Un pesado reproche por Ricardo Gil Otaiza
La vida no es lo que uno vivió, sino la que
uno recuerda y cómo la recuerda para
contarla.
Vivir para contarla
Gabriel García Márquez
Cada sábado en la mañana, el viejo llegaba a los predios del gimnasio y se instalaba con su órgano, y luego de 10 o 15 minutos de preparación, de revisar aquí y allá los tomas y las conexiones, comenzaba a tocar melodías vagas e irreconocibles, y solo en algunos casos logré deducir, luego de mucho esfuerzo, de qué tema se trataba, pero el problema mayor que yo observaba en sus presentaciones (que nadie se detenía para apreciar, excepto yo, que me sentaba frente a él con la intención de avanzar en mis lecturas), era que las teclas de su órgano sonaban tac, tac, tac, distorsionando la ejecución, como si de tanto trajinarlas hubiesen perdido la capacidad de dar —con un sutil e imperceptible toque— el sonido buscado, y en esto me recordaba un poco los tiempos de las viejas máquinas de escribir, cuya memoria para mí es más auditiva que visual, por el sonido seco de las teclas cada vez que mi madre las golpeaba con sus dedos diestros y entrenados, cuando escribía sus informes y oficios para el Ministerio de Educación.
Apenas nos saludábamos: su rostro era de un hombre tímido y reservado, tal vez golpeado por la vida, y si mi mente no me engaña (cuestión posible, ni qué dudarlo), tendría unos setenta y cinco años, y no le quedaba otra opción que sentarse a tocar el órgano con la remota esperanza de que los clientes del gimnasio (muchos, por demás, los fines de semana), así como los transeúntes y compradores de un supermercado cercano, colocaran en su desvencijada gorra, que pudo ser gris o beige en otros tiempos, una que otra moneda de un euro, o de medio euro, o de algunos céntimos, para así paliar un poco su apretada situación personal y familiar.
Bueno, debo ser franco, yo llevaba un libro por vieja costumbre (no me falta un libro en las manos), pero en realidad no podía concentrarme en la lectura, pendiente como estaba del músico callejero y de las pocas personas que buscaban en sus bolsillos o mochilas una que otra moneda para lanzarla dentro de la gorra, a lo que él respondía con una impasible mueca de agradecimiento, pero sin detenerse ni un solo instante en su empeño musical, que nadie apreciaba en lo más mínimo y que en realidad no era de gran impacto, no solo por su discutible interpretación, sino porque el órgano ya se notaba vetusto, y su potencia no sobrepasaba un radio de acción de 100 metros; quizás menos, sobre todo cuando los fuertes vientos, propios de las islas canarias, mecían las ramas de los árboles y se llevaban consigo cualquier intento de trascender el ahora con la palabra o con la música.
Quien esto narra, reconoce en este punto de la historia su eterno y reconocido despiste, puesto que siempre que estaba sentado frente al viejo del órgano, se percataba de que no llevaba encima ni una moneda, ya que cada sábado salía apresurado para acompañar a su mujer que tenía que dictar una clase, y lo hacía a toda mecha para no retrasar su actividad, así que tomaba nota en su pequeña libreta para recordar que, debía meter un euro en el bolsillo para el viejo del órgano, pero se olvidaba de revisar la libreta, y semana tras semana sumaba a su conciencia una reprimenda más.
Cada sábado, y durante más de una hora (hasta que mi esposa regresaba), me convertía en el único espectador de los conciertos del viejo del órgano, y en mi ego (no tan débil como quisiera) me sentía un afortunado de que alguien tocara melodía tras melodía solo para mí (y sin detenerse un instante), y no me importaba que no reconociera cada interpretación, porque el hecho concreto era que allí estaba él, frente a mí, y yo sentado con mi libro escuchando sus temas, a los que, dicho sea de paso, el viejo les ponía ritmos que yo seguía tamborileando mis dedos sobre las tapas de los libros, remontándome a la prehistoria de mi vida.
Ahora que lo pienso, mi presencia cada sábado en la mañana justificaba el esfuerzo matutino del viejo del órgano, porque por lo menos tenía a alguien quien escuchaba con fijación y seriedad sus temas y su fastidioso tac, tac, tac sobre las teclas, y a lo mejor abrigaba la esperanza de que otros se sumaran a él, ya que al ver a un señor sentado como público, podrían imitarlo, y lograra así reunir un no tan discreto número de espectadores, como aspira un artista ganado a su arte, y por el cual anhela alguna retribución monetaria; máxime cuando hay tanta necesidad y privación.
Un buen sábado, y para tranquilidad de mi maltrecha conciencia, revisé por fin mi libreta de apuntes, y leí el recordatorio de meter en mi pantalón una moneda de un euro para el viejo del órgano, así que acompañé exultante a mi esposa, quien debía dar su clase de siempre, y pensaba que, por fin, luego de tanto tiempo, le daría al viejo una moneda por su anodino concierto, que, para mi perplejidad, ya a mitad de semana echaba de menos.
Ese sábado el viejo del órgano no llegó, y nadie en el gimnasio supo darme noticia de él, pero estuve tranquilo, porque cualquiera puede faltar a su cita de siempre, máxime, cuando por el correr de los años, se encienden las luces rojas y sus alertas, y el cuerpo se torna frágil y quejumbroso. Con esta certeza —un tanto premonitoria, como fatídica— aguardé el siguiente fin de semana.
Pero el viejo nunca más regresó, así que desconcertado decidí sentarme cada sábado en el mismo escaño con mi libro en las manos, y con la moneda guardada en el bolsillo (que ya me pesaba como un reproche), y fue entonces cuando comprendí, que quizás el viejo no tocaba solo por las monedas que podría recibir, sino para recordarle al mundo que aún estaba vivo.
rigilo99@gmail.com
X: @gilotaiza
Instagram: @ricardo_gil_otaiza