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Por Ricardo Gil Otaiza

El señor Galleta por Ricardo Gil Otaiza



El señor Galleta por Ricardo Gil Otaiza

El señor Galleta, nacido entre especias
y fuego, sabía que hasta la masa más frágil
puede desafiar al destino.

De autor anónimo


El niño R. va en la fila con sus compañeros de clases en plena avenida, lleva una cosquilla en el estómago porque anida un presentimiento, la maestra al frente no logra disimular su cara de fastidio, al tener que salir a la calle con sus alumnos, porque está cansada de tanto trabajo: en pie cada día desde la madrugada para llegar a las 7 a la escuela, sus propios hijos y el marido (que es como si fuera otro hijo), las reuniones con la directora, los exámenes, las boletas de notas, la rivalidad con sus colegas que son todos unos chismosos (amén de insustanciales), el sueldo que a duras penas le llega para aportar a la casa, los años que no pasan en vano, los anhelos truncados de otro destino y, en fin, muchas cuestiones, pero este es ya otro asunto del que podríamos hablar luego.

El niño R. es, por su tamaño, el primero de la fila, y es, además, asustadizo, pero esa mañana se siente feliz y seguro en medio de la calle, y su seguridad no es tanto por estar con sus compañeros y la maestra, que, si se quiere, le son bastante ajenos e incómodos, sino porque la ilusión lo sostiene y esa noción, aunque invisible y volátil, yace dentro como una llama y lo mueve a esperar lo mejor de la vida, porque a esas edades tempranas no existen todavía los claroscuros que matan, que envilecen y dañan, sino que reina —¿cómo decirlo?— una liviandad inexplicable con palabras, porque solo el que la vive se hunde en ella como en nubes de algodón y flota en el aire a sus anchas, y esto es precisamente lo que siente el niño: que flota ingrávido mientras cruzan la avenida con rumbo al taller de títeres.

Los títeres le gustan, de más está decirlo, y eso lo alegra, pero la cosquilla que siente en la barriga no es precisamente de la emoción de ver un espectáculo más de títeres (de los muchos que había visto en su corta existencia), o de presenciar cómo Javier Villafañe, el famoso titiritero venido de la Argentina, los fabricaba en su consabido taller de la universidad (en el que contaba además hermosas historias), sino porque esa mañana el propio Villafañe dará el veredicto del concurso de cuentos infantiles convocado por su taller (en el que R. participó, al igual que algunos de sus compañeros), y que escenificará con sus muñecos, porque en esto consiste precisamente el premio: que el cuento ganador, así como los finalistas, sean puestos en retablo allí mismo: con los autores de las obras y las maestras como espectadores.
Villafañe era un personaje estrafalario y a la vez maravilloso, y no tan solo por su manera de vestir, o por sus modos desenfadados y a gritos, sino porque hacía reír a los niños y a los adultos con sus humoradas y ocurrencias, y en aquella mañana estaba circunspecto, porque daría un veredicto literario, y con esa cara serísima, que nadie se creía, intentaba darle al evento un cariz de mucha altura, y ¡lo tenía!, porque ese público infantil y la maestra estaban igualmente prestos y expectantes, y en el ambiente flotaba un aire algo tenso porque en pocos minutos se sabría el título del cuento ganador, así como el de los finalistas.

Los niños fueron ubicados sobre el piso de manera estratégica, de forma tal que pudieran acceder con facilidad al escenario los que fueran llamados para la premiación, y todos vieran con comodidad la función, mientras que R. lucía atento en la primera fila, con los ojos vidriosos y las manos sudadas: las cosquillas en la barriga habían pasado a francos retortijones, que de vez en cuando lo obligaban a doblarse sobre sí para soportar sus embestidas.

Como se estila en estos actos, Villafañe nombró de primero al segundo finalista, y así hasta llegar al ganador. Cuando en su acento porteño dio el título del mejor cuento para ser llevado a las tablas, R. sintió que las piernas le flaqueaban, que no podían sostenerle, y pudo subir a la pequeña tarima luego de un breve desmayo (Villafañe y la maestra fueron en su auxilio y solo entonces despertó en medio del alboroto de sus compañeros). Su cuento, El señor Galleta, era el vencedor.

Poco le importaba a R. el diploma que recibiría como constancia de su triunfo, solo quería ver en la puesta en escena al señor Galleta y al niño, sus dos personajes. De pronto, Villafañe pidió a todos que hicieran silencio, se metió tras bastidores y segundos después se asomó frente al público el niño de la historia, que lucía muy feliz porque había recibido de regalo de Navidad una magnífica caja de galletas. En ese punto del cuento los niños y la maestra se rieron muchísimo, porque era como ver al propio R., pero en versión títere: pequeño y flaco, muy blanco, de labios rosados, grandes ojos marrones y una sonrisa retorcida.

En el cuento de R., el niño se vuelca ansioso sobre la caja de galletas con la intención de comérselas de un tirón, pero una de ellas, la de jengibre, salta de la caja y cobra vida. Incrédulo, el niño muerde una de sus piernas, y la galleta da un grito de dolor. Espantado, el niño quiere salir corriendo para contárselo a su madre, pero la galleta lo ataja y le dice con voz aflautada: —“No temas, niño, soy el señor Galleta, gusto en conocerte” —y le tiende su pequeña mano.

A partir de entonces, el niño y el señor Galleta se hicieron buenos amigos y, como era un gran caballero, le contaba aleccionadoras historias, le ayudaba a hacer las tareas y a ordenar su cuarto. Cada vez que R. partía para el colegio, dejaba al señor Galleta sobre la mesita de noche, y al regreso le gustaba observar sus ojos negros y redondos, su nariz grande y roja, su tímida sonrisa, el hermoso corbatín verde jaspeado en rojo, y la cofia blanca que le daba carácter e importancia.

Sin lugar a dudas, no ignoraba el señor Galleta lo efímero de su vida, solo que le gustaba desafiar el destino.

rigilo99@gmail.com