Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:10 pm
A partir de la investigación efectuada por el Ing. José María De Viena
Ex -presidente de Hidrocapital
En cada Día Mundial del Agua, el planeta reflexiona sobre la urgencia de
garantizar un acceso justo y sostenible a este recurso vital. En Venezuela, sin
embargo, la conmemoración llega marcada por un giro institucional que amenaza
con profundizar la crisis: el Decreto Nº 5.229, publicado en la Gaceta Oficial
Nº 43.304, ordena la absorción de todas las empresas hidrológicas regionales y
municipales bajo una sola autoridad, Hidroven.
La medida, presentada como respuesta a una “emergencia económica”,
liquida en apenas treinta días hábiles el modelo descentralizado que había
nacido en los años noventa. Con ello, se reinstala un esquema idéntico al viejo
Instituto Nacional de Obras Sanitarias (INOS) de los años setenta, cuyo
colapso por hipertrofia burocrática y geocentrismo decisional es parte de la
memoria institucional que hoy parece ignorarse.
El retroceso histórico
Mientras América Latina ha avanzado hacia la descentralización, la
participación comunitaria y las asociaciones público-privadas, Venezuela opta
por el camino inverso. Países como México, Brasil, Colombia o Argentina han
demostrado que la atomización de operadores no es un defecto, sino una
fortaleza: permite ajustar tarifas a realidades locales, aislar fallas y evitar
colapsos sistémicos.
El mandato centralista venezolano, en cambio, suprime la autonomía
regional, excluye la inversión privada y confisca la gobernanza comunitaria. Se
instala un modelo “juez y parte”, donde el operador y el regulador son la misma
entidad, anulando cualquier posibilidad de transparencia o rendición de
cuentas.
Las consecuencias operativas
El agua es un bien pesado y costoso de transportar. Pretender que una
avería en la periferia dependa de una autorización en Caracas convierte
problemas logísticos de horas en crisis sanitarias de semanas. La
centralización no diluye costos, los multiplica: bombeo, fricción, fugas y Agua
No Contabilizada superan cualquier ahorro teórico.
Además, la cultura de pago se erosiona. En un esquema descentralizado, el
usuario ve cómo su tarifa financia la reparación local. En el centralizado, los
fondos se diluyen en la Caja Única del Tesoro, mientras la tubería sigue rota.
El resultado es más morosidad, menos confianza y un sistema comercialmente
inviable.
El aislamiento financiero
La comunidad internacional exige institucional bankability:
auditorías externas, tarifas predecibles y reguladores independientes. Sin
ello, no hay acceso a créditos del BID, bonos verdes ni esquemas de blended
finance. Con un monopolio opaco y auto-regulado, Venezuela se veta a sí misma
de los mercados de capital que podrían aportar los 1.500 millones de dólares
que su infraestructura requiere con urgencia.
La lección regional
La verdadera soberanía hídrica no se logra confiscando tuberías desde la
capital, sino empoderando a los operadores locales con seguridad jurídica,
financiamiento mixto y regulación independiente. América Latina lo ha
entendido: la resiliencia está en la capilaridad, en las juntas comunitarias,
en las cooperativas y en los municipios que gestionan su propio destino.
Conclusión
En este Día Mundial del Agua, Venezuela enfrenta un dilema: persistir en
un modelo centralista que ya fracasó hace medio siglo, o retomar el camino de
la descentralización que la región ha consolidado como estándar. El Decreto Nº
5.229 no rescata el servicio, lo condena al colapso sistémico.
El agua, más que un recurso, es un derecho humano. Y ese derecho solo se
garantiza cuando la gestión se acerca a la gente, no cuando se encierra en un
escritorio lejano.