recogimiento y participación espiritual de los invitados, nos recuerda esa Iglesia orante que ya tiene a Jesús, Dios-con-nosotros, en medio, levantado y glorificado como signo de esperanza y unidad para su pueblo. Y, para despedirnos de la paradura, el compartir fraterno del bizcochuelo y el vino hace presente los dones eucarísticos del pan y el vino ofrecidos por el mismo Señor como su cuerpo y su sangre (1 Corintios 11,26-32). En la paradura son el signo de la alegría, la unión familiar y comunitaria en el compartir tras “parar” al Niño Jesús.
Al pararse el Niño Jesús, ya no es el “Dios indefenso” del pesebre, sino que al ponerse de pie y caminar solo refleja el crecimiento espiritual de los miembros de la familia, la fe adulta, fortaleciendo así la fraternidad y la esperanza viva en ese Dios cercano, quien se hizo hombre por nosotros.
Mérida, 15 de febrero de 2026