Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 09:37 pm

Inicio

Opinión



Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Por Ricardo Gil Otaiza,Ojos de fuego por Ricardo Gil Otaiza
Por Ricardo Gil Otaiza

Ojos de fuego por Ricardo Gil Otaiza



Ojos de fuego por Ricardo Gil Otaiza

“Life is what happens to you while
you´re busy making other plans.”
(“La vida es aquello que te va
sucediendo mientras estás
ocupado haciendo otros planes.”
…de la canción Beautiful Boy (Darling Boy)
de John Lennon

La vida pasa y en su isócrono transcurrir deja huellas, a veces muy hondas y otras tantas apenas perceptibles desde el ego y la conciencia, pero acontece que un día te detienes y miras atrás, y la sorpresa es mayúscula, porque han quedado tantas cosas en el pasado que te preguntas, no sin asombro: ¿y qué hice todo este tiempo?, ¿en qué andaba pensando?, ¿adónde se fue todo aquello?, ¿qué se hicieron los cariños y los afectos?, y caes rendido ante las evidencias de que nada es inmutable, de que vamos pasando páginas de nuestra historia, de que escribimos en nuestra piel y ella es un espejo en el que podemos mirar lo acontecido y sacar así en limpio lo que fue y lo que no pudo ser.

Hoy recordé un viaje muy particular que hice en noviembre de 1996, para asistir a la Feria del Libro de Caracas, que se realizaba en aquel entonces en la Zona Rental de Plaza Venezuela: iba a presentar mi segundo libro, esta vez de cuentos, que titulé Paraíso olvidado y que, por cierto, tuvo muy buena acogida entre los lectores y la crítica, y que este 2026 cumple ya 30 años de publicado.

Era joven y estaba lleno de ilusiones, creía que solo bastaba con mostrar el talento y que lo demás se daría por añadidura, pero me equivocaba, porque no solo hay que ser muy bueno en lo que se hace, sino que los otros (aquellos que tienen la posibilidad de lanzarte a la fama) estén dispuestos a asumirlo, y para que esto ocurra intervienen muchas variables, que no siempre manejamos desde el mero arte literario, sino que se requiere además de mecenas, de gente que apueste por ti, de muchos contactos y poder, de farra y recomendaciones, así como de una editorial de mucho peso que se abra paso en medio del batiburrillo del mundo de los libros, e imponga tu nombre “a sangre y fuego”.

Las presentaciones en mi stand eran a las 5 de la tarde, y allí estaba yo en medio de la gente que se agolpaba en los pasillos a lo largo de los cuales se anunciaban las distintas editoriales, y dentro de mí el corazón palpitaba con fuerza, a 200 latidos por minuto, casi saliéndoseme del pecho, y allí estaban los libros a ser presentados, levantados con un soporte metálico sobre los mesones de las novedades: exultantes, hermosos, brillando con la potente luz de los reflectores, con sus carátulas perfectamente trabajadas, multicolores en fondos negros, con los títulos en grandes caracteres, así como los nombres de los autores, y en el medio estaba mi libro, con su magnífica imagen que le servía de portada: un fragmento de El Jardín de las delicias de El Bosco, que lucía tan bien, con un aire de tomo clásico, gritándome desde su posición, haciéndome guiños y morisquetas, sintiéndose orgulloso de su hacedor que estaba a punto de colapsar por los nervios.

Mi libro fue el último de la ronda, y como modalidad expedita se asumió que cada uno de los autores hiciera su propia presentación, y eso era maravilloso, porque nadie mejor que el propio artífice para referirse a su obra, y recuerdo que en el momento en el que hablaba había un hombre mayor entre el público que me miraba fijamente y con ojos de fuego: lo recuerdo de mediana estatura, delgado y de piel quemada por el sol, de abundante cabellera entrecana, llevaba un paltó gris de combinación, y cada vez se acercaba más y más al mesón tras el cual yo discurría acerca de mis cuentos.

Cuando llegó el momento del brindis, el misterioso hombre se acercó a mí y se presentó como el escritor Oswaldo Trejo.

Aunque nunca lo había visto, sabía de quién se trabaja (era de Ejido, estado Mérida, pero había vivido casi toda su existencia en Caracas, en donde fungía como promotor cultural, crítico literario y, sobre todo, como tertuliano en el ya mítico Gran Café de Sabana Grande); es más: lo había leído y admiraba su obra anclada en el experimentalismo surrealista, e igualmente me agradaba su estilo crítico signado por la ironía y el fino humor, que le ganaban grandes adeptos, pero también enconados e irreconciliables enemigos.

Oswaldo fue generoso en sus comentarios acerca de mi presentación, y me dijo que le interesaba leer el libro, razón por la cual tomé uno de los ejemplares que se hallaba en el mesón y se lo dediqué (no recuerdo en verdad qué fue lo que le escribí, ya que pasaron casi tres décadas de aquello), sentí que su empatía se hizo mayor cuando le expresé que era de Mérida, y me dijo entonces que iría a la casa de su familia en Ejido a pasar las fiestas navideñas, me pidió el número de teléfono (que anotó en la página de guarda del libro) y agregó que cuando estuviera en Mérida me llamaría para que nos viéramos.

Ni qué decirlo, yo estaba exultante y feliz de que una figura consagrada como la de Oswaldo Trejo, se interesara por mi obra y por mi amistad: era mucho más de lo que yo esperaba, así que cuando retorné a Mérida por tierra (tomé un autobús expreso) se lo conté a mi familia, e hicimos planes para invitarlo a casa a propósito de la cercana Navidad.

Llegó la Navidad y Trejo no me llamó, y yo no podía contactarlo, porque en mi imprevisión no me hice de su número telefónico, así que asumí, sin más, que había cambiado de planes, o que no le había gustado mi libro (así de negativo soy).

Pero mi negatividad no llegó a tanto como para pensar que, en el ínterin, Oswaldo Trejo hubiese fallecido, como de hecho ocurrió aquel 24 de diciembre de 1996, truncándose de un tajo su existencia, y cercenando para siempre la posible crítica que me daría del libro, así como su invalorable amistad.

rigilo99@gmail.com